POETA INVITADO

 

TEÓFILO TORTOLERO

 

Venezuela, 1996-1990.  Fundador de las revistas Zona Tórrida y Poesía.  En los años de 1960 propone una poética interior que revitalizara la imagen visual y el lugar común y el uso de elementos surrealistas como recursos secundarios.  En 1982 recibe el Premio de la Bienal José Pocaterra con El día perdurable y otros poemas, publicado póstumamente en 1997.  Teófilo Tortolero tiene a su haber los poemarios: Demencia precoz (1968), Las drogas silvestres (1972), 55 poemas (1981), Perfuma Jangaro (1984), La última tierra (1990) y El libro de los cuartetos (1994). 

 

 

 

LA VENTANA

 

La ventana nos ciega

Se cierra convulsa en el martirio de la lluvia

Sus cortinas bostezan bajo el fuego del cuarto

Hay madres de ángeles

                                           tapices

o simples furias y olores de remedios

 

Pienso que una golondrina eternal

Aspiró la luz martillada

 

Antes de esconderse frente a ti.

Ventana roída de música.

 

 

 

 

 

POESÍA

 

                       Para Alfonzao Burgos T.

 

Poesía:

ese sórdido y cándido infierno

de mentir musitando a solas

en dolor

contra el sol

frente a la pared blanca

a la augusta puerta del llorar

frente a las cruces doradas de flores;

de beber por el sueño el topacio y el vidrio

por las tapias

tejados y rosas

que tu mano desprende;

por el silencio y los muñecos

que bajaron de un soplo a los sepulcros

por el frío que recorre las plazas

por todo lo que fue por todo lo que falta

y te toca y te aniebla

por tu herida en llamas

fijo en tus pestañas

a tus ojos clavados al suelo

que te recibirá un día

sin quejarse por nada.

 

 

 

 

 

OTRA VEZ SIEMPRE EL JAGUAR

 

Caminé por el aire de un jaguar

y sus patas temblaban en las viejas maderas

de la casa honda

Besé sus ojos, tan lastimado estaba su latido

que arrastraban los míos al gemido

 

Oh jaguar perfumado, podré ver otra vez

los destellos de tu celeste palma,

la quimera de la estrella bienamada en el rigor

de tu lluvia estampada?

 

Crece animal querido en la sala sedienta

de mi casa,

yo te amaré, besando tu pelambre

hasta que se haga de noche,

todo de noche.

 

 

 

 

 

Aturde el día el peso de mi viaje
por la playa del ángel esclavo
Ángel a quien soñé en pedazos de camisa manchada
ángel cuya posada terminó caída en la espesura
frente al grito de su exilio, frente a sus ojos claros

Aturde el día y la cigarra alimenta su lanza
en el ardor del aire ciego,
mientras el sol se desliza huyendo de sus hijos
dormidos

Bienaventurado sea el ángel a pesar de su martirio
y de las arenas que arrojaron en sus ojos
para que su ensueño no viviese
y sus brazos cayeran abatidos
en las rocas bermejas.

 

 

 

 

 

TEXTO I

 

Anhelo el espacio moribundo

donde el sol se tiende a soñar

por último

con patios ladrillos

y lagartos

llameando en besos

ofrendados a la hoja

que ha de cortar de un tajo

y tantas coronas, amarillas

como inventó su nacencia

obligándose a darnos el puro fuego

por amor a los dioses

por estar suspendido y mandado a obedecer

el rumor de las ranas

el ojo anhelante de la tierra.

 

 

 

 

 

Guardé la boca hacia el rincón llorando

suplicando a la madre del arroz (mi verdugo)

pero siguió la cuchilla en las venas

 

Pregunté porqué el martirio no cesaba

 

La miel roja no se detuvo

aunque giró la mano en busca de sutura

 

Ella mi sangre era echada en las hojas

donde un oso inválido lamía

 

 

 

 

 

Encontré sus ovarios en el lago

aún no despertaban los soles

en la melena de los cedros

pero la majestad fragante me vencía

 

Aspiré y por tres días retuve en los pulmones

aquella tempestad de lavanda

 

No sé cuánto he dormido desde entonces

pero la hija del espliego

ha caminado y bebido mi sangre

 

 

 

 

 

Hay un espacio donde la flor toca a veneno

Lugar en que alguien sin reparar en el perfume

Dejó crecer una cantata

De tanto dolor

Aspas frías de huracán al mismo tiempo

Que aposento de un grito que crece y ampolla

 

Oh Pastor de Dios

Quita de la hendidura el borbotear de sangre

Haz que cierre los ojos con claridad

Que devana su muerte

 

 

 

 

 

AGUA PARDA

 

                       A mi padre

 

Escucho el agua romper en la memoria

agua que se abrió paso a través de los ojos

cuando mi corazón

que trabajaba acerca de los lirios

en ellos martillaba

al fondo de los patios musgosos

donde los orihuelos y azulejos

brillaban con su nata canora

 

En ese entonces

por quién sabe qué murmullo

o pálpito de mis ojos en los jazmineros

escuché el agua parda con su trueno

con su bramido de un cielo a otro

venir a romper más el corazón

por no se sabe qué secreto entendimiento.

 

 

 

 

 

Ganar la colina de humo
donde mi madre vistió este cuerpo huérfano
con sus geranios,
no era el propósito del sueño y
el desafío de los ojos llenos de fiebres,
cordajes, silbatos, hojarasca de un día

Ganar un Dios
bajo este mundo
tampoco me importaba
Mi anhelo, la música de mis entrañas
era tomar tus sábanas
llenas de menstruos
y volver a tu falda plisada
en el iris de un vaso,
hincado desde ti,
en ti, fuera de ti,
doquiera tu decisión me arrojara
a tu placenta de regreso.

 

 

 

 

 

Quemada por el viento del silencio

una puerta golpea en mi memoria

Recuerdo que hay maderas rotas,

                  tablones apilados, una pared rugosa,

alambres claveteados por el sueño

y mi padre atravesando patios,

                                     conversando en un delirio

con mi madre enferma.

Recuerdo las aguas de un invierno que se llevó

la ropa tendida en el patio

y también la mirada de quien escribe a solas

con su sol oprimido en el pecho

Advierto que estoy hablando de una ferretería

donde mi vida transcurrió en silencio

atrapado a una red de metal

y a mostradores tristes

posados por las manos de inmigrantes chillones

alargados en su terco destino de morir

claveteando una mesa de fantasmas.

 

 

 

 

 

Ribera 2

Te acompañan los cristos -siempre los cristos
los besos de las meretrices; te acompaña el sándalo
la mirra y el incienso
Te atrae el dolor de los gatos cuando chillan
sus adagios, su no ser, su costumbre de
maltratarse en los tejados,
siempre por un amor, por una pelambre de ojos grises
por una garra que se gasta en amar y reventarse
igual que una estrella, igual que una avecilla
mal nacida.

 

 

                    Preparado por Alberto Martínez-Márquez

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