
Juan Carlos Quintero
Herencia nace en Santurce,
Puerto Rico, en 1963. Poeta, crítico, ensayista y profesor de literatura
hispanoamericana. Miembro fundador y coeditor de la
revista Filo de juego. En 1996 publicó su
poemario La caja negra (Editorial Isla Negra, San
Juan, Puerto Rico). En 2002 la Editorial
del Instituto de Cultura Puertorriqueña, San Juan, Puerto Rico publicó dos de
sus poemarios en un volumen: El hilo para el marisco/Cuaderno de los envíos. Fue miembro del colectivo Nómada (Río Piedras, Puerto Rico). Su poesía también figura
en El límite volcado: Antología de la Generación de
Poetas de los Ochenta (2000).
Como profesor ha enseñado en las Universidades de Puerto Rico, Río
Piedras; Brown, Providence
y Maryland, College Park. La Editorial argentina Beatriz Viterbo
publicó en 2002 su estudio Fulguración del espacio:
Letras e imaginario institucional de la Revolución cubana. La casa
publicadora puertorriqueña Ediciones Vértigo publicará próximamente su libro La máquina de la salsa. Los textos que siguen pertenecen a
los poemarios inéditos El cuerpo del milagro
y Libro del sigiloso.
Entra
la noche
Este ha sido el tiempo de
las ráfagas,
de sirenas
mirando los cuerpos del mar,
el tiempo
de las tarjetas en el mercado ante la cajera esperando
por una
señal del más allá
que
apruebe la transacción y no quedemos en ridículo
entre esta
fila de ciudadanos,
este ha
sido el tiempo de autos parlantes y
el tiempo
de tus letras mi amor acariciando
la casa
cuando lo desocupa la cotidianidad y el respiro,
este ha
sido el tiempo del sinregreso feliz a la tierra de Oyá-Jecua jey—.
Este ha sido el tiempo de las
comunicaciones transportadas a través de los cuerpos,
tiempo ha
sido de los cuerpos de miles de bocas ojos oídos y orejas
vibrantes como
una antena en nuestras cinturas adobadas activadas,
un tiempo
fugaz y tremebundo este ha sido
donde todos
los pensamientos cuajan su azor en nuestra sala,
¿cuántas
estaciones, frecuencias y conversaciones recorrerán nuestra cama cada día?
Este ha sido el tiempo de
las alarmas,
alarmas
electrónicas digitalizadas por la crisis
orquestadas por el
azar en la noche titilantes
pulsando
advertencias e imprudencias
decretando el
insomnio
aterrorizadas por
las lluvias de mayo o el viento de diciembre.
Este ha sido el tiempo de
hombres sosteniendo el vacío en las esquinas
pero sus
cojones también y las adherencias de botellas y latas de cerveza y
un silbillo
que atrae la muerte como la miel a las hormigas,
tiempo ha
sido de las cadenas de oro
y de las
sirenas enfebrecidas alrededor del cuerpo muerto
fuera del
agua.
Este tiempo ha sido la
convivencia con una hija altísima de Yemayá
que al
salir de compras
de shopping va a la tormenta,
inserta su
código secreto en el confesionario Amigo y
encuentra el
agua del fuego
el cuerno
de la abundancia
que vierte
sobre mí cuando zarpamos de noche,
tiempo ha
sido éste de una nevera vacía oronda de posibilidades carente de sospechas y
nuestras
sonrisas ante las ofertas del free delivery,
este ha
sido el tiempo de las sirenas mirando el cuerpo del mar.
Este tiempo ha dejado de
ser una fecha,
una
cuadrícula fundida al instante en donde lo visible pierde su limpidez,
su
invisibilidad cual soplido de un Buda
entra por
mis oídos y secreta un poro una lengua,
este tiempo
ha dejado de estar sobre los objetos
cuando la luz
ha mostrado el cuerpo de su combustión,
la saliva
que la detonara en el principio
mientras Obbatalá iluminaba las galaxias con su aché
y
Elegguá
juguetón y mañoso lo enredara todo con su garabato.
