POETA INVITADO

 

 

 

 

 

YANNIS RITSOS

 

Poeta griego nacido en Monenvasía en 1909 y fallecido en  Atenas en 1990.  Es una figura distinta a las de su generación: nacido en un pequeño pueblo del Peloponeso, afiliado al partido comunista, pintor (como Elytis, es avanzado aficionado a la fotografía), ha sido uno de los poetas "comprometidos" o "sociales" de su generación (su largo poema "Romiosini" es un bellísimo homenaje a las guerrillas comunistas que lucharon contra los nazis); para pasar después a un simbolismo sumamente personal, que sigue ejerciendo influencia importante sobre las generaciones actuales; y valga decir, que también sobre mí mismo.  Escritor prolífico, con casi medio centenar de libros, lo que hace que a veces su obra se resienta, Yannis Ritsos puede ser considerado con justicia, no menos que Seferis y Elytis, como padre directo de la actual generación poética.

 

Texto y traducciones del original griego por Juan Ruiz de Torres.

Diseño de página: Alberto Martínez-Márquez

 

 

 

 

DETRÁS DEL OLVIDO

 

Lo único sólido que de él quedó fue su chaqueta.

La colgaron allí, en el armario grande. Fue olvidada.

Se pegó al fondo, detrás de nuestras ropas de verano, de invierno,

- nuevas cada año, para nuestras necesidades nuevas -. Hasta que,

un día, llamó nuestra atención - puede que por su color extraño,

puede que por su anticuado corte -. Sobre sus botones

había tres imágenes, iguales y redondas:

el muro del fusilamiento, con cuatro agujeros,

y alrededor, nuestro remordimiento.

 

 

 

 

EL LOCO

 

El carro, parado frente al mar,

cargado de seis barriles de hierro, rojos,

y otro más de un estupendo verde.

                                  El caballo

pacía en el prado. El cochero

bebía en la taberna.

                          El loco de la isla

se detuvo en el muelle, y gritó:

"¡­Con este verde os venceré!"

Y señaló el último barril, sin tener ni idea

de su contenido o de quién fuera.

 

 

 

 

EL DIA DE UN ENFERMO

 

Todo el día, un olor a tablas podridas, húmedas

- se secan y humean al sol. Los pájaros

miran un momento por los tejados y se van.

Por la noche, en la vecina taberna, se reúnen los sepultureros,

comen pescado frito, beben, cantan

una canción con muchos agujeros oscuros. -

Desde allí adentro, comienza a soplar un viento suave

y tiemblan las hojas, las luces y el papel de los anaqueles.

 

 

 

 

TEATRO ANTIGUO

 

A mediodía, cuando se encontró en el centro del antiguo teatro,

aquel joven griego, seguro de sí mismo,

tan hermoso como sus antepasados,

lanzó un grito (pero no de admiración; admiración

no sintió en absoluto, y si la hubiera sentido,

no la demostraría de seguro); simplemente, un grito,

puede que de la alegría indomable de su juventud,

o para probar la resonancia del lugar. Enfrente,

de lo alto de los acantilados, el eco contestó

- el eco griego que ni imita ni repite,

sino que sencillamente continúa, desde altura incalculable,

el eterno clamor del ditirambo. -

 

 

 

 

CASI PRESTIDIGITADOR

 

Desde lejos amortigua la luz, mueve las sillas

sin tocarlas. Se cansa. Se quita el sombrero y se abanica.

Después, muy lentamente, se saca tres naipes

del oído. Disuelve una estrella analgésica verde

en un vaso de agua, removiendo con una cucharilla de plata.

Se bebe el vaso y la cuchara. Se vuelve transparente.

En su pecho se ve un pescado de oro que flota.

Muy cansado, más tarde, se tiende en el sofá, y cierra los ojos.

"En la cabeza tengo un pájaro", dice. "No puedo sacarlo".

La sombra de dos grandes alas llena el cuarto.

 

 

 

 

GESTICULACIÓN AMBIGUA

 

Es así, lo quiere exactamente así, y lo confiesa. Este blanco,

color, y a un tiempo luz, cuerpo incorpóreo,

superblanco, sí, en cada noche, nutritivo en cada carencia,

asequible e intransferible. También esto lo confiesa.

Y claro, hizo

un  movimiento de prestidigitador vulgar, volcando

el recipiente sobre la mesa. Temimos por un momento

que se fuese a derramar la leche. Pero no; sobre la mesa

el blanco quedó solidificado, conservando perfectamente

la forma interior del recipiente, como el ídolo primitivo

de un dios conocido nuestro. Sólo alguien dijo: "Ahora

no podemos beber la leche". Él sonrió

como si ya estuviese harto. Pero, ¿harto de verdad?

 

 

 

 

GRIS Y BLANCO

 

Por la tarde, el café estaba vacío. Se sentó solo y esperó,

exactamente detrás del vaso de agua, sintiendo

las sillas vacías, y los cristales que se oscurecían,

los ruidos pequeños que se detenían en el primer escalón

de la puerta, sin pasar adentro: una espera que había estado tan clara,

ahora indefinida, incumplida, boca abajo. Enfrente de él,

sobre los árboles del parque, se levantó la luna grande,

profunda, oscura, detrás de los cristales; una luna también de cristal,

que puso una mancha cárdena en la frente de la mujer,

que se había sentado en silencio en el asiento contiguo.

Levantó el vaso. El agua estaba tibia. La luna, tibia también.

Tendría que vaciar las dos. La mano de la mujer estaba totalmente blanca.

 

 

 

 

SIN CONFIRMAR

 

Siempre creyó en aquella gran luz.

La toco – dice -, no sólo la veo, no la veo,

sólo la toco, la tengo, la soy. Y como anochecía,

y en la habitación ya no se distinguían las mesas, las bandejas,

las marinas, el reloj, nuestras formas,

él, realmente resplandecía todo entero sobre su silla,

y su silla también lucía con sus cuatro patas,

como fijas en una nube. Quisimos

tocarle para estar seguros. Pero no nos atrevimos

a levantarnos de nuestro sitio, porque estábamos agazapados

en lo más alto de una escalera sin escalones,

en una escalera altísima que no habíamos subido.

 

 

 

 

RETRASO

 

Todavía le quedaba una hora; alcanzaría.

Podía, pues, observar el florero vacío,

parecido a una mano de cristal como esperando, parecido a un...

 

Cuando se acordó de irse

los otros habían acabado ya su jornada. Y él ni siquiera

había terminado sus observaciones, con la idea

de que le sobraría tiempo. Así pues, lo único que podía hacer

era coger dos flores de las coronas grandes

que estaban en la entrada -dos lirios, y nada más-

muy altos, muy blancos, para el florero vacío.

 

 

 

 

LA SUBIDA

 

Estuvo largo tiempo en el ajeno huerto, y sólo pensaba

en subir a escondidas a la higuera desnuda, para mirar

desde lo alto al mundo, como si fuera una hoja

o un pájaro; pero siempre pasaba alguien

y siempre lo dejaba para luego.

                Una tarde,

miró en derredor suyo - todo desierto -, trepó

a la rama más alta; entonces se oyeron

voces de entre las matas: "¿Qué haces, allí arriba?"

- grandes voces -, y contestó: "Un higo,

quedaba un  higo". La rama se quebró.

Lo levantaron. Tenía la mano derecha agarrotada.

Cuando abrieron sus dedos, no había nada dentro.

 

 

 

 

PIEDRAS

 

Llegan y se van los días, sin plan y sin sorpresas.

Las piedras se empapan de luz y de memoria.

Hay uno que coloca una piedra por almohada.

Otro que, antes de bañarse, deja su ropa debajo de una piedra,

que no la lleve el aire. Otro que usa una piedra por escaño

o mojón en su huerto, el cementerio, el establo, el bosque.

 

Tarde, tras la puesta del sol, al volver a casa,

cualquier piedra de la playa que pongas en tu mesa

es una estatuilla - una pequeña Niki, o el perro de Artemisa -,

y esa piedra en que a mediodía un joven posó sus pies mojados,

es un Pátroclo, con pestañas cerradas y sombrías.

