
RENÉE FERRER
Nacida
en Asunción, Paraguay, en 1944. Poeta,
narradora, dramaturga y ensayista. Sus
libros de poesía son: Hay surcos que no se llenan (1965), Voces sin réplica (1967),
Cascarita de nuez (1978), Desde el cañadón de la memoria (1982), Peregrino de
la eternidad (1985), Nocturnos (1987), De la eternidad y otros delirios (1987),
Sobreviviente (1988), Viaje a destiempo (1989), De lugares, momentos e
implicancias varias (1990), El acantilado y el mar (1992), Itinerario del deseo
(1994), La voz que me fue dada (1995) y Poesía completa hasta el año 2000. También se ha destacado como narradora con
Los nudos del silencio (novela, 1988; reeditada por la editorial puertorriqueña
Isla Negra en
2005) y Vagos sin tierra (novela, 1998).
Su obra cuentística la comprenden La Seca y otros
cuentos (1986), La mariposa azul y otros cuentos (1987), Por el ojo de la cerradura (1993) y Desde el encendido corazón del monte
(1994). En teatro ha publicado La
colección de relojes (2001). Renée
Ferrer es Académica de Número de la Real Academia de la Lengua; miembra
fundadora de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP), que presidió entre
1998 y 1999; además de formar parte del PEN Club paraguayo y de Escritoras
Paraguayas Asociadas. Ferrer ha ganado
varios premios nacionales e internacionales de gran prestigio. En 2003 recibió
del Ministerio de Cultura de la Comunicación de Francia la condecoración “Caballero
de la Orden de las Artes y Letras.” Sus
obras han sido traducidas al inglés, francés. italiano, alemán y guaraní.
Poemas
Los poemas caen sobre mí
Como lluvias torrenciales,
Como partes de un astro visionario
Que vuelven a nacer entre mis manos,
Como ríos anhelantes de su cauce
A través de mi carne.
Caen en mí
Cuando las horas parten
Y no estoy en mi cuerpo sino llena
De sed y de distancia
En el tránsito alado de los pájaros
PLANETA TIERRA
Permaneces
en tu órbita interminable tras el sol
como regazo que acuna
los delirios de la carne apaciguada,
las lagunas torrenciales
de las agoreras vicisitudes del sueño.
Entre tantos planetas,
mi destino.
Refugio de mi amargura,
isla de mi silencio,
manantial desierto.
Antes que el infinito
apagara tus alas,
paloma incandescente,
estabas ya destinado para albergarnos.
Oh raza de abominable perversidad
y alado sacrificio.
Los huracanes del tiempo
esparcieron tus cenizas y dormiste largamente,
en helada mansedumbre, tu quietud.
Pero estalló la aurora
y se hizo la vida,
la más bella y dolorosa,
la más pródiga y fecunda,
hija de la alegría.
Amamantaste tus rocas
nuestro aliento,
tus posadas cobijaron nuestro andar,
se llenaron de antorchas tus contornos
y nuestra sangre, desde entonces,
ardientemente, comenzó a peregrinar.
Guerras
No importa que las guerras tengan nombre,
Siempre serán un llanto
Y un silencio,
Un trágico desvelo
En los acantilados de la muerte.
Las aves agoreras beberán en los huesos
Traspasados de viento
Un sabor de abandono,
Y partirá, aún doliente,
Su vuelo fugitivo
Hacia el tajo insaciable de la ausencia.
Se volverán los páramos albergue
De un pulso coagulado,
Un alboroto en sombras,
Y tendrán los crepúsculos
La calcárea tristeza del astro taciturno.
No importa que las guerras tengan nombre
Y un lugar en el tiempo.
El soldado que esparce sus pedazos
En la antesala del silencio
Es siempre el mismo.
MUERTE
a
la memoria de mi padre
Muerte,
qué triste es la muerte.
Esa lúgubre emboscada entre las sombras
aguardando el instante irreversible.
¡Qué espesa soledad la de la muerte!
El eco retumbante del recuerdo,
el gesto arrancado a la sonrisa
brevemente recobrada y ese lento, lento,
deambular por lugares conocidos
donde duelen tu rostro, tus detalles,
la ausencia de tus manos moldeando
en la frente la caricia.
¡Qué desgarro en el alma roturada!
Esa declinación de tu presencia
buscando otros caminos.
Lejanía toral de tus palabras.
Ese olvidar y sumergirse
en el abismo sideral
de tu vacío.
REENCUENTRO
Círculos.
Puñados de polvo titilante.
Curvas roturando el aire
que se cierra y olvida.
Y allí,
tú,
nosotros,
en algún lugar,
desandando los derroteros
del universo.
Equilibrio y danza de esferas
luminosas
y el sollozo de tu pérdida,
flotando en la luz.
