
Editor especial: Juan Ruiz de Torres
Diseño: Alberto Martínez-Márquez
PEPA NIETO
Outes, La Coruña, 1945; reside en Madrid. Estudios de Literatura,
Escultura, Cerámica. Trabaja en Marketing. Miembro del Patronato de la
Asociación Prometeo de Poesía.
Cofundadora de la Asociación de Mujeres Gallegas Rosalía de Castro, Coordinadora
de la Tertulia “Arco Poético.” Dos poemarios publicados: Vencida por septiembre (1998) y Como
ceniza (2000). Premio a poemario: Antonio Oliver Belmas.
TRISTEZA
Hoy sí que me mandas tú,
tristeza,
hoy me puedes,
eres dueña absoluta de mis
trampas antiguas,
ladrona como nadie de mis
escapularios,
utensilios
de metal o finísimas plumas,
con que suelo cubrirme en los
otoños.
Sutil como acostumbras,
cruzaste el borde
y me dejaste aquí,
desnuda.
El mar enfrente, el mar,
el mar o nada.
Pero hoy el mar no tiene
puertas,
hoy estas tú con todos tus
colores
subida hasta la cima de mi
techo,
hoy estas tú en cada uno
de mis dientes,
en las uñas pintadas de mis
únicas manos.
Cómo
puedes llegar así, víbora
o perro,
sin permitirme ni una sola
baza.
Mordiéndome al fin corno a
una cualquiera,
sobre esta arena débil
donde apoyo mi barco.
¡Quién lo iba a decir
y a mi derecha tanta
gente!
HAY
DÍAS EN QUE SE ACERCA UNA GAVIOTA
No ha de sorprenderte si,
desde aquí,
detrás de la cortina
blanca
que cubre mi costado,
sin más capitán que la
noche
dirigiendo esta nave,
todavía siento el olor a
musgo
de tus piedras,
el olor a unos barcos
que se deslizan por tu
vientre
llevando hombres de hierro
en los bolsillos.
Hombres
agazapados como hormigas
al gemido amarillo de la
fluvia.
Cantando himnos
bajo un sol de lagartos
que les quema la carne.
Hombres
que no conocen otra cosa
más que ese baile tuyo,
esa risa congestionada que
repartes.
Hombres
que viven en palacios de
madera,
con la espalda inclinada
hacia los astros
sin más dios en la mano
que su miedo,
sin más respuesta
que el saludo fugaz de
otros bajeles.
Hay días
en que se acerca una
gaviota,
la acurrucan en la piel
y le cuentan historias.
Son hombres
que debajo del labio
oculto de la luna,
rezan,
lloran,
tejen templos de seda en
los cristales
y sueñan con volver si hay
otro día.
INCERTIDUMBRE
El
silencio se yergue
en los ojos del día
más callado que nunca.
Más
silencio.
Y
te corroe el alma.
Es
como si de pronto
se borraran las puertas.
Como si de una boca
dependiera tu vida.
Y preguntas. Te preguntas
dónde has utilizado mal la frase.
Qué palabra, sincera, o sin sentido
debiste haber callado.
Una sola palabra, dices,
y habría luz en este cuerpo.
Porque esta incertidumbre
hace añicos la carne.
Es un peso que ciega
sin una escapatoria.
Son cosas, dices,
y agarras cigarrillos, como puedes,
hasta agotar su pasta maloliente.
Pero hay mugre en tu lengua.
Y caes.
Es como si el mundo se muriera
contigo.
Como si el lenguaje
perdiera su sentido más profundo
y flotara sin rostro.
Sin nada que ofrecerte.
Nada.
Y estás rozando la locura.
MI CUERPO ES EL AIRE DE OTRO
TIEMPO
Y como manantial
se anticipan tus dedos
y me convocan,
me caminan toda,
equilibrados.
Y los recuerdo con la misma magia
ya nombrada, ya míos.
Todo nuevo.
Somos ave que empieza.
Y vuelas.
Y mi cuerpo es el aire de otro tiempo,
el de siempre.
