
Rima Brusi Gil de la Madrid nace en Rio Piedras, Puerto Rico en
1970. Poeta, traductora, editora y panelista radial. Cursó estudios de psicología y antropología
en las universidades de Puerto Rico-Mayagüez y Cornell,
respectivamente. Comenzó escribir poesía a los 30 y, según suele decir: “desde
entonces algo sale de vez en cuando. antes de eso
leía pero no se me ocurria agarrar el lapiz.” Ha publicado poesía en varios foros
literarios de Internet. También ha participado en recitales poéticos en su
país. Actualmente enseña cursos de
antropología en el Departamento de Ciencias Sociales del Recinto Universitario
de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico.
Reside en el pueblo de Rincón, Puerto Rico, con su hijo y dos
gatos.
sand man
Quiero abandonarme al silencio absoluto,
saltar al suave abismo
donde muere el después
dormir
y ser eterno parpadeo que termina
implacable
unas horas mas tarde
no sin antes
sacarle a la memoria la semilla originaria
de mi sueño
o pesadilla.
Volverla eslabón con el contacto
de la condena diurna
y verla transformarse en un recuerdo,
tal vez germen,
flor y fruto
que no puedo tocar
que apenas pienso.
La fantasmal cosecha
se detiene en mis ojos un instante:
descansa en el morral agujereado
del hombre de la arena
que cada noche siembra
el suelo fértil de mi sien.
El impar ladrón de las esperas
y de las esperanzas
nunca muere. Se agazapa
procurando hacerse uno
con todos los grises que nos rondan.
Se protege sin saber muy bien de qué
sabiéndonos ya débiles, vencidos,
oculto en la gloria
de una sombra cualquiera.
Cántico a los casitodopoderosos
variedad exótica de ángel decaído
se hace el muerto y sonríe
juega al escondite,
para divertirse,
creyendo que lo ignoramos
por ignorancia
y no por las ganas de ver,
y ver de nuevo.
No lo sé, no nos sabe
sólo aguarda y confía
en los días del prejuicio final.
III
Tu sueño en una casa
desdibujada siempre
en las memorias lúcidas.
Marcada con el eco
de alguna cosa pretérita, implacable…
Mi voz en algún mueble
que sólo recorres con los ojos
empañados de historia.
Aunque la luna sea visible,
no puedes sino imaginarla.
Los sonidos yacen en las cosas:
Duermen la vida frágil del despierto.
I
Eduardo Galeano
Extrañas, sin saberlo
el tiempo que aprendiste a llamar oscuro
en esa historia que tenía por nombre Historia
por autor algún sabio cualquiera
por motivo el olvido..
El tiempo en que tu mayor aspiración hubiera sido
ser albañil, maestro,
tu obra una catedral que rascara, casi,
la guarida innombrable
sin desatar su ira
siempre temiendo y esperando
protegido por frailes y oraciones
de tu propia ambición.
Trabajando contra el diablo, allí o ahora.
Intuyes, sin pensarlo
que los juicios no son finales, sino eternos
que cada intento podría ser castigado
que las eras son minutos
que renacemos babel todos los días.
El metal te devuelve la imagen de las ganas
de callar el lenguaje que no entiendes
que aprendiste a llamar el de los malos.
Pero no, no hay que pensar en esas cosas:
una iglesia en ruinas no se adora
ni las guerras perdidas se recuerdan:
Trabajando contra el diablo, antes y aquí.
Babilonia se reparará, sí,
con un poco de mantequilla de maní
y con la buena voluntad del inspirado.
Báñate, maestro
en la gloria de tu obra,
exquisita y divina maquinaria que destruye
las marcas de los caínes del mundo.
Siempre hace calor, en el infierno.
Ampárate, creador,
en las modernas bulas que decretan
que no eres asesino sino genio.
Anda, sin pensar, sigue rascando
el sótano de un dios que no te siente.
I
días
There are days when everything
I see seems to me charged with meaning…For my part, not only the external
events of my existence but also what happens inside, in the depths of me…
Italo Calvino, If in a winter’s night a
traveler.
Días
Hay días
en que hasta una flor parece sugerir fantasmas de otra era,
y un gato trae consigo rumores marinos
al enroscar la cola junto a mí.
Hay días en que puedo atisbar
y no saber
el todo en cada parte arbitraria
la nada en cada todo posible
la posibilidad en cada puerta que se cierra.
Días en que sólo resta caminar sobre el hielo
con los bolsillos rotos,
llenos de semillas
que en algún campo imaginado
tal vez,
no:
Seguramente,
germinarán, azules, sorprendidas.
Días en que el capricho se devela
y se ríe de sí mismo,
para luego ladrarle a una luna
que aún no sale.
Días de combate sin ejército,
sin armadura,
ni espada,
sin cuerpo,
ni fin.
I
grito
Un grito silencioso, insomne
trasciende el rosado de los dedos
de la glamorosa burócrata del día.
Un enajenado aullido
llega a mi sien prendido
del rastro de murciélagos
que alguno, en su inocencia, confunde
con pajarillos azules.
Es ahí, en ese lugar
donde el día declara su monopolio
y la mente cree ejercer su independencia
del ritmo natural: Allí,
donde por un instante muy breve
entregada a la resonancia y a la inercia
abandonada al letargo necesario de las leyes
que rigen todo objeto, allí,
donde el afuera se pinta de color adentro,
y el adentro se siente acompañado, allí,
es cuando escucho.
Bienaventurados los oídos sordos a tu grito
porque ellos heredarán, del reino, los colores.
I
posesión
Sin aviso, en condiciones atmosféricas improbables
[el cuerpo es un altar profano, por definición
y el ombligo brocal, mundano solo en apariencia]
sin peso, sin alarma, de una liviandad que asusta,
[por su misma condición invisible, o casi]
sin espectáculo, ni aullidos, ni afeites…
Sólo una canción leve, una ligereza de pies,
un endemoniado despiste, un aleteo insistente
de mariposas [que por ser ontólogicas, jamás
fueron orugas], una risa a destiempo, un suspiro…
sólo así la reconozco. Por sus frutos.
Y no hay exorcismo que valga.
I
salva
Vestida con los velos de la inútil paciencia
con los celos ahogados, guardando los minutos
en el mismo cajón donde se hacen compañía
los cadáveres, las flores, los suspiros, la luna,
los secretos, las armas, y ese bisturí
ese mismo,
el que para nada sirve,
por su misma naturaleza de filo implacable.
Aquel que hace mucho cambié
por un pelador de papas,
mas apto para mi oficio.
Vestida con los trapos que me vuelven traviesa,
con el amor atado con sogas y cordura,
preso en el baúl donde van los lamentos,
las furias, la incoherencia, el dolor, la bruma,
las lágrimas, la astucia, y ese candor,
el mismito,
el que llevo en la cara,
en la punta de los dedos:
un pálido reflejo.
Versión cambiada de aquel,
menos conveniente,
el que no desaparece...
Aquel cuya sombra se ha quedado conmigo,
cuya imitación pobre me acompaña siempre,
recordando su origen, el mismo, el prisionero,
que era parte del package, que se rehúsa a morir,
y que dejé de guardián del instrumento infame
que no podrá salir mientras no me desnude.
Vestida con los lienzos que empañan la memoria,
estoy a salvo.
I
Creo que en el camino perdí alguna cosa.
Cuál, no sé: Perdí hasta su recuerdo.
No así la certeza leve de su ausencia,
y del compás remoto que guía los pasos
de otros caminantes,
ese que llamé averiado sin animarme a conocer.
Tampoco el miedo a detenerme
y arriesgarme al empujón de un prójimo
que sabe exactamente qué le falta
o que sencillamente sabe.
Sea cual sea, creo que la perdí antes de nacer
-¿una avería?-
que si tuviera mas detalles podría estudiarla
hasta inventarla nueva
para dársela a mis hijos en un óleo, un hábito,
un gen sintético, un testamento móvil.
Tal vez me la arrebató en la cuna
-¿una condena?-
alguna bruja o brujo optimista, para el deleite
de los que obstinadamente creen en la felicidad de los finales.
Es posible que sea un asunto glandular,
que mi propia pituitaria la haya exorcizado.
Cualquier cosa es aceptable,
preferible a esta nostalgia inútil del no sé
a este temor idiota de que me falte el que sé yo
a la sospecha fugaz pero insistente de haberla asesinado
sin saberlo y sin poder siquiera adornar la culpa gris
con la belleza a color de la memoria.
I
Abecectopía 1: el beso que no fue
Amoroso y absolutamente auténtico, o apagado, alerta y arbitrariamente
bello es el bufón que busca la suerte en el boliche, en la baraja
carnosa y cenicienta de tu cara que cesa, candorosamente,
de decir "deja, deja ya, que dudo lo que siento dentro, porque dentro no
es lo mismo que muy dentro", y demasiado
enredado es lo que le espera mientras elevo la exigencia
egoísta de un espejo encendido, exigencia
fugaz, como la fiera felonía en que fogosamente a veces me fermento.
Hablando se horada, pero no se habita el hogar
inocente, inmutable e inmóvil de la irónica ignominia impúdica que incita a
jugar, joder con el sentimiento ajeno, jocoso Jordan
de mi juventud, y jaque de tu justicia
Kafkiana y kilométricamente
larga, laboriosamente lenta como la lengua que solo entiende de lisura y
languidez letal,
mórbidamente morando, morosa, la mordida del muñeco que muere manifestando
nunca su propia necrosis, hasta el fin negando,
obliterando, opacando, lo que su ojo no ve, en favor del repentino opus,
pidiendo, patéticamente, perder su pena, con pavor de
querer lo querible, y no queriendo, la
realidad implacable, rotunda, represiva, del dentro muy recóndito que requiere
retener la representación, y no reconoce que la ruptura
sería sabia, y que se ha sometido a la sabrosura perdiendo así la salud.
Tenía lo que tenía, que era tan tosco pero a la vez tan tierno y tanto, y testarudamente
tiendo a
unir lo unicelular con lo unitario en uno, Ulisa al
fin.
Veo vejez, cruel vejamen
Waterloo indigno de lo que podría simplemente fluir
como water.
Xilófono desafinado soy, me enajeno xerocopiando
y en el proceso yerro, le impongo mi yugo,
zigzag infame y zalamero, a mi pobre Zutano.
I
nacimiento
El espejo del baño le miente,
por omisión, y a diario.
Elimina de la imagen los huesos
que llevan la música del día,
y los muertos,
la carne vuelta verbo de las noches.
Renace ahí cada mañana,
mísero, desmemoriado fénix,
en la piel la mancha irreversible
de la ceniza de tantos otros días.
Página preparada por Alberto Martínez-Márquez