
MARA ROMERO
MARA
ROMERO. Ciudad Obregón, Sonora, México, 1962. Poeta, narradora y
promotora cultural y turística. Sus poemas figuran en la antología En el camino (1994). Ha publicado
el poemario Identidad de vértigo (2001) y próximamente la Universidad de
Sonora publicará De tu olor y de mis miedos. Es miembro fundador
de la Agrupación para las Bellas Artes
(APALBA) y forma parte del Consejo Editorial en
la revista cultural Yuku-Jeeka (viento
de lluvia). Tiene a su haber dos libros inéditos, uno de poesía, titulado
Beethovenianos; y uno libro de cuentos,
intitulado Las Lupes.
Y me acuesto
orgulloso de haber vivido
y
sufrido en otros distintos a mí
Baudelaire
I
Entre sombras,
veo apariciones que llegan
desde mi partida.
Esas que enseñan
a esculpir grietas
del espíritu demolido que soy;
te encuentro conversando con ellas,
haciéndolas como a íntimas,
arremolinando tu memoria.
Ellas que me sustituyen
y dictan realidad a dosis;
atrapan en el país oscuro
donde sólo tú conoces,
ese, donde las estaciones
y el calor no existe.
Cargo en mis noches
el peso de tu mundo;
invito a la piedad
a extinguir el infierno que nos quema,
presintiendo que al arribo
esperará una silla con mi nombre,
impaciente, pero que al igual que tú,
aún me pertenece.
Sales de donde nunca estuviste;
el clima color de mis uñas,
y tú cariño arrumbado
es un closet, alguna vez nuestro,
encuentra la manera de hacer mella.
II
Estás regado en cada espacio que logro armar,
en cada triunfo,
siempre pendiente de mi caída,
y la ausencia de Dios
volviéndose cada vez más intolerable.
Cansada
continúo
arrastrando piezas unidas por alambres,
cada vez más acorde
al espacio de tu espectro.
Cómo
decirle que entiendo sus caídas
conozco sus personajes
como mi ruta oscura
Es la
maldición de poeta que nos pesa
inconformidad por vivir
pisando el suelo
teniendo alas que
estorban
y sin embargo
nadie ve más que nosotros
Yo le
ofrezco el infierno de mi noche
le presto el alma
lo invito a
desconocerse en mis renglones
y a disolverse
con su tinta
Nos duele, más
allá, la carne
más acá
la sombra y en medio
nosotros
mismos…
Alberto Martínez Márquez
I
Hay una parte triste,
nos describe,
una intención cruje a diario
por derrocar el silencio
perturbado
que no alienta sueño
y congela esperanzas.
Hay caminos demasiados dañados
entre nosotros,
silencios que espantan,
y vacilan el alma.
Tu nombre frío, como el mármol,
libera mis intenciones,
me lleva al umbral del cuello,
abre la piel,
asfixia en vano
la renovación de espíritu
jubilado de gozo.
Busco tu olor.
Acrecientas mi equilibrio;
llegas,
fortaleces mis demonios,
instinto que te sentencia a mi universo liso;
crueldad fresca,
despertando signo de bondades,
parodia culpa
que se empeña en devorarte exilio.
II
Tú, que escuchas palabras
borrosas,
y con infinita lentitud intentas resolverme,
me das en ofrenda tu dolor,
maraña de promesas
que fatigan mi conciencia,
me dejan inerte al miedo;
farsa que flota entre nosotros
y nos convierte
en estandarte negado de victoria.
Un remanso sacude,
tumulto sagrado que nos delata y habita,
dándonos linaje de ángeles heridos.
Ya nada profanará
nuestro
extravío gastado por el sol;
ellos se apiadarán de nuestros huesos
corroídos por las ansias,
convertidos en andamios,
precipicios del infierno,
dibujarán rasgos
parecidos a la felicidad,
hostiles con los que no entiendan nuestro
linaje.