Nuestro asombro
ante esta antigüedad amanecida,
se alza,
asciende a los lugares donde fuimos deseo,
alma,
que aún somos.
Y me doy,
me entrego a ti
más allá de la vida.
Trayéndote,
envolviéndonos,
en suavísima muerte.
QUISIERA ALIMENTARME MIRANDO A LOS
ESPEJOS
Hoy el único rastro es un pañuelo
que alguien guarda olvidado.
Idea Vilariño
Hoy me golpea la voz un lenguaje
muy triste
con este agonizar de letras muertas. Tu nombre.
Y al fondo el techo.
Y mis párpados.
Y las almohadas dispuestas a ocultarte
para evitar recuerdos que me sobran.
Todo deshabitado y habitado.
Es tu ausencia.
Y no me reconozco.
Me duele el humo,
la telaraña que te envuelve,
las palabras exactas que debí decir antes.
Me duele el pulso,
estos latidos que no suenan más que a muerte.
Quisiera alimentarme mirando a los espejos
por descubrir tu cara en el azogue.
Quisiera, incluso,
que las dudas colgaran de mi espalda.
Y deshago mis dedos buscando en la memoria.
Pero quedaste al margen,
enfundado en corazas corno hielo.
Un ataúd
donde no llega el labio.
t
ÁNGELA REYES
Jimena de la Frontera, Cádiz, 1946; reside en Madrid. Miembro del
Patronato y Secretaria. General de la Asociación Prometeo de Poesía; directora
de sección de Prometeo Digital.
Codirectora de la editorial Altorrey y la revista La Pájara Pinta. Novelista, cuentista. Diez poemarios publicados. Entre
otros: Amaranta (1982), La muerte olvidada (1984), Lázaro dudaba (1987), Breviario para un recuerdo (1997) y Cartas a Ulises de una mujer que vive sola (1999).
Entre sus premios a poemarios se encuentran: Ciudad de Burgos San Lesmes Abad,
Ciudad de Soria Leonor, Blas de Otero,
Ciudad de Valencia, Juan Pablo Forner.
*
Al filo de la media tarde
regresan las mujeres a sus muertos.
Como viejas leonas
olfatean los cráneos bajo tierra
y buscan el aliento interrumpido
más allá del follaje de los labios.
Algunas cubren
con sus mantos la piedra
donde ha llorado un hombre
y allí descansan,
sin ira, seco el lagrimal,
hasta que el alba les devuelve
la paz de la derrota.
No persiguen las balas su regreso.
Marchan sobre la estera enlutecida
del camino, dejando tras sus pasos
vago olor a madera carcomida.
*
La tarde que murió la niña azul
el otoño rozó el bronce de la aldaba.
Quemaba el aire
como beso de novio a punto de partir
y allá,
en ese sitio en donde octubre
le da a la uva su color de incendio,
un perro de testuz viajera
ladró con un sonido casi humano.
Era una tarde
que compartía la vejez con la orfandad de la retama
cuando murió la niña azul.
Su casa daba al mar
y el mar, desarraigando su posición yacente,
llegó tal un muchacho
y le besó en la boca conocida.
Luego,
con ánimo de ir donde ella fuera,
enlutecióse
y no se hizo otra cosa
más que delta viril
que buscaba refugio en su pálido cuello.
(Nada me asusta tanto
corno cerrar los ojos
y verlos replegados bajo la misma piel,
yéndose de la mano
para heredar la última sonrisa).
*
El verano anterior
Josefina Manresa había comprado
unos metros de encaje de bolillos
y un frasco de almendrado aceite
que suavizaba el agua.
Aprendió a empequeñecerse el talle
desde que oyó decir
que por una cintura desvalida
trepaba fácilmente la pasión.
En marzo nueve,
ella había cosido dos diminutos lirios de organdí
en el extremo de sus ligas.
Y en una alcoba no lejana
su camisón de muselina
estaba amaestrado para desabrocharse fácilmente,
para caer rendido al suelo
lleno de pliegues.
