
VANESSA DROZ
Nace en Vega Baja, Puerto Rico en
1952. Poeta y relacionista pública. Ha dado a luz dos poemarios: La cicatriz a medias (1982) y Visiones de ángeles y otras pasiones
privadas (1996). Su poesía figura en
los siguiente volúmenes antológicos: Poemario
de la mujer puertorriqueña (1976), Poesiaoi: antolojía de la sospecha (1978), Panorama histórico de la poesía en lengua castellana (1987), De lengua, razón y cuerpo (nueve poetas
contemporáneas puertorriqueñas) (1987), Crónica
de tres décadas (poesía puertorriqueña actual) (1989) y Antología de poesía puertorriqueña, Vol. IV.
Contemporánea (1993).
IRREDENTA
Las doce menos silencio de mi espera
el asiento herrado de incongruencias
se desliza por la calle
el viento me lo dice todo
la acera gira
la unidad explota
yo soy un aborto
soledad de una sola rueda
Girando
Ella, la de las venas en el mundo
la de los rostros en el aire
la de los ojos en la calle
la de la carga de gente sobre el vientre
Ella, la que se rompía creándome diariamente
la que se caminaba girando hacia atrás
la que se vaciaba su muerte en cada sonido
la que callaba su silencio
para poder enfrentarse con lo que
ELLA regaba por el mundo.
EL LAMENTO QUE SE ESFUMA
En lamento que se esfuma,
una oscura transición de cuerpo amado
copula su ilusión de espuma y hueco,
de adverso antojo.
Se vuelca al lado de mi sombra
y en mi sombra no es sombra
sino hombre que me invento
más allá de la muerte y sus penumbras vegetales
(su
ambición cortada de ancha trenza que me anima).
Ni conociendo estoy contenta.
Me sumo, amo tu figura rota que se aleja
(tu cuerpo remoto,
tu lejana alma tallada
hallando vacíos primordiales de distancia).
De dos terrestres cardinales
sólo mi robusto cadáver colgando de la tierra
anda, tiembla y nace.
Yace en vertical mi sueño
que no es sueño sino espejo,
columnado estiércol que rebota
en la hermosa costumbre de mis huesos.
Y sueños que se sueña el sueño con la muerte.
Me voy vistiendo
de un constante hedor a selva agria,
a infame turba de monstruos coloquiales,
a disgusto interno de molusco que transpira.
Me salgo,
y en la rebelde ternura de mi sombra
no tengo edad ni bulliciosa sangre.
De la nada caigo y ni me vuelvo
a reconocer la fiera imagen que me espera.
EL SEXTO VASO
Tallo sumergido a flor de piel
la vena
tronco mensajero la azulada línea del cuerpo de
mi mano
abres tu canal en afluentes secundarias
salida de las aguas
tan contenido delta y tenso
surco invertido
levantando el poro a la tempestad del aire
falo palpitante
péndulo
de los latidos
sangre
que cabalga
eres torres de los huesos cima
de lo adentro que se inclina
a la vida toda y sus lluvias interminables
fluyes la tierra de la carne
a punta de desagüe recibiendo
relojes de arena flautas
y copas circulares
naces
arteria sideral aguja del tiempo
del perpetuo centro del volcán arando
quemando la atmósfera con tu alzado pan
como si no bastara la mano
con sus cinco fuentes derramadas
PRIMER PAYASO: EL POETA
(el desvastado del mar)
I
Cuando el mar vuelve de la noche
hay un payaso de espaldas
esperándolo en la arena
con un caracol en su mano
inaugurando puentes
y suertes incalculables
en el pabellón circular que ha escuchado
los gritos de los poetas náufragos
contribuir a la sal de la muerte.
II
El caracol ruge avergonzado
su eco descolgado del mar
su voz de hueco
su repetida hoz hacia un mismo centro
hueco a mueca de construirse abismos circulares
pabellón de aire (tú rumoroso caracol)
que entristece el viento
cara al sol
buscando su gemelo pabellón de carne
cerca de los cabellos azulosos del bufón
para sentirte menos solo
¿quién te odia
caracol
cara colgada del aire hueco de espuma en la playa
quién te condena a reflejar arrastrado
el canto de dolor de un espejo que se arrastra
reflejando a su vez al Espejo
que refleja una estatua reflejada?
