
PEDRO JUAN LABARTHE
Nace en Ponce,
Puerto Rico, en 1906. Poeta, novelista,
dramaturgo, ensayista, periodista y profesor universitario. De 1930 a 1935
ejerce la docencia en varias instituciones del nivel superior en los Estados
Unidos. Retorna a Puerto Rico para
laborar como docente hasta el 1945, cuando es becado por el Departamento de
Instrucción Pública de Puerto Rico para realizar estudios doctorales en Letras
en la Universidad Autónoma de México.
Durante ese tiempo ejerció como como
catedrático de literatura española e hispanoamericana y de historia
hispanoamericana en la Universidad de Wesleyan en Bloomington, Illinois. corresponsal
del periódico El Mundo, de San Juan, Puerto Rico. Desde 1946 hasta 1965 regresa a los Estados
Unidos, donde funge como Fue Presidente del Club de Escritores de Pittsburgh, miembro de la Sociedad de Poetas Británicos y
Americanos, miembro honorario en la Fraternidad de Dramaturgos Alpha Psi Omega y miembro del Ateneo Dominicano. Fundador y
secretario de la Sociedad Interamericana Roerich, de
Nueva York, entidad a la que representa como delegado
ante la Convención de la Paz, celebrada en 1932 en Brujas (Bélgica). Entre sus
obras se encuentran: Antología de poetas contemporáneos de Puerto Rico (1946),
Los nietos antillanos (1939, teatro), Gabriela Mistral como la conocí yo y
cinco poemas (1963, ensayo), Pueblo, Gólgota del espíritu (1938, novela),
Estrías de sueños (1936, poesía), The Son of Two Nations
(1931, autobiografía), Y me voy preguntando… (1959, poesía),
De mi yo (1956, poesía) y Mary Smith (1958, novela). Muere en Río Piedras, Puerto Rico, en 1966.
DYLAN THOMAS
A
André Maurois
Entre las algas veo tus brazos.
Son ellos algas.
Entre las conchas veo tus ojos.
Ellos son conchas.
Vero tus carnes
heridas de luz
en las profundidades
de tu mar.
Allí te besan los rayos de tu sol.
Oigo tu voz,
eco de tu raza de patriotas,
y tus versos
son olas sobre la playa
que besaba tu cabaña tan cantada por ti,
tan inflamada de amor
y avivada por el whiskey
y las locuras de un
poeta.
Dylam,
pasaste por el arco
y saliste al otro
lado
vestido de inmortalidad.
¡Cómo nos cantas
desde las profundidades,
tritón nórdico!
Tu lengua es fuego
de leyendas divinas
de héroes,
de épocas de Beowulf
y de San Patricio.
Y en esa lengua divina,
cueces palabras ajos,
pimentadas
en muelles por
salados mineros
y en arrabales
chispeantes de ginebra.
Dylan Thomas,
gracias por tus recados.
QUÉ HAY AL OTRO LADO
¿Qué hay al otro
lado de la tortuosa vía>
Sí, ¿qué hay al otro lado?
No puedo ver el otro lado de la doblada esquina.
Ayer estaba aquí, a mi lado.
Hoy dobló la esquina y no es más.
Yo estoy de este lado,
con el día y la noche.
He querido seguirla
y no me lo permite
mi tiempo.
Deseo vehementemente mover mis pasos
y doblar la
esquina;
y esclavo de mi
tiempo,
no puedo yo
dictarles a mis pasos.
Deseo doblar la esquina y seguirla.
No sé si al otro lado de la vía
hay noche o día.
Se fue, y no hay más presencia
acá, a este lado de la esquina.
Yo sigo andando sin llegar,
esclavo de mi tiempo.
Sin llegar y llegando a la esquina.
Es horrible hambre y sed
esto de mover los pies en mi tiempo no terminado,
así, como un títere de mi tiempo del lado acá
de la esquina.
Se fue ella, la de carne y espíritu,
y la llevo dentro
en la imagen.
La veo y la oigo en el recuerdo.
La aspiro, la palpo y la deseo,
y no está de este
lado.
Su ida fue guillotinada a la presencia.
Se fue, se fue,
y yo con mis clavos
de crucifijo
por seguirla.
Mi voluntad no es mía.
Es del tiempo-cuentagotas de años, días y segundos,
de las cenizas de la
vida.
¿A quién preguntar qué hay al doblar la esquina?
Aquí ayer estaba toda ella;
vestida de presencia y con sangre.
Ayer, ayer, ahorita ayer,
y dobló la esquina.
Está ahí, ahí al otro lado, cerca y abismal,
en el doblar ignoto.
Y yo aquí prisionero de la vida.
Ella que me amó tanto,
se preguntará o
sabrá por qué me he quedado atrás.
CELOS
A
Eunide Elliot
Picotea sobre mi cráneo,
búho embustero.
Taladra mi cráneo,
fantasía ascua.
Dame golpes de sangre,
y seca mi lengua.
Acelera mi pulso
como los pies en llamas de pensamientos.
San Sebastián no sufre,
ni son más dolorosos
los siete puñales
en Semana Santa.
No es ya blanco de flechas mi corazón.
No tiene una cabeza de alfiler de espacio.
Yo me he roto.
Agrietado estoy por murciélagos encendidos
y voladores por las
cavernas de mi
celosa fantasía.
Dudo de ti,
y tú, serena y
reina y santa,
inmaculada y saludable,
me extiendes la
vista llena de misericordia
al verme Laocoonte de mis dudas.
AMIGO
A
William T. Beadles
Cometa luminoso,
que acaricia la tierra
con su luz de siglos.
Un cometa,
un comenta en un
siglo.
ECO
A
Julio Soto Ramos
Soy el eco de mi eco.
Soy tercero.
Mi primer eco
es la eclosión de
dos almas
hechas ecos en mí.
Mi canto tiene eco
en los subterráneos
de mi estética.
Soy la carne de dos.
Soy eco uno de esa carne.
Soy tercero,
y los tres están en
mi eco.
VOZ MÍA
A
Federico de Onís
Siringa verde, verde;
con besos redondos
al aire y al arcoiris.
Sopla, pulmón,
que el verso hará círculos
en el estanque del
aire.
Allá mi voz
en rítmicos
cabrilleos.
ROSA
¿Envidiar tu
riquísima
y
corta perfumada vida?
Sí.
Niño,
envidio tu muerte-rosa.
Viejo,
me duelen las cadnas
de tus años.
Heme
cenizas en versos.
VERTICALMENTE POLVO
A
Archibald Mac Leish
¡Átenme las manos,
que se me van detrás de las arenas del viento
para llegarme a ti
que me das las sombras de tus espaldas!
¡Átenme las voces
que galopan con las distancias
para llegar a ti con oídos de caracoles rotos!
¡Átenme los ángulos
de la visión
que se me van con los círculos y latitudes
para llegar a ti
que te hundes en el ecuador dantesco del olvido!
Verticalmente me hago polvo.
SOY
A
John Dos Passos
Soy mi centro
ya, en las urbes de
usinas y tranvías y gas
y falsa alegría.
Soy mi centro
en mi pequeño
pueblo,
en mi casa pequeñita
con un palmo por techo.
Soy mi centro
y hago mi huerto y
mi luz,
desde allí envío mis pétalos iluminados.
Otros centros no me hacen.
Yo hago mi centro
porque soy mi centro.
BEBAN
A
Zenobia y Juan Ramón Jiménez
Beban en mi cráneo del ayer
los hijos del mañana.
Mi vino lo he cosechado
en ricas vides,
a orilla de ríos
subterráneos.
Mi calavera, hoy arropada por los polvos del mañanam
nada les dice.
Beban, beban hijos del mañana,
en mi cráneo del
ayer.
Mi cráneo puede ser también tintero.
No, NO HAS LLEGADO TARDE
No, no has llegado tarde.
Aún las minas lujurientas de
diamantes,
formadas por siglos,
están vírgenes
esperando el pico y la pala
en manos de una
juventud
que las desvirgine.
No, no has llegado tarde.
¡Qué importa que a mis puertas llegaran otras!
A ti me he entregado como debut en el amor puro y casto.
No te he interrogado sobre tus flirteos anteriores.
Ni me importan.
Y del pasado, de tu pasado, no estoy celoso.
Tu temblor de carnes es cogollo.
Tus venas tibias con sangre primaveral
me han dicho que
eres aún virgen en el amor.
La virginidad en el amor es más casta que la sacrificada.
Tómame, criatura, entre tus muslos.
Soy pez
navegando en tu mar profundo de deseos.
Dios bendice la virginidad del amor.
Goethe cantó su ascensión al cielo.
Vuelve. Aquí me
encontrarás,
casto y fiel y ansioso,
recordando las noches sabrosas e iluminadas
con el calor de tu cuerpo en flor.
Soy, soy tuyo hasta que me deshojes
en el olvido de los
años.
Tu verdor de años
ha sido llave
para entrar en mi monasterio de castidad.
No fuiste una doña Juana Tenorio.
Fuiste el eco a mis oraciones
de volver a sentirme
potro,
cabro
y paloma.
Después de haber cerrado con tu ida
mi soledad,
he gozado más los
maitines.
Tu llegada fue vida
para un vivo-muerto.
Vuelve.
Preparado por Alberto Martínez-Márquez