También la blusa, y el chaquetón de pana,
y hasta las medias de algodón, sabían
que aquella noche
dormirían mirando a la pared,
apenas se iniciara la más dulce tormenta
bajo la colcha rosa pálido.
LABRANTÍO
Un grito,
tan solamente un grito
cuando la reja entró en el surco.
Sorprendida quedó la madrugada
al pie de las coníferas;
urogallos y alerces temblaron tras las sombras.
El labrador
sentóse ante la herida de la tierra
a dialogar con sus antepasados.
MONJAS
Vino Dios, y dijo a las mujeres:
"Despertad al amor".
Mas ellas
clausuraron sus vientres,
enlutaron sus trenzas y pezones,
la puerta envejecieron
y el espejo cegaron
para que nunca más
mostrara los caminos de la risa.
Y a su regreso, Dios
no conoció la casa
ni a aquellas dos mujeres
con hábito de duelo.
t
CARMEN RUBIO
Purullena, Granada, 1948; reside en Madrid. Funcionaria. Ocho
poemarios publicados, entre los cuales figuran: En el bosque del sueño (1992) y Galería
para cobijarse de la lluvia (2002). Entre sus premios a poemarios: Joaquín
Benito de Lucas, Bahía, J.A. Ochaíta, Eladio Cabañero, etc; es una de las
poetisas más premiadas de España.
Y TE SALGO AL ENCUENTRO
A veces.
cuando el verano enciende las glicinias
y la tierra es un pecho que se abrasa,
te busco entre la gente,
en las aceras
de una extraña ciudad a la que siempre
sueño que no he llegado.
Corno excita el polen a la abeja,
me provoca
aquel olor antiguo que en la piel me encendiste
y organizo naufragios para escrutar los mares
por si ya eres espuma,
o recurro a otro tiempo para ver si las horas
pueden dar con tus señas.
De noche escribo cartas a ríos que conozco,
por si pueden traerme noticias de tus aguas,
y te salgo al encuentro en el jardín,
si oigo al sauce que imita el ritmo de tus pasos.
Otras, veces con frío,
la luz -ya casi cobre
entre las ramas-
me sorprende en el parque
recogiendo las hojas de noviembre
por si descubro en ellas signos tuyos.
Te llamo y se me queda
de témpano la voz,
y me levanto el cuello del abrigo
para que no se enfríe aquel último beso.
ITACA QUEDA LEJOS
El deseo de viaje se encalla entre los muros
donde te vence el sueño,
la yedra que te abraza como celoso amante
y te oculta a otros ojos.
Presientes el avance del tigre y la serpiente
y te vas preparando en la certeza
del largo aprendizaje a través de la herida,
de la lluvia que inunda a los barcos sin rumbo.
Intentas el camino mas descubres
que aún no sabes morir,
que Itaca queda lejos,
y vuelves al dudoso cobijo del paraguas,
a la red del jardín,
y -de otra piel- te duermes
lo mismo que si hubieras ganado la batalla.
EL ÚLTIMO VIAJE
La sacaron de noche
-la carne hecha un rasguño-
hasta su nuevo lecho entre la arena.
El vientre, sin cerrar, embotado de peces,
quedó mirando al aire.
Hubo un tiempo
en que llevaba el blanco punto en los zapatos.
Nos relataba puertos y prodigios que oyó
contar a los marinos.
Reconocía el olor que anuncia la galerna,
el silbo sinuoso que emiten los delfines.
Creo que nunca supo
que aquel quejido suyo sería el último esfuerzo.
Dicen que quedó ciega de herrumbre y de abandono,
que agoniza
aquí, cerca del mar.
Nunca la he vuelto a ver, y era mi barca.
SE OYE LA VOZ DEL AGUA
Encontrarás tu casa en abandono,
enmarañado el aire.
Te engaña la memoria. Tú ya sabes
que el regreso no existe aunque se vuelva.
Cuando a la mar te hiciste,
traías sin estrenar tu viento, todavía
ignorabas tus modos,
hasta que mis espejos te mostraron
la niñez de tu pelo, la paloma
que anidaba al reverso de tu enagua.
Aprendiste que es dulce la sal,
que las heridas
se cierran con un golpe de marea.
Sabes muy bien que nadie
te extrañará en la casa,
que no esperan rumor que revele tu paso
ni habrá boca que aguarde en las alcobas
para beber tu aliento.
Encontrarás tu casa
-si es
que existe-
mas ya no habrá Euriclea que pueda conocerte.
ODA A LAS ACERAS
Me gustan las aceras; son dueñas de la noche.
Se tienden, con el sueño
amarrado a la espalda,
pero no duermen nunca. Esperan siempre
a cualquier visitante,
sin otras pretensiones que trazarle un camino
lo mas recto posible,
anunciarle que llegan más zapatos
o adaptarse a su prisa.
Me gustan las aceras que se
asombran
con la heroica aventura de un barco de papel
navegando el arroyo,
y caen en vanos sueños,
como la libertad y otras insurrecciones;
las aceras-pregunta,
demandando saber si vas o vienes,
aquellas que se ponen tristes porque vas triste,
las obreras, que anotan
el número de pasos por distrito;
las perras, que te siguen
para echarse a tus pies en cualquier parte,
y esas otras, más viejas, que viven convencidas
de ser eso que nunca nos alcanza.
t
MILAGROS
SALVADOR
Madrid, 1949. Licenciada en Filosofía y Letras, y en Psicología.
Funcionaria del Ministerio de Educación. Miembro del Patronato de la Asociación
Prometeo de Poesía.; fue Directora del Capítulo de Madrid de la A.I.P. Cuatro poemarios publicados. Entre éstos: Del barro a la ceniza (1994) y Frontera
de humo (2003).
FRAGUA DE MI DESEO
A nuestro lado agoniza el tiempo inevitable.
Yo te acompaño en esta telaraña de la vida,
y apago mi sed de calendario,
quemando mis sueños en tu noche.
El silencio se asoma a los cristales
con un cisne de luz
y te despierto
mordiéndote la boca levemente,
con el verde chasquido
de una fruta que aún no ha madurado,
celebrando mis besos
la sagrada liturgia de tus labios.
Pálido como ese vino nuevo
que bautiza mi copa, te recobro.
¡Oh Luzbel de mis sueños!
PRESENTACIÓN
Nací, tiempo de Acuario (febrero silencioso),
un año de la era de Caín.
Madrid tenía entonces
alma de Guadarrama en los inviernos,
indefensas mañanas
y azafranado el horizonte
en repetido atardecer.
Canciones infantiles
sellaron los silencios de la reciente Historia.
Un uniforme azul oscuro
fue nuestro compañero inseparable
en las tardes de estudio,
y María Goretti el ideal.
Atroz adolescencia, negando nuestro cuerpo
en cada primavera,
y anestesiado en rosas blancas
el indicio mas tierno del amor.
Mas la Naturaleza no perdona
la traición a la vida,
y hoy persigo los sueños
por todos los rincones de la luna.
NO RENUNCIO AL SILENCIO
Yo busco en la palabra el tacto de las cosas,
ese aroma que a veces se escapa a los sentidos,
esas alas perdidas por volar en la noche
hacia un punto imposible,
y ese acento que marca
suavemente las horas por encima del miedo.
Entregaste tu voz a nuestros labios,
ofrenda que redime nuestros últimos versos
y que corona nuestro yo.
Pero a pesar de todo,
no renuncio al silencio.
DESTINO
Somos sin ser, alma de paso,
cuerpo de tiempo, sombra,
tornasoles de muerte.
Del barro a la ceniza nos acompaña el miedo,
y en el largo camino hacia la nada
perdemos nuestro nombre.
Rumores de lamentos ancestrales
resuenan en las venas
alumbrando la sangre.
Pero el destino pronto nos espera,
acaso por mortales amamos lo infinito,
y entre los dioses inventados
vamos buscando
desesperadamente lo inmortal.
EN LA BIBLIOTECA
La vida va dejando a cada paso
deshojada la rosa.
