
JV
FOIX
Joseph Vicenç Foix nace en Sarriá,
Barcelona, en 1893, y fallece en 1987.
Colaboró con las revistas catalanas Cònsola, Terramar y Quaderns de poesía,
entre otras. Organizó exposiciones para
los pintores surrealistas Salvador Dalí y Joan Miró. De 1922 a 1936 fungió como redactor y
director literario de La publicitat, en la que
publicaba una columna bajo el seudónimo de Focius. En 1928 publica el volumen de prosas poéticas
Gertrudis. Sus poemarios son: Krtu (1932), Sol y dol (Solo y
dolido, 1947), Les Irreals Omegues
(Las Irreales Omegas, 1948), Oh, he deixat les claus (Dónde dejé las
llaves, 1953), Onze nadals
y un cap d’any (Once
navidades y un año nuevo, 1960), Desa Aquests llibres al calaix de baix (Guarda estos
libros en el cajón de abajo, 1964) y Antología de JV Foix
(Edición bilingüe, 1969, 1975). También
tiene a su haber los volúmenes de prosa poética: Del diari
1918 (Del diario 1918, 1956), La estrella d’en Perris (La estrella de Perris,
1963), Darrer comunicat (Último comunicado,
1969) y Tocant a mà (Al
alcance de la mano, 1972). De su obra
ensayística, se destacan: Catalans de 1918 (1965), Allò que no diu La Vanguardia (Lo
que no dijo La Vanguardia, 1970) y Croniques de l’ultrason (Crónicas del ultrasueño,
1985). Entre los muchos galardones que
recibiera, cabe mencionar: el Premio Nacional de Literatura Catalana en 1966 y
el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1985. Los poemas que aparecen aquí provienen fueron
traducidos por Enrique Badosa.
PISTAS DESIERTAS, AVENIDAS MUERTAS….
Pistas desiertas, avenidas muertas,
sombras sin sombra en las calas y las playas,
colinas de ceniza en los virajes locos,
trofeos del amor en puertas y ventanas.
¿A qué lugar, oh mi locura,
llevas
mi cuerpo que no teme tempestades,
y al que no maravillan los móviles parajes
ni tampoco el espectro de extinguidas ciudades?
No conozco recinto, en esta tierra oscura,
que acuerde el gesto y el diverso paso
a quien, en soledad, halla la vida hermosa.
¿No ha de haber cárcel ni cuartel tan duros,
no ha de haber galeón en la mar más adversa,
que me hagan más esclavo y se más libre?
SOLO, Y DOLIENTE, Y CON TÚNICA VIEJA…
Solo, y doliente, y con túnica vieja,
a menudo me veo en negras soledades,
en orados ignorados y montes de pizarra
y profundos abismos, que, astutos, me detienen.
Y digo: ¿Dónde estoy? ¿Por
qué tierra de antaño
—y por cuál cielo muerto— o praderíos mudos,
alocado te pierdes? ¿Hacia qué maravilla
de astro ignorado voy con mis pasos vencidos?
Solo, yo soy eterno.
Ante mí, los paisajes
de mil años atrás.
No parece extraño
lo extraño: pues en ello me siento haber nacido.
Y en desierto sin agua o en un pico sin nieve,
vuelvo a hallar el paraje que conozco. Y la trampa
de Dios para ganarme.
O el engaño del diablo.
NO CREO PERECER, PUES IGNORO LA MUERTE…
No creo perecer, pues ignoro la muerte,
pero de los que mueren codicio lejanías;
del gozo de la carne conozco bien los límites;
las auras y las fuentes ruegan amor, lo cantan…
Cuando por el asfalto acelero el motor,
—y pienso en ti—, así por los
espacios, raudo,
—pienso en la mar—, me evado muy indolentemente
sin hangar ni compás, sin laurel y sin palma.
Lo inseguro me alberga, y cuando voy corriendo
por cima nebulosa o por valle profundo,
acara y cruz conjuro la suerte y el azar.
Prisionero del tiempo, me conforta el instante,
yo vivo de la Muerte y me exalta la Muerte,
eterno ante el mar o en invernal borrasca.
