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Aun
esta el pan en el horno
La catastrofe fue tan repentina que en todas partes se encuentran los preparativos
de las comidas abandonadas.
Asi un cerdo lechal cuece en la marmita de bronce de un hogar y en la casa del
panadero el pan esta aun en el horno.
Los habitantes
estaban entregados a sus ocupaciones habituales en las casas, en el campo
o en las obras.
De pronto la vida se detuvo. Se abandonaron utiles e instrumentos. La mano
del destino acababa de abatirse sobre la ciudad.
Los animales tambien fueron presas del panico. Algunos lograron liberarse,
pero la mayoria murio en los establos. De todos ellos, los perros guardianes
de las casas, atados a sus casetas tuvieron la suerte mas terrible.
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Como la lluvia
de cenizas provenia del Vesuvio, es decir del interior de las tierras y del
Norte, los fugitivos se dirigieron primero hacia el Oeste en direccion al
mar y luego hacia el Sur. Tomaban calles que llevaban a la puerta de Herculano
y a la puerta Marina: la calle de Nola, la calle de la Fortuna y la calle
de la Abundancia, la principal arteria comercial. Gritando, vociferando, llamandose,
los pompeyanos trataban de conservar el contacto con los suyos; el marido
ayudo a su esposa, los padres a sus hijos. Algunos hombres enloquecidos vagaban
sin meta.
Villas, palacios lujosos, casas modestas y tabernas, amenazaban con sepultar
a sus habitantes.
Despiadado, el granizo de cenizas de lapilli ardiente continuaba cayendo.
Como la atmosfera en las casas se hacia irrespirable, los habitantes se arriesgaban
a salir a la calle enfrentandose a la lluvia de cenizas con la esperanza de
salvarse
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