POETA INVITADO

         

 

MANUEL FIGUEROA MELÉNDEZ

 

Manatí, Puerto Rico, 1958.  Poeta, ensayista y profesor universitario.  Co-fundador y co-director de la revista Tertulia y director de la revista Códice.  Fundador y presidente de la Fundación para las Artes y la Cultura de Manatí (ARTCUMA).  Presidente de los Juegos Florales de la Atenas de Puerto Rico (Manatí).  Ha publicado ensayos y textos de creación en revistas y periódicos nacionales y del exterior. Sus poemarios publicados son: Mi pequeño Augusto (1984), Caminantes por el caducéo del tiempo (1988), Contigo he abierto el paraíso (1990), Sobre una acrópolis hispánica (1998), …en las Islas Vírgenes (2000) y Atardecer en el Atlántico (2004).  Entre sus libros de investigación se encuentran: Ciudad de Oro (1986), El amor en Occidente y en las letras españolas: Desde Homero hasta el Romanticismo (1998) y Figuras de la Atenas de Puerto Rico (1999). 

 

 

estaba escuchando caer

metamorfosis de un sueño

entre las lluvias de abril

y relámpagos de otoño

 

aquella mañana

aquella plaza

 

prolongación

de estatuas de bronce

 

 

         

 

 

el día después

no había palabras

ni miradas en la arena

 

el día después

andaba sin terminar

por las marohas la esfera

cuando apresuraba el crepúsculo

por el pasillo

y las celosías de las penas

 

las palomas llegaron esa tarde

como las otras

picando por las macetas

de azules y copas

 

el día después

no había más que una cosa rota

 

 

         

 

 

yo no sabía

que el múcaro expande la pupila

a las doce

real o imaginario

 

cuando el carrusel da la vuelta

nosotros tenemos que empezar

lo que se nos quedó atrás

lo que tal vez jamás se nos será

 

 

 

         

 

Silencio

es

parte

de

la

soledad

en

superficie

plana

 

 

 

         

 

tus calles

me parecen hoy

una hoguera que adormece

los párpados de Edipo

 

 

 

 

 

el infinito empieza

en el momento que pienso

y me suspendo en fragmentos

multiplicando sin conjugar

el modo que determina el tiempo

 

 

 

 

 

después de conocer

el idioma de los dioses

qué hago con la palabra

qué hago con la melodía

qué hago con esta canción

que te he escrito

con la tinta transparente

de la madrugada

 

después de saber

que la luz se polifurca

en partículas diminutas

y que la vida es mucho más

que amar y perdonar

qué hago con la pena

qué hago con las horas muertas

mirándote en el espejo de la distancia

 

después de haber vivido

un instante de fragmento

en la flor enamorada

de la otra cara de la luna

en la orquesta de las voces querubínicas

qué hago con el dolor

de sentir la ausencia

del atardecer que se escapa

 

 

         

 

 

en estas paredes

se abre un universo

de voluptuosidades

que me amarran a la vida

 

 

         

 

 

la diferencia no es por las líneas

que se dibujan en el rostro

ni por las ramas secas

que se bifurcan en los ojos

ni por la nieve temprana

que se asoma en las esquinas

 

es por la palabra articulada

por la sonoridad que alumbra

las espinas de la mirada

la diferencia no es por la distancia

de fechas inconclusas

es por los kilómetros recorridos

por los árboles y las fuentes

de los locus amoenus en la sangre revivida

 

 

 

 

 

esta línea es el eco del silencio
que traduce los misterios de la lluvia
en la piedra que corta
los cristales de la memoria

esta línea es el filo de la navaja
en medio de la esfera encarnada
que dibuja la muerte
en la penumbra de la ventana

es la línea que traza mi sombra
en la corona de luna de cristal azogada
que divide mi cuerpo
como ojiva de espejo
en el abismo de la alabarda

 

 

         

 

 

anoche

mientras repasaba los apuntes del diario

me sorprendió la vida colgada en la distancia

las imágenes eran tan claras

metafóricamente inmaculadas

postrado boca arriba

con los párpados cerrados

con la pupila cuatro siglos dilatada

 

 

         

 

 

he visto la luz

en los huecos polvorientos

de la calle

en la palabra no pronunciada

de los labios

secos por la lluvia

en la mirada apagada

de unos ojos de mar

en el umbral del misterio

en la melodía y el vuelo

de las mariposas

que se van

 

 

         

 

 

soy

la

hoguera

que

se

extiende

como

la

ola

que

te

busca

en

el

barco

de

Aqueronte

 

 

 

 

 

los ancianos del viejo boulevard

recuerdan las lloviznas del dolor

asombrados como alondras

escondidas en los dinteles

del más alto balcón

 

ven más allá de la torre arqueada

donde se celebra la muerte del reloj

una tras otra noche

sin el viento que sople

la otoñal estación

 

los ancianos como …yo

vemos la otra cara

                                     del signo inmóvil

de la resurección

 

 

 

 

 

me voy

mira que me he quedado mucho tiempo

y la noche arropa la avenida

silenciando las voces del mediodía

despertando el canto de las golondrinas

 

me voy

ya es tiempo de salir a la calle

de respirar el salitre

de besar las azucenas

en este instante

que me hago hombre

que soy semilla

que soy el ser inmortalizado

en las aguas de la fuente

de la magia después de la vida

 

me voy de viaje

sin equipaje

con los recuerdos

con todos

contigo

para siempre

 

 

                   Preparado por Alberto Martínez-Márquez

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