Poeta invitada #67

 

 

 

 

MARA ROMERO

 

MARA ROMERO.  Ciudad Obregón, Sonora, México, 1962.  Poeta, narradora y promotora cultural y turística.  Sus poemas figuran en la antología En el camino (1994).  Ha publicado el poemario Identidad de vértigo (2001) y próximamente la Universidad de Sonora publicará De tu olor y de mis miedos.  Es miembro fundador de la Agrupación para las Bellas Artes (APALBA) y  forma parte del Consejo Editorial en la revista cultural Yuku-Jeeka (viento de lluvia).  Tiene a su haber dos libros inéditos, uno de poesía, titulado Beethovenianos; y uno libro de cuentos, intitulado Las Lupes

 

 

 

Y me acuesto orgulloso de haber vivido

y sufrido en otros distintos a mí

                 Baudelaire

 

                   I

 

Entre sombras,

veo apariciones que llegan

desde mi partida.

Esas que enseñan

a esculpir grietas

del espíritu demolido que soy;

te encuentro conversando con ellas,

haciéndolas como a íntimas,

arremolinando tu memoria.

 

Ellas que me sustituyen

y dictan realidad a dosis;

atrapan en el país oscuro

donde sólo tú conoces,

ese, donde las estaciones

y el calor no existe.

 

Cargo en mis noches

el peso de tu mundo;

invito a la piedad

a extinguir el infierno que nos quema,

presintiendo que al arribo 

esperará una silla con mi nombre,

impaciente, pero que al igual que tú,

aún me pertenece.

 

Sales de donde nunca estuviste;  

el clima color de mis uñas,

y tú cariño arrumbado 

es un closet, alguna vez nuestro,

encuentra la manera de hacer mella.

 

 

                         II

 

Estás regado en cada espacio que logro armar,

en cada triunfo,

siempre pendiente de mi caída,

y la ausencia de Dios

volviéndose cada vez más intolerable.

Cansada continúo 

arrastrando piezas unidas por alambres,

cada vez más acorde    

al espacio de tu espectro. 

 

 

 

 

 

Cómo decirle que entiendo sus caídas

conozco sus personajes

como mi ruta oscura

Es la maldición de poeta que nos pesa

inconformidad por vivir pisando el suelo

teniendo alas que estorban

y sin embargo nadie ve más que nosotros

 

Yo le ofrezco el infierno de mi noche

le presto el alma

lo invito a desconocerse en mis renglones

y a disolverse con su tinta

 

 

                                                         

 

 

Nos duele, más allá, la carne

más acá la sombra y en medio

nosotros mismos… 

          Alberto Martínez Márquez                  

  

                        I

             

Hay una parte triste,

nos describe,

una intención cruje a diario

por derrocar el silencio

perturbado

que no alienta sueño

y congela esperanzas.

Hay caminos demasiados dañados

entre nosotros,

silencios que espantan,

y vacilan el alma.

 

Tu nombre frío, como el mármol,

libera mis intenciones,

me lleva al umbral del cuello,

abre la piel,

asfixia en vano

la renovación de espíritu

jubilado de gozo.

 

 

Busco tu olor.

Acrecientas mi equilibrio;      

llegas, 

fortaleces mis demonios,

instinto que te sentencia a mi universo liso;

crueldad fresca,

despertando signo de bondades,

parodia culpa 

que se empeña en devorarte exilio.

 

 

                   II

 

Tú, que escuchas  palabras borrosas,

y con infinita lentitud intentas resolverme,

me das en ofrenda tu dolor,

maraña de promesas

que fatigan mi conciencia,

me dejan inerte al miedo;

farsa que flota entre nosotros

y nos convierte

en estandarte negado de victoria.

 

Un remanso sacude,

tumulto sagrado que nos delata y habita, 

dándonos linaje de ángeles heridos.

 

Ya nada profanará

 nuestro extravío gastado por el sol;

ellos se apiadarán de nuestros huesos

corroídos por las ansias,

convertidos en andamios,

precipicios del infierno,

dibujarán rasgos

parecidos a la felicidad,

hostiles con los que no entiendan nuestro linaje.