III
Ellos, quienes irritan a Dios,
envejecerán con hojas
atoradas en la garganta,
serán los que unten su espesa bruma
sobre el perdón;
nosotros, mientras tanto,
sobre las dunas del fuego
buscaremos andrómedas,
e inventaré la historia tan parecida,
a nosotros,
que doblaremos juntos en pliegues
salvados del cansancio,
cuando sea tarde.
Duele
tu nombre en mi pelo
designo azar olvido
como réquiem de los
días
tintero de mi llanto
Desentender
olvido
se filtra en las paredes:
frágil conciencia
teñido resentimiento
Olvido que
desconozco
Cristo
que me sostiene
llama encendida
eco sordo de
nuestros nombres
fundidos luz
Duelo
olvido
mártir de la
historia
en mi puño apretado
de adioses
donde siempre
no sé con qué
demonios sobrevives
Ventana
entreabierta
imitando mis
piernas
guiándote
bordando tu cuerpo
en sensaciones
confundiendo el lamento
con la caricia
niña de vocación
melancólica
lastimada por la
metamorfosis
de tu Yo
del Tú Yo
fugaz
escondido del
remordimiento
embellecida por el trueque
de sorpresas bien
distribuidas
que llenan mis
manos vacías
contradictoria a
los caprichos
perturbada de ternura
finalmente vencida
en textos
Ser tu sede,
salir invicta,
interminable choque de cuerpos
advirtiendo un no regreso.
Trazo imperfecto de mis caderas
ahorcando tu cintura,
embestida que rebasa de bella,
brisa asomando por el último
balcón del cielo.
Mi boca abierta, convocándote,
dando permiso entrada,
sacando el mundo de la piel.
Tu cuerpo ya no pesa,
y el chelo, despacio borra
la puerta de nuestra historia.
Todo se inicia aquí,
nada vendrá,
no hay azoro, ni tregua,
sólo interminables besos y mordidas,
y un vientre violento culpándose
al conjuro arraigo,
a coraza sobria, enfadada de perdón,
hurgando extraviada
en lo que seguramente será el infierno.
I
Yo tenía una voz,
navegaba en mares no descubiertos,
era un misterio que renovaba a diario mis
angustias,
y hacía
pedirte todo lo que tú no tienes,
lo que nunca podrás darme.
Hoy, el infierno se abre frente a mí,
mi eternidad es un traje de piel,
oscuridad iluminada,
sollozos que se vuelven inútiles
ante tu sordera.
A
veces el cielo nos muestra
poco,
y las cosas vagan tan confusas
que mi retrato borroso de muerte,
no alcanza a espantar tus santos malos,
himnos, vómitos presentimientos
multiplicándome envejecida,
arrinconada en
este monasterio de ánimas,
olvido de Dios;
monólogo con ángeles hambrientos,
alados sirvientes que escriben la historia
del mundo en una piedra lisa,
caminan de puntas en el aire
y despiertan en mí dudas.
Veo el mundo ardiendo en mis ojos,
invento mi escritura argélica,
mensaje de profeta mártir;
trato de no perdonar culpas ajenas,
desenlazarme de tú, nosotros.
II
Yo
sufría mucho contigo, aunque no sabía.
Ángeles oscuros me exigen alejarte,
y en contra de su mandato,
con alas ensangrentadas, amarro tu sol,
para que no queme tu alma;
molestos, ellos
se huelen entre sí,
hacen polvo nuestra historia
Borrosas, firman sentencias,
invaden mi cordura alucinada,
alivianan la carga de tu voz entre mis dedos,
y tú, con espada sigilosa,
cortas en pedazos la tensa y estéril
esperanza.
Compadeciéndote, me pierdo;
en desamparo, a tientas,
empujo la última puerta con mi prosa,
córcel silvestre atravesándote.
¿Y Dios…?
Desdeñosa pinto de luto tu invasión;
construyo los muros en donde estrellar mi legado;
presente raído.
Tú, que sacudes mi estadía en piedra,
cortejas a la muerte,
y dejas incompleto el acto,
cómplice del que robó mis noches,
te das por vencido,
luchas contra la vida;
yo en cambio, desafiante, hago las paces,
la engaño con versos que supuran penas,
profecía, destierro, involuntario,
duelo, aparición,
que nadie reconoce.
Abro la puerta del remordimiento,
me escondo,
mil tentaciones arremolinan
la historia de este cuento.
Tú,
mi personaje preferido,
creado a semejanza del diablo,
consejero laberinto
llegas en un ejército de vanidades,
haces llaga,
eres continuación,
parte invisible
que refuerza debilidades,
eco fundido,
gloria que te hizo importante prosa:
cuenta historias de mala ortografía
que describió el infierno en versos.
Mitad
hombre, mitad nota,
medio verso que restriega estigma;
coro gélido que aborrece aliento
quita ganas de hablar,
abre vida,
desgarrada última esperanza
de creer que existes,
fría catalepsia,
que asfixia como capa de abandono;
odio acumulado a gajos,
ausencia rota en malicia,
pedazos de ti que cayeron de mi cuerpo,
dolor que nadie creyó:
mentira que fui dentro de ti mismo.
Ellos llegaron de mañana,
pelearon con mi piel
y la insolencia abrió su boca al viento;
nunca entendí sus intenciones,
pero mi mente quedo entumida
imaginando cómo serías.
Tu olor me guió,
quitándome razones.
Desde entonces camino por un túnel
rotulado de imágenes sin rostro
con la intuición de la esperanza.
Sin embargo, nunca dude de ti.
Ellos llegaron convencidos de estar en casa,
y la esquina del cuarto
se hizo más pequeña.
Mi cuerpo enorme lucha con toda su fuerza
por salvar las pestañas de cordura
que aún parpadean
hace barro de ellas,
pequeñas figuras
que salen al diario de la vida,
y hablan el idioma por todos conocido.
Cuando se descuidan regreso al inicio,
como nota repetida en silencio
Ignorada por las burlas.
I
Hoy mi piel despertó lisa;
reclamando un silencio que debió,
alguna vez, ser mi reposo;
desmoronada, espero,
y un frío ausente
acentúa tus expresiones,
te dibuja con fugacidad sigilosa
y fascinación.
En tu espacio un vacío languidece y
reta;
mi cuerpo se defiende,
traduce gestos,
mis manos bailan inquietas,
fabrican imágenes,
palpan humedad, muerte ajena,
cuando las sábanas que me cubren
buscan tus brazos,
su fuerza,
sabor que empieza a resecar mi boca,
ritual solitario
pecho inerte, montañas sin cielo,
vientre lumbre,
te repasa imaginario,
lengua
rosa textura,
retrato
enlutado.
II
Bajan los dedos por mi pierna,
fantasma perdido en tus colinas,
tormenta eléctrica
aplaudida por mis muslos,
ventana abierta
que advierte un cielo gélido
embestida ojo de ombligo,
único presente,
severidad ausencia,
posesión sombría,
sonrisa lastimosa ansia.
Un
sonido llega lejanía,
confundiendo alma,
distrayendo cuerpo,
caja vacía
convertida en lúgubre espacio
de apariciones,
que desfilan por mi piel
en una procesión sin santo que la
guíe.
Tu rastro deja un olor parecido a las
acacias,
me llena de voces,
seres orgullosos
riéndose de la realidad,
intentando hacer un trato,
alejarme de tu magia,
desbaratar el milagro,
pinceladas tuyas
que salen montón de letras.
III
Rechazo la imposición
el mensaje en los callejones de mi cuerpo
que siguen llenos de ti,
preocupados de una irrealidad
que se vuelve cada vez más complicada,
cuerpo al que no le importa el texto,
y afuera ignora la escena del dolor,
y no entiende las voces que persiguen.
Y así, tibiamente, con furia,
vuelvo a sentir el choque que estremece,
tu cuerpo y el mío
volviéndose batalla imaginaria...
Preparado por Alberto Martínez-Márquez.