 

 

 

 

CHIFLADO

 

No, no, dice; todo lo demás sí, la luz no,

la luz libre no, dice, no lo soporto,

la cojo con mis manos, la tiro de la cola,

bajo la cortina, rompo el cristal,

pongo patas arriba los bancos del jardín,

veo una mancha pequeña en tu chaqueta,

veo un poco de polvo en las uñas de tus pies,

escondo la llave en tu sobaco sudoroso,

te digo que soy un hombre, subo de dos en dos los escalones,

salgo al balcón y cuelgo la bandera.

 

 

 

 

HELENISMO (Romiossini)

 

 

1

 

Estos árboles no soportan un  cielo más pequeño,

estas piedras no soportan las pisadas extranjeras,

estos rostros no soportan más que el sol,

estos corazones no soportan más que la justicia.

 

Paisaje duro como el silencio.

Agrieta en su pecho sus peñas abrasadas,

aprieta contra su luz sus olivos y sus viñas huérfanas.

No hay agua. Sólo luz.

El camino se pierde en la luz y la sombra de la tapia es de hierro.

 

 

2

 

Hace tantos años que todos tienen sed, que todos tienen hambre.

Sus ojos están enrojecidos por la falta de sueño.

La profunda arruga encajada entre sus cejas

es como un ciprés entre dos montes, a la puesta del sol.

Sus manos están pegadas al fusil,

el fusil es prolongación de sus brazos,

sus brazos son prolongación de su alma.

 

Tienen la ira en los labios,

tienen la pena en el fondo de sus ojos

como una estrella incrustada en sal.

 

 

3

 

Cuando se estrechan las manos, el sol luce para todos,

cuando sonríen, una golondrina escapa de sus barbas salvajes,

cuando les matan, la vida sigue arriba, con banderas y tambores.

 

 

4

 

Hace tantos años que todos pasan hambre, que todos tienen sed, que les matan

acorralados entre tierra y mar.

Sus huertos, quemados por la sequía, sus casas invadidas por el salitre.

Por los agujeros de sus capotes entra y sale la muerte.

 

En sus puestos de guardia, se convirtieron en piedra, vigilando

el mar embravecido, donde se hundió

el mástil quebrado de la luna.

 

Se acabó el pan, las municiones se acabaron.

Ahora cargan sus armas sólo con sus corazones.

 

 

5

 

Entraron en el fuego de la batalla, hablaron con las peñas,

en el cráneo de su abuelo ofrecieron rakí * a la Muerte,

en las parvas de siempre se encontraron con Diyenis, y se dispusieron a cenar,

partiendo en dos las penas, como partían en la rodilla sus hogazas.

 

*Rakí, aguardiente  seco y fuerte; Diyenis, famoso 'kleftis' o bandido-héroe que luchó contra los turcos

(en la guerra por la independencia, 1821).

 

 

6

 

Árbol a árbol, piedra a piedra atravesaron el mundo,

con almohada de espinas atravesaron el sueño.

Llevaban la vida como un río en sus manos secas.

 

En cada paso ganaban un poco de cielo para regalarlo.

Y cuando bailaban en la plaza,

temblaban los techos dentro de las casas

y las vajillas tintineaban en los anaqueles.

 

 

7

 

Dime, ¿por qué cerraron nuestras viñas sus puertas,

por qué se debilitó la luz sobre los tejados y los árboles?

¿Cómo es que la mitad de ellos está bajo tierra

y la otra mitad entre rejas?

 

 

8

 

¡Con tantas hojas con que el sol te dice 'buenos días',

con tantos resplandores como luce el cielo,

y que unos estén entre rejas y otros bajo tierra!

 

Calla, donde están sonarán las campanas.

Esta tierra es suya y nuestra.

 

Bajo tierra,

en sus brazos cruzados

sostienen la cuerda de la campana

esperando el momento justo,

esperando para tocar a resurrección.

 

Esta tierra es suya y nuestra.

Nadie nos la puede arrebatar.

 

Calla, donde están sonarán las campanas.

Esta tierra es suya y nuestra.

 

 

9

 

Se fueron arriba, muy arriba.

Ya es difícil que bajen.

Ya es difícil calcular su estatura.

 

En las parvas donde los héroes cenaron una noche

quedan los huesos de las aceitunas

y la sangre seca de la luna

y el alejandrino de sus armas.

 

Quedan los cipreses y el bosque de laureles.

 

 

                        Página preparada por Alberto Martínez-Márquez

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