 

 

                   III

 

Ellos, quienes irritan a Dios,

envejecerán con hojas

atoradas en la garganta,

serán los que unten su espesa bruma

sobre el perdón;

nosotros, mientras tanto,

sobre las dunas del fuego

buscaremos andrómedas,

e inventaré la historia tan parecida,

a nosotros,

que doblaremos juntos en pliegues

salvados del cansancio,

cuando sea tarde.         

 

 

 

 

 

Duele tu nombre en mi pelo

designo azar olvido

como réquiem de los días

tintero de mi llanto

 

Desentender olvido

se filtra en  las paredes:

frágil conciencia

teñido resentimiento

 

Olvido que desconozco

Cristo que me sostiene

llama encendida

eco sordo de nuestros nombres

          fundidos luz

 

Duelo olvido

    mártir de la historia

en mi puño apretado de adioses

          donde siempre

no sé con qué demonios sobrevives

 

                                                         

 

 

 

Ventana entreabierta

          imitando mis piernas

guiándote

    bordando tu cuerpo en sensaciones

confundiendo el lamento

    con la caricia

niña de vocación melancólica

lastimada por la metamorfosis

de tu Yo

    del      Yo     fugaz

escondido del remordimiento

embellecida por el trueque

de sorpresas bien distribuidas

que llenan mis manos vacías

    contradictoria a los caprichos

perturbada de ternura

finalmente vencida

en textos

 

 

                                               

 

 

Ser tu sede,

salir invicta,

interminable choque de cuerpos

advirtiendo un no regreso.

Trazo imperfecto de mis caderas

ahorcando tu cintura,

embestida que rebasa de bella,

brisa asomando por el último

balcón del cielo.

Mi boca abierta, convocándote,

dando permiso entrada,   

sacando el mundo de la piel.

Tu cuerpo ya no pesa,

y el chelo, despacio borra

la puerta de nuestra historia.

Todo se inicia aquí,

nada vendrá,

no hay azoro, ni tregua,

sólo interminables besos y mordidas,

y un vientre violento culpándose

al conjuro arraigo,

a coraza sobria, enfadada de perdón,

hurgando extraviada

en lo que seguramente será el infierno.

 

 

 

 

            

            I

 

Yo tenía una voz,

navegaba en mares no descubiertos,

era un misterio que renovaba a diario mis angustias,

y hacía pedirte todo lo que tú no tienes,

lo que nunca podrás darme.

 

Hoy, el infierno se abre frente a mí,

mi eternidad es un traje de piel,

oscuridad iluminada,

sollozos que se vuelven  inútiles 

ante tu sordera.

 

A veces el cielo nos muestra  poco,

y las cosas vagan tan confusas

que mi retrato borroso de muerte,

no alcanza a espantar tus santos malos,

himnos, vómitos presentimientos

multiplicándome envejecida,

arrinconada en  este monasterio de ánimas,

olvido de Dios;

monólogo con ángeles hambrientos,

alados sirvientes que escriben la historia

del mundo en una piedra lisa,

caminan de puntas en el aire

y despiertan en mí dudas.

 

Veo el mundo ardiendo en mis ojos,

invento mi escritura argélica,

mensaje de profeta mártir;

trato de no perdonar culpas ajenas,

desenlazarme de tú, nosotros.

 

 

                     II

 

Yo sufría mucho contigo, aunque no sabía.

Ángeles oscuros me exigen alejarte,

y en contra de su mandato,

con alas ensangrentadas, amarro tu sol,

para que no queme tu alma;

molestos, ellos se huelen entre sí,

hacen polvo nuestra historia

 

 

 

                                                         

 

Las palabras adelgazan el silencio,

lo traicionan, no saben,

ni logran resguardarlo, son palabras...

 

Borrosas, firman sentencias,

invaden mi cordura alucinada,

alivianan la carga de tu voz  entre mis dedos,

y tú, con espada sigilosa,

cortas en pedazos la tensa y estéril esperanza.

 

Compadeciéndote, me pierdo;

en desamparo, a tientas,

empujo la última puerta con mi prosa,

córcel silvestre atravesándote.

 

¿Y Dios…? 

 

Desdeñosa pinto de luto tu invasión;

construyo los muros en donde estrellar mi legado;

presente raído.

 

Tú, que sacudes mi estadía en piedra,

cortejas a la muerte,

y dejas incompleto el acto,

cómplice del que robó mis noches,

te das por vencido,

luchas contra la vida;

yo en cambio, desafiante, hago las paces,

la engaño con versos que supuran penas,

profecía, destierro, involuntario,

duelo, aparición,

que nadie reconoce.  

 

         

 

                                                         

 

Abro la puerta del remordimiento,

me escondo,

mil tentaciones arremolinan

la historia de este cuento.

Tú, mi personaje preferido,

creado a semejanza del diablo,

consejero laberinto

llegas en un ejército de vanidades,

haces llaga,

eres continuación,

parte invisible

que refuerza debilidades,

eco fundido,

gloria que te hizo importante prosa:

cuenta historias de mala ortografía

que describió el infierno en versos. 

 

Mitad hombre, mitad nota,

medio verso que restriega estigma;

coro gélido que aborrece aliento

quita ganas de hablar,

abre vida,

desgarrada última esperanza

de creer que existes, 

fría catalepsia,

que asfixia como capa de abandono;

odio acumulado a gajos,

ausencia rota en malicia,

pedazos de ti que cayeron de mi cuerpo,

dolor que nadie creyó:

mentira que fui dentro de ti mismo.

 

 

 

 

 

Ellos llegaron de mañana, 

pelearon con mi piel

y la insolencia abrió su boca al viento;

nunca entendí sus intenciones,

pero mi mente quedo entumida

imaginando cómo serías.

Tu olor me guió,

quitándome razones.

Desde entonces camino por un túnel

rotulado de imágenes sin rostro

con la intuición de la esperanza.

 

Sin embargo, nunca dude de ti.

 

Ellos llegaron convencidos de estar en casa,

y  la esquina del cuarto

se hizo más pequeña.

Mi cuerpo enorme lucha con toda su fuerza

por salvar las pestañas de cordura

que aún parpadean  

hace barro de ellas,

pequeñas figuras

que salen al diario de la vida,

y hablan el idioma por todos conocido.

 

Cuando se descuidan regreso al inicio,

como nota repetida en silencio

Ignorada por las burlas.

 

 

 

 

 

                 I

 

Hoy mi piel despertó lisa;

reclamando un silencio que debió,

alguna vez, ser mi reposo;

desmoronada, espero,

y un frío ausente

acentúa tus expresiones,

te dibuja con fugacidad sigilosa

y fascinación.

 

En tu espacio un vacío languidece y reta;

mi cuerpo se defiende,

traduce gestos,

mis manos bailan inquietas,

fabrican imágenes,

palpan humedad, muerte ajena,

cuando las sábanas que me cubren

buscan tus brazos,

    su fuerza,

sabor que empieza a resecar mi boca,

ritual solitario

pecho inerte, montañas sin cielo, 

vientre lumbre,

te repasa imaginario,

lengua rosa textura,

retrato enlutado. 

 

 

                  II

 

Bajan los dedos por mi pierna, 

fantasma perdido en tus colinas, 

tormenta eléctrica

aplaudida por mis muslos,

ventana abierta

que advierte un cielo gélido

embestida ojo de ombligo,

único presente, 

severidad ausencia,

posesión sombría,

sonrisa lastimosa ansia.           

 

Un sonido llega lejanía,

confundiendo alma,

distrayendo cuerpo,

caja vacía

convertida en lúgubre espacio

de apariciones,

que desfilan por mi piel

en una procesión sin santo que la guíe. 

                                                                                    

Tu rastro deja un olor parecido a las acacias,

me llena de voces,

seres orgullosos

riéndose de la realidad,

intentando hacer un  trato,

alejarme de tu magia,

desbaratar el milagro,

pinceladas tuyas 

que salen montón de letras.

 

 

             III

 

Rechazo la imposición

el mensaje en los callejones de mi cuerpo

que siguen llenos de ti,

preocupados de una irrealidad

que se vuelve cada vez más complicada,

cuerpo al que no le importa el texto,

y afuera ignora la escena del dolor,

y no entiende las voces que persiguen.

 

Y así, tibiamente, con furia,

vuelvo a sentir el choque que estremece,

tu cuerpo y el mío

volviéndose batalla imaginaria...

 

 

                                                  Preparado por Alberto Martínez-Márquez.

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