Este tiempo cambia de mónada cuando el VCR inicia un desliz en la hidroeléctrica
y
Oggún
certero se acaricia el vientre,
este tiempo
deglute los sueños de todos y
en mi
casa la tele los devuelve sedosos como el manto de un iluminado,
este ha
sido el tiempo de la continuación de la lava y el manantial
las
avenidas, la ceiba, los edificios y tus ojos untados
a mi espalda.
Inmueble
La proximidad entre el
cemento y la carne,
la
humedad agria de las almohadas de mi madre,
me
devuelven a un tiempo que ya no ocupa ningún lugar.
Tiempo sumergido,
repetido tal vez ahora
en el
cuarto de un niño condenado al sopor de las paredes de un domingo.
Hoy paso
la vista por los objetos que aloja la casa,
reconozco
adornos y piezas que formaron parte de algún conjunto,
muebles e
indumentarias del hogar ya perdidos, rotos.
Lo que fuera mi casa ya
no lo es sino la que iluminaba las mañanas de julio frente al mar.
Esta, repleta de reyes
magos y nacimientos
parece la
tienda de un beduino por departamentos
abrazando con la
vejez la vida sedentaria que le negaran sus miradas al desierto,
ocasionalmente algún
detalle amenaza con convocarme a su reproducción,
la cifra
de un viaje conocido: ¿por qué no surge ahora la palabra “Kalahari”?
Reconozco sólo el rugido
del silencio,
la
ansiedad submarina de las horas y
la luz
enemiga de este litoral.
Retrato
del autor adobando codornices
Hasta las muñecas como
guantes el aceite
endiablado ya con
su ajo
reparte
pedazos de orégano, sales y pequeños vinos,
la receta
había sido el sedimento de un mortero
que ahora
reposa en el fregadero ciego,
inútil anotar
para el futuro los detalles y el procedimiento,
aturdido en su
detención el autor
desvela el ave
esparce sus patas y
le confía
al arroz su gandul,
sereno
mientras penetra una resurrección posible
donde
naufragaran las entrañas de la codorniz,
el vacío
de una muerte sostenido allí instala,
bulto
granulado que quisiera nueva vida regalada
máquina blanda
expansiva.
El ojo descubre en las
manos al nuevo embalsamador
que no
diseca membranas o las abrillanta,
su
pirámide se refugia entre los pliegues,
el autor
abre pieles para sustituirlas con las de esta resina
que quisiera
detener la presa en su transformación,
el adobo
o la derretida botella que supura la posibilidad
de
reconstituir un piélago para la evaporación de lo orgánico.
Entre los labios, sobre
la lengua, se detiene el sabor crudo y
avispa los
nervios que se tornan hacia la alacena
en
búsqueda de las carencias que son las especies,
caen los
frascos, los envases y la muselina,
es
inevitable la ansiedad de su lujuria que convida al reloj,
una
cuchara tachona los inocentes decapitados,
el fuego
es un fantasma
que
escribe su misión en la condensación de las ventanas.
La cocina parece
desocuparse mientras la bombilla no pestañea.
Morcillas,
granos, ajíes o idolillos
La dentadura de Oggún liquida la explosión y
la mirada
del marfil,
el
elefante eleto en el festín familiar,
ten con
ten de la jauría que en la avenida desangrara a la bestia,
palangana
avellanada es,
de habas
saturada y gandules la han traído,
mientras la
muerte en la forma de los idolillos
serpentina sus
extremidades.
El vientre excavado mostraba
un colibrí hirviente,
las
entrañas cedían su hedor y sus mierdas oscurecían,
naranjitos en los
dedos del músico otro aroma.
La sangre entonces
coagulada ya era resina,
vulnerada en su
capilla
capsulada menta denigrada,
¡arremete
la vasija!
la vida
cocida una victoria remeda,
la jauría
enciende lámparas, máquinas y orquestales,
la fiesta
es el cuerpo en el viento de la palma real o
bajo las
luces de la cocina un tembleque es un aljibe,
el
banquete es el acuario donde bestia se asa,
sancocho hoy
posible larva después de la siesta,
don de
meros capitanes colirrubias mascotas del parguito,
doncellas
ahogadas parecen las cocolías.
