Poeta Invitado

 

 

Myriam Moscona

 

Nace en Ciudad de México, 1955. Proviene de una familia de judíos búlgaros que emigraron a ese país.  Es poeta y periodista. Títulos publicados: Último jardín (1983), Las visitantes (1989, Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes), Las preguntas de Natalia (1992), El árbol de los nombres (1992), Negro marfil y Vísperas (1997). A partir de 1993 es conductora del noticiario cultural 9:30 del Canal 22 de la Ciudad de México. Ha publicado el libro De frente y de perfil: Semblanzas de poetas (1995).  En colaboración con Adriana González Mateos tradujo al español La música del desierto de William Carlos Williams, con el que obtuvo el Premio Nacional de Traducción de Poesía en 1996.

 

 

CARTA DE NATURALIZACIÓN

 

Las hijas de extranjeras
nacimos con agujas minuciosas.
En tiempos nobles
visitamos museos de París.
Entramos al Louvre a buscar a la Gioconda.
También nosotras crecimos en la adversidad
y sonreímos con rictus previsibles.
Si la guerra nos empujó del viejo continente
un soplo nos condena a duplicar nuestra visión.
Permanecemos a perpetuidad.
Nos debatimos entre estancias y partidas.
Deseamos dar a luz a la intemperie
para que la sangre caiga en tierra firme
hasta que las raíces se pierdan en la historia.

 

 

 

 

LOS SERES FLOTANTES

 

¿Cómo sería una vida en la superficie? ¿Feliz? ¿Y habría que despreciarla sólo por eso? Quizá haya mucho más en la superficie, quizá todo lo que no es superficie sea falso.

                       Elías Caneti

 

Me propongo, amado, ser para ti la superficie
ser para tus ojos sólo cuerpo
Ser para tu lengua sólo ritmo
Ser información para tu red.

¿Va otra vez?

 

Me propongo, amado,
Ser para la noche hoguera
Y en abril como la orquídea
Bajar el tren de aterrizaje
Para que el peso exacto de tus alas
Te guarde siempre
En el adentro de mi afuera.

 

Yo, como Pessoa,
Sé que las flores se abren
Y yo me abro con menos perfección
Pues carezco de la simplicidad divina
De estar afuera solamente
.

 

Me propongo, amado, ser para ti la superficie
Ser una estación de paso
Volver a cultivar el paraíso
Sin árboles de ciencia
Sin tanta trascendencia
Sólo orquídeas, dame orquídeas
(flores macho y flores hembra).

 

Me propongo, amado,
volver hacia la epístola y amarte
hasta que la hondura nos separe.

 

 

 

 

Apostasía

 

¿Y qué deidad me pudiera
inclinar a que te amara
que ese poder no tomara
para sí si te tuviera?

Francisco de Quevedo

 

¿Por qué no hay madre ni María
ni hermanas de Dios
ni hermafroditas?
Las despoblaste de la familia angélica,
me dice don Francisco de Quevedo.

 

De la Vía Láctea
arrancaste su nombre de mí,
su estancia protectora
de los más deseados amores
que fervorosamente quise
y no pude tener.
(¿Por qué no pude, María?)

 

¿Y Ella?
¿Por qué no está contigo?
¿Por qué sólo Tu nombre
y no el de Aquella que perdí
en la resurrección
también negada de la carne?

 

María, Sierva, Hermana.
Líbrame del mal.
¿Quién para sí
si te tuviera?

 

Estoy de plácemes, Quevedo.
Estoy en la orilla de la madre
que regaló su muerte
y me dio el país quebrado
y sus burlescas
y la araña que andaba
tras la pobre mosca mía.

 

¿Por qué no hay madre ni María?

 

 

 

 

Lacayo

 

Antes del sueño,
bajo las sábanas luidas
entraste bebido,
arrasado por el flujo.
Y un trovador cantó a tu oído
alabanzas que no supiste descifrar.

Ay de los necios
que terminada la faena
duermen sobre el emperador
como lacayos.

 

 

 

 

DISPERSIÓN

 

Me arranco esta bata persa

y los pétalos de loto

vuelan por el cuarto.

No quiero reflexionar sobre este hecho.

 

Sin embargo, los colores caídos,

mi cuerpo desnudo,

tiritando

me recuerdan la dispersión.

 

Las estrellas

pican de anís la noche oscura,

me miro diluida en el vacío de Dios

y no en tus brazos.

 

 

 

 

TESTIMONIO

 

No tuvo hijos,

se lee en la caja de su cuerpo.

 

Casi nadie la visita.

Escribe cuando tiene algo que decir.

 

No gasta la vara del poema.

La lleva como báculo. 

 

 

 

 

LAS PREGUNTAS DE NATALIA

 

Cuando dices ÁRBOL

¿cómo haces para ver

raíces hundidas en la tierra

o follajes que cuelgan

como una cabellera?

 

Cuando dices PEZ

¿qué ves?

¿Garabatos de luz

veloces como rayos?

 

Ah, palabras abiertas,

palabras que transforman

vocales en imágenes reales.

 

¿Quién estuvo en contra

de llamarle lengua a la vaca

y vaca a la piedra?

 

¿Quién le puso su nombre a las cosas?

 

Desconocidas voces

trajeron de oriente

hermosas palabras que empiezan con AL:

Almendra

Almíbar

Almeja

Almena

y a la estrella Aldebarán.

 

Después,

¿quién cambió las cosas del tablero?

¿quién creyó ver

en el cielo un velo extendido

sobre el mar?

 

¿Quién le dio al león

su nombre de rugido

y al perico su nombre parlanchín?

 

¿Y al puerco espín?

¿Quién le dio su doble nombre?

¿Quién le dio al oso

su nombre-pesadez?

¿Quién crees?

 

Que alguien diga

parado en su pradera

quién llamó a ese árbol

con su nombre de palmera.

 

Tu voz: golpe al oído.

 

Como un abracadabra

devuelve a la palabra

su último sentido.

 

 

 

 

EL ÁRBOL DE LOS NOMBRES (fragmento)

 

                             III

 

Un árbol subterráneo nos sostiene,

el árbol de los nombres.

En las auroras de la noche,

nubes de lodo y plata

y la arcilla que enciende el costillar.

Bajo ese manto,

la mandrágora abre sus raíces,

unta su sexo,

su vaho, su veneno

y una red más extensa que sus brazos.

Un estanque de tinta nos dibuja

la diosa negra entre las piernas.

 

Soltaste,

al menos un instante,

                        las amarras.

 

Ante nosotros,

una inmensa cavidad.

 

Vemos las Pléyades ondear al fondo

          y al oriente

          la estrella Aldebarán.

 

¿Dónde había diluido sus

últimas gotas la conciencia?

 

Y nos perdimos tras el velo

                        de la risa.

 

Con el calor del meridiano

los nombres se dibujan en los vidrios.

La luz abierta hacia tus ojos.
Todo disuelto a nuestro paso.

 

El paladar

siente la ligereza de la hostia.

Hemos violado el cautiverio.

Nos cubren las palabras:

 

Si quieres que te siga amando

regrésame el tiempo en que te amaba.

 

Como un oficiante, a oscuras

viste el mar abierto ante nosotros.

 

Y escuchamos a los sauces,

las señales del camino.

Después nos acercamos a la costa.

 

En el reflujo,

          como arterias

          de un corazón fuera del cuerpo,

                                               nos abrimos.

 

 

                    Preparado por Alberto Martínez-Márquez

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