LA MENTE ME ABRE EL MUNDO
ANTE LOS OJOS ÁVIDOS…
La mente me abre el mundo ante los ojos ávidos,
y ella me hace inmortal, puesto que yo la ordeno
y más acá o más allá del mal,
el tiempo es uno y por mi orden dura.
Por lo cual hombre soy. Y alejo todo pasto
a mi languidecer.
Lo Irreal, en la Mente,
no es tiniebla ni sueño, tampoco lo Ideal,
ni la codicia loca de una dicha futura:
es tan sólo el presente, la hora y el lugar,
el dulce arder en mi fuego más propio,
hecho de mi querer sin queja y sin usura.
De lo hermoso concreto hago mi jueguito cálido
a todo instante, y me muevo en los siglos
lento como la roca ante la mar oscura.
AL PIE DE LA MURALLA CICLÓPEA, EL HOMBRE DEL MONOAZUL,
QUE ES MÁS ALTO QUE TODOS LOS DEMÁS, ENCERABA CORREAS Y AJUSTABAPOLEAS. DE VEZ EN CUANDO, DESDE LAS PROFUNDIDADES DE
UNA EXTRAÑA VISERA, ME MIRABA, HURAÑO. YO ME HACÍA EL DISTRAÍDO MIENTRAS
CONTEMPLABA EL MAR, CON UN LIBRO VIEJO EN LA MANO
En fábulas y sueños conozco a quien esparce
junto a la mar abierta, por entre antiguas rocas,
falsos astros, marchitos, cubiertos con impresos.
Hacha en mano, seguíle entre
aviones bipétalos
cuando él, a escondidas, unge los engranajes
en hangares elípticos y en garitas sagradas.
Le vi, real, en cueva
marinera
como si se vistiese con andrajos de musgo,
en el atardecer —cuando las sombras
se inclinan por torrentes y espían nacimientos—
o en la cerca tapiada
—cuando las horas anclan en los puertos mentales—
ruidoso, rodeado de herramientas,
midiendo los abismos de estrellas y sus frondas.
Es el menhir de la aurora selvática,
rumoroso de flores de agua y de luz fragante,
músculo adolescente, sangriento y cenital,
el ave de la tarde, desterrada
entre romeras y mortales hélices
y débiles motores, en la playa cautiva.
Andrógino nocturno, generoso
de simientes que ofrecen sombra a las soledades
de prados primitivos, y presente
en donde deseamos cuerpos, llama
perenne en la aspillera de las calmas,
cierzo fuerte y cantor de azules selváticos,
forma ancestral en nocturno de calas,
y claridad de fresno
en los desfiladeros de los sueños.
El Eterno Inconcreto que vaga por las dunas:
—Luz, en tu faz
cuando al callar me miras—
o agujerea peñas con pinchos impalpables:
—Abre infinitas
vistas sobre el mar encalmado,
cuando salen del puerto
las barcas a la luz
y modulan sus cantos
voces profundas y húmedas—,
Invoca dioses nuevos en las playas abstractas:
—Exaltado tu
nombre por gayas tramontanas
en cuanto grana el
gozo, desfalleces y ruegas.
Quema inmortal despojo en barrancos marítimos:
—Floreciente tu
cuerpo con hoja y flor ignotas.
Empolla oscuras bestias en boscaje inminentes:
—Cuando es la
Única Sombra la sombra de los dos.
A GALOPE TENDIDO VAGABA POR LOS ALREDEDORES DE LA
MURALLA, CON UN SÉQUITO DE CARBONEROS SUPERSTICIOSOS
Dadme una linterna: —¿Dónde
está el caballo?
Dadme carbones duros y yesos luminosos,
dadme muros nocturnos en ciudades lunares.
Soy el loco, recluso, con vestimenta de uñas
y en mis ojos un borbotón de peces
en cuerpo vegetal.
Veo ante mí un enjambre
de invisibles creyentes fragorosos,
cuando el día oscurece; romeros conjurados
en rescoldos de estigmas del crepúsculo,
en calas reveladas bajo terciopelos
de cuerpos incorruptos;
flageladores tristes en confluente de sueños
tapiados por las hiedras del cilicio;
pastores levantados en un redil de estrellas
presa del torbellino de las alas,
y ateridos porque tan sólo alcanzan
el saber en vocabulario de aguas;
botánicos desviados en la brisa
de las sombras, heridos por el grito
de la brisa nocturna, herborizando
con ruido de concilio;
prelados que padecen, en fuentes sulfurosas,
que pintan de colores las sitiadas guineas,
con selvas de maromas y mareas antiguas
y el llanto de lo oscuro en lo hondo de las criptas;
y secretos marchantes de obscenas gabardinas
con amantes floridas
en el juncal de las atarazanas
de un puerto sedicioso
provisto de semáforos sectarios
Soy Sumo Sacerdote de todas estas cosas.
Por hoyos de murallas, no buscamos en vano
la huella digital de inexplicables dioses.
EL DIFÍCIL ENCUENTRO
Tú eres y no eres, yo vivo de mi engaño,
soy y no soy y palpo inútil borra,
contemplo el florecer del retoño imposible
y tu nombre sobre la vasta arena.
Por
congostos perdidos y profundas garitas,
busco el faro de los absurdos lindes.
Como un gigante en tierras olvidadas,
pido luchar, conjuro a un contrincante,
y añoro, en fuentes muertas, las hadas y los pájaros,
o en las obras humanas mi encanto me fascina.
En un
valle venturoso, entre fósil y nácares,
me multiplico en simulacros dóciles.
¿Quién, de los dos, es carnal? ¿Quién aviva
al otro y él no es?
¿Dónde, el Presente Eterno?
¡Oh llamas encendidas por
toda la ribera!
¡Dulce incendio en la mente, en el espíritu!
En el
rumor nocturno, por las playas,
la nada adoro en múltiples imágenes.
LA FEDERACIÓN DE ESPELEÓLOGOS
muy trabajada por las lecciones que leen sus aficionados,
excluye a tres fuera de serie de uno de sus equipos. Parece ser que les acusan de haber hecho
público el descubrimiento de una cueva pirenaica, de un paisaje antiguo no
fosilizado con árboles de apariencia primitiva, cargados de flores y frutas
nuevas, y del de una patética dama, cautiva de sí misma, que llena de nieblas
cimas y caminos cuando marzo se arremolina.
Los imputados aseguran haber visto cómo la citada cautiva abandonaba,
ahuyentándolo, un enjambre de tiernas chiquillas inéditas, en la clara y
redonda intemperie lunar.
UN ANÓMALO GAVILÁN DE CUATRO ALAS DESCIENDE MAJESTUOSO
DE LOS PICO DE BUSA,
se extravía allende los caminos, por el despeñadero de
los sonidos represivos y de las formas extraviadas, y se pierde por un bosque
de rascacielos con mortíferos tentáculos.
Es miserablemente abatido, por una cuadrilla de mitólogos, junto a sus
cuarteles. Sobre cristales del
desfiladero urbano ha aparecido, pintada de blanco, una cruz con lígulas de
dalia de todos los colores.
EL PÁLIDO ANÓNIMO
Fuimos por el lado de las moreras—donde un dolmen
macizo fija el sendero de los astros—me dijeron que allí era. Yo miraba en torno, todo me resultaba nuevo y
antiguo a la ve, y percibí el silencio; pegaba la oreja en el tronco de un
roble, y veía el océano surcado por mil navíos con fuegos en el palo mayor;
tocaba una piedra enfangadora, y olía huertos de luz
con aguas viajeras; olía un pedazo de cristal verde-botella, y gustaba la miel
del arna de la Vall.
¿A dónde me condujiste, peregrino sin bordón ni estrella? ¿A Delfos, al
Sepulcro o a la Meca? ¿Dónde, las
beguinas con ojos desarraigados, las monjas con orejas tapiadas, las damas
tocadas y agostadas por el aliento de un espectro, las doncellas que se olvidan
las rosas en casa, las mujeres de burdel sin besos salobres? ¿Dónde estás, pálido anónimo sin vino ni
venera? Dime: ¿adónde me trajiste? —Allá donde los miedos se despeñan y el agua
viene de los astros. A todos los
vientos, en donde las rocas espumean y el débil pierde el miedo, y camina con
pie firme, sin armas ni consignas, sin casco ni bandera, liberto en un
oscurecer de cráteres.
Página preparada por Alberto
Martínez-Márquez