Viaje de soles desprendidos
hacia un punto inalcanzable,
un principio sin día,
un retorno sin tiempo.
Y despoblando la realidad
de la muerte,
nuestras almas
contemplándose en la inmensidad.
Itinerario del deseo
Anoche tuve audiencia con mi cuerpo,
Tu fantasma, mis señas personales:
Indagué en el desánimo, e el cerco
De mis fiebres. Obesos arenales
Me circundan y crecen hacia adentro.
Me someten sus dunas, a las cuales
Rehúyo, añoro, niego, miento, encuentro,
Ofrendando el temblor de mis portales.
Sin que medie la luna te poseo
Siguiendo de la sangre los puntales.
Dichoso itinerario del deseo
Cuando abrevo mi sed en tus panales.
Cuando el alba se apresta a desvestirse
Se despiden tus sombras, antes de irse.
MINUTO
para
Raquel Chaves
Hay un minuto que
otrilla las sombras del abismo,
donde cambian los
rumbos
y deshacen las
huellas su oquedad transitada.
Es como si la
carne se nos fuera cayendo
y la luz se
asilara
en las tembladeras
de la ausencia.
Es un ave
imprecisa que no nos pertenece
si, agónica, la
vemos posarse en otro hueco.
Y tan irremediable
cuando, implacable
y fría,
nos roza con su
vuelo.
DEMASIADO TARDE
To Think of the right thing
to say too late
Robert Frost
Robert,
espérame en
la orilla de ese tiempo donde estás,
quiero
ingresar al sosiego compartido.
No llegaré
con estridencia de bocinas
o la premura
del asunto pendiente,
tampoco de
vestido largo
y capelina;
no llevaré
sombra en los ojos
ni la máscara
para los ritos usuales
y mucho menos
las uñas pintadas;
no temas
verme con mi primer recuerdo
clavado a la
espalda:
ninguna queja
de pena o de alegría.
Ingresaré a
la esfera donde estás
como una nube
que habla sin
romperse
y te daré la
mano para me que ayudes a entrar:
- hogar es el
lugar adonde vamos
sabiendo que
nos esperan –,
tú lo dijiste
con otras palabras;
el ropaje no
importa.
Aguárdame,
quiero
contarte las cosas que no dije;
aquellas que
se ahogaron
con el ancla
de las circunstancias
ciñéndome el
cuello.
LAS PREGUNTAS
ra
Osvaldo García Real
Hay abismos donde flotan
los ateridos halos de la incógnita;
claroscuros navíos prisioneros
de anclaje irremediable;
pozos atormentados donde lloran
las antiguas preguntas.
Yo no quiero el silencio
de un canto de sirena,
la desvela claridad de un sueño
consolando raudales tumultuosos;
ese desmemoriado deambular
por las esquinas del espacio,
sin mi alforja de enigmas
bajo el brazo.
SOBREVIVIENTE (Selección)
IV
Me cala la memoria lo inconcluso.
Las palabras temblando sin sonido
en el portón de los labios,
los moldes palpitantes esperando
la arcilla de mis besos.
Me agobian los andrajos de la noche,
el pulso simultáneo agonizando.
Quisiera vivir otra vez,
en algún lugar
y algún momento,
el sereno alumbramiento del alba.
Contagiarme de canto.
Desandar los recuerdos.
Y en calles conocidas transitar con un péndulo
de sueños en la frente.
Beberme con deleite
un sorbo de la vida
como si no existieran humareda o silencio.
X
Ya los últimos pájaros
se quedaron sin voz.
Imágenes inmensas bailotean en sombras.
un río se desborda entre mis piernas
llevándose jirones de mí mismo.
De súbito estoy lejos sin saberlo.
Sin que en mis huesos lo sientan
voy errante.
Los ojos se me escapan de las órbitas
como pájaros ciegos.
me invaden centenares de rostros mutilados
que al tocarlos tiritan
y se alejan.
Ignoro si los demás son
y permanezco,
si sigo acurrucado en mi consciencia.
Cenicienta la tarde va borrando
ecos de envejecidos arenales.
XVI
para
Renée Alfaro, mi madre
Polifónicas voces me conmueven,
sacuden mi angustiado crescendo de congoja.
La fiebre pulsa notas en mis sienes
y me entrego al deleite.
Qué placer sumergirse
en ese mar de escalas,
sentir cómo se esfuman los contornos
y el tiempo.
El torrente de Bach penetra en mi alma,
su genio matemático
de estructuras sonoras.
Un puente inmaterial
me distancia del mundo.
Su canto superpuesto mis gritos apacigua
y soy por un momento sinfónico espejismo.
Preparado por Alberto Martínez-Márquez