¿quién
si no eres muro
quién
cien veces quién?
III
el juglar ríe avergonzado
su cara colmada de arrugas espirales
una espiral carcajada de sus propios labios circulares
oficia estruendosa
el vacío de resaca con que se adentra
de colorines
su cuerpo enroscado en el mar
Hela ahí, visionaria en su oscuridad,
manchando la piel que la sostiene y en la cual se yergue
su dureza impenetrable.
Al paisaje enronquecido de los poros
llegó para quedarse un día,
se alojó en limpia geografía y engendró familia en todo el cuerpo.
Una cicatriz,
¿quién
sabe su mundo?
(que
se adelanten los que comienzan a marcarse)
cuando inicia la firmeza de su señal en la
carne,
en cualquier momento, en el momento necesario,
ya su proyecto de mapa es inevitable.
LA CASA DEL PIE
I
Desde el pie repta mordiente, constante,
con la presteza de un aviso arduo
y animal, solapado como ángel.
La pierna es víctima y victoria ante
su avance. Por un instante se aloja
y el temblor queda rezagado,
esperante, acosado, sumiso,
residiendo en la pierna que, rotunda,
desvía el contacto de tu pierna
del corazón al sexo, encendido,
del sexo al corazón, relampagueando.
Has colocado tu pie sobre el mío.
Los comensales, atónitos pájaros
de la mesa en que todos comemos,
sólo observan la frivolidad cruel
de nuestros rostros que fingen la paz
mientras lo que sostiene y mueve al cuerpo
—desde la garra (tarso, metatarso,
recién descubiertos) hasta la rodilla—
sostiene a su vez la dulce y furiosa
guerra del tacto y el contacto urdido.
El techo de la mesa es el cuelo
para la casa del pie. Bajo él
el reciento se hincha. Es más ancha
la tarea del prudente naufragio
del sosiego. Caben cientos de soles
bajo el techo cómplice de una tabla,
cientos de soles en el roce fiel
de dos piernas que se tocan.
Detenlo.
Del tobillo el resquemor de una pluma
ha envenenado al pie de movimiento.
El pavor ya impide el disimulo.
La piel ya es brasa. Los
convidados
no se enteran. Que no se
enteren. Sólo
nuestra es la circunstancia del deseo.
Por los pies ha comenzado el festín.
II
(La memoria sin pisada)
¿Quién es este hombre, que no conozco,
cuyo cuerpo corre al lado del mío
sujetos por la pesada vigilia
a un tálamo tibio y enrarecido?
¿Qué ha gritado, qué ha murmurado
en medio de la noche este hombre
cuyo nombre a pronunciar no acierto,
de cuyo rostro sólo atisbo un borde
inconcluso, huidizo entre las sábanas
que, cómplices, me obstruyen la visión
de su cuerpo impávido ante mis ojos?
¿Qué ha ignorado, qué ha detenido,
qué ha sentido, qué ha inventado,
qué ha dicho con verdad en su lengua,
con fuego y sin fuego en el corazón,
con una llama azul en las palmas
de las manos que han armado mis senos?
¿Qué han respondido mis dos senos?
III
El costado de este hombre devora
mi costado. Las costillas realizan
un largo emprésito numeroso, y,
con ramajes de un bosque incendiado,
se entrelazan como frágil escudo
contra la soledad del despertar.
El sueño ha concluido. Con la
llegada
de la luz vuelve a reinar el miedo,
la desrazón, la intemperie, las lanzas
del desarme con su locuacidad.
Aterrada, como el dios Pan, sucumbo
ante el rayo que por fin logra su alojo:
¿Quién es esta mujer, que desconozco,
cuyo nombre no
acierto a pronunciar
que me observa
como un animal roto,
repitiendo de mi
mirada la ruptura?
¿Qué gritará, que
inventará
al ver una
cicatriz en sus senos?
¿Qué mentira, que
habrá detenido
al palpar en su
cuerpo el registro
de la incurable
condición de la carencia?
Esto que ya mi memoria rechaza,
dije, ha sido mío. Una sola
muerte con él; no me da más derecho
que el olvido, repetido y cruel.
Preparado
por Alberto Martínez-Márquez