Yo busco en el jardín sus pétalos dormidos,
esa fragancia que desgasta el tiempo
y que en turbios rincones
protege la memoria.
También se oculta el sol.
Acudo a rescatarme entre tus muros,
aunque a veces la sangre innecesaria
empañe nuestro espejo
y una herida nos marque
para siempre la piel.
Algo de mí se esconde en tu silencio
como espiral inmóvil
una red invisible nos vuelve prisioneros,
pero un diamante puede vivir en una lágrima.
Hay que rasgar las sedas,
a veces tan tupidas de la Historia,
y buscar en sus hojas,
sin que el dolor nos sacie,
y encontrar nuestro nombre.
t
CELINA DE SAMPEDRO
Gijón, Asturias, 1926. Empresaria.
Dramaturga, cuentista, novelista. Colaboradora de prensa. Diez poemarios
publicados, entre los que se destacan: El
amor antes de los 60 (1996), El canto
del otoño (1989) y Una gota de lluvia
(1990). Premio a poemario: Fundación de La Carolina.
*
Cuando lleve febrero sus pasos de mi almohada
y dejen su letargo las células antiguas
en pos de asignaturas que las hagan notables,
será como el de ayer mi paseo en el parque:
los niños descubriendo su sentido de hombres
y ancianos descendiendo a una mente de niños.
*
Te miro sin mirarte
porque aún no has nacido.
En mi mente eres cuarzo desgajado del alba...
¿Suave añil de tus ojos?
Y, sin palabras,
porque aún no has nacido,
me siento liberada de raigambres sin nombre
que me hacían cautiva,
ebria de linfa dulce de tu pecho sin aire,
descalza,
destrenzada de toda extranjería.
Y es que al verte, sin verte,
me mueve una ternura aún no bautizada.
el reloj de resinas, del pino de las piñas,
pone hora a los pájaros,
da calor a mi pecho, ya con nieve en su vértice,
y lo hace liviano cual regazo de plumas.
Y es que mientras la espera,
un musgo en mi garganta
anuncia que febrero
adelanta el perfume de arándanos maduros,
las notas de mi nana son cristal y perfume,
y hondo sentimiento, y fuego de naranjas,
y grito de mi suerte...
¡Nunca más seré isla!
LA TERNURA FINAL
Y la orilla del tiempo,
darán las amapolas su color a la tarde
-si abriendo los postigos el alma las recibe
y se mira en sus ojos-.
Y la tierra de trigo abundará en cosecha
si nació la ternura,
al arar la justicia el campo germinado.
Y del paso del tiempo quedará lo veraz:
las lágrimas vertidas por las muertes pequeñas,
las victorias sublimes del amor mantenido,
y aquello que es hermoso.
*
La espera
de tu llanto primero,
de tenerte en los brazos,
mientras en el jardín florece la verónica
cuando aún no es febrero.
Es una espera estremecida en gozo,
a pesar
de tanta lluvia y verde.
Te llamarán Cecilia: (Bach, Debussy, Beethoven).
Las músicas mas clásicas y aquellas de la moda...
El "bakalao", "la salsa",
Y la "country" tan íntima de amor.
Te llamarán Cecilia
Cecilia de las olas... Cecilia becqueriana
*
Y seré árbol
y sentiré el verano refugiarse en mi sombra
y en el amanecer me volarán los pájaros,
me piarán los pájaros,
y en el anochecer me dormirán los pájaros
Y seré árbol,
porque los que me quieren,
abrirán, con sus manos,
un huequecillo tibio
para la levedad de mis cenizas:
las que guardan memoria de mis amaneceres,
del reloj de mi herida
de aquellos sentimientos que me dieron su nombre.
Y seré beneficio como es la lluvia fina,
como es el sol que baja a la pradera.
Seré el tronco que guarda
corazones y fechas en mi carne esculpidas,
por aquellos que en mí
descubrieron el don de la ternura.
Seré un árbol erguido de esperanza...
Haré dulces las tardes a pájaros cansados