Derrumbadas las ruinas
submarinas
entre los
aposentos de la fortaleza extienden su labia los invitados,
la jauría
cedía el primer bocado a los guerreros.
El pueblo celebra.
La familia carcomida.
Visión
en la guagua, casi
Los días habrán de
sucederse en el paralelo de su obviedad,
los
ruidos, las turbas, los sudores,
las
banderas que parecieron importantes abrirán su ventorillo,
desplegarán en los
museos a los convencidos.
Quien saludara al
patriota,
celebrara
siempre su anacronía,
quien
olvidara emocionado su eventual imagen de administrador,
quien
cobijara en silencio sus amuletos ante el poderoso,
mañana será
buñuelo de arena y larvas,
orín en el
remolino de la nada.
Quedará apenas el
desprendimiento y la sucesión,
el islote
o la corrosión como una raspadura,
la
realeza de la labia en sus flujos,
mantaraya que aletea sobre la
orilla esplendorosa.
El islote seguirá ahí
como la cáscara de una llaga
aprendiendo del
paisaje su ñéñéñé,
quedará lo que
el ruido deshace, tal vez.
Cambio
de hora
He vuelto a la zona donde
el invierno fija su reloj
sobre la
misma luz de las cinco de la tarde y
un pez bajo
el sol no centellea,
aquí evita
las pendulaciones o el bochinche,
ahora me
cobijo entre los ojos de mis hijos y
el cuerpo
de mi esposa,
saturados de
enjambres en comidas hacia la posibilidad de lo que no avizoro
vivimos como
suspendidos sobre tiernos zocos de maderas viejas,
la
programación diaria ensarta nuestras miradas
las risas
los cambios de ropa
el gozo
allí pareciera un evento,
confiamos en la
efectividad de los enseres
entre
aromáticas tazas de café ciegas por su secreto,
triunfantes
encaminados hacia la nada,
como los
grandes adjetivos se suceden los rostros del vecindario.
Frente a los ventanales
no se anuncian las lluvias ni sus inundaciones.
Invierno
entonces
Esta tarde pequeña de
luces
retirada ya a
su desaparición,
la
insipidez la distingue,
me recibe
con su brisa
oscurecida en los
termómetros
descuidada en el
calendario.
Sin embargo premonitoria
ha sabido
ponerme en ascuas,
carbones sobre
trineos
trineos sobre
follajes
danzantes sobre
escarchas
que son
hojas que son ladrillos.
Una chimenea que ha
sabido esperarme
al doblar
del día insinuada insistía,
mi hijo,
mi hija y la mujer con la que soy otro sonríen y
me
recuerdan que sólo es el viento de las estaciones.
Amarras que son lianas
ojos sobre
guindas y garabatos por doquier
mi azoro
ante la soledad concurrida y
ellos que
vuelven a sonreír si toco con mis dedos la ventana.
Visión
en Maryland
Agobiado por el ruido de
mis preguntas,
la
tempera de las deudas recogidas en el buzón,
sueño con eñangotarme frente a una empalizada,
el sol en
mi espalda baja pudiera, tal vez, sostenerme,
apenas el
tejido de su calor me tendría,
canto
entonces con cascabeles y maraquillas
ante mis
dioses que esperan mis palabras,
la brisa
se recoge sobre mi cabeza y
el vecindario
que nada sabe, a veces,
me
saluda.
Verano
En el verano devengo
ovillo de letras,
Bronceador en el
escaparate protector solar,
De ahí la mano sobre la
nalga,
Tanteo los botones de la
memoria de mi teléfono,
La brisa sobre la cama se
comprende,
Escucho los truenos sobre
la ciudad y
La caja de vientos emerge
cuando el vecino cierra su auto.
En el verano proliferan
las siestas habitadas,
La televisión prolonga su
anillo —la muy sucia—
Aumenta la deuda de la
luz,
Voy más seguido al cine y
visito a mi madre,
Planeo viajes con mi
padre a desenterrar cepas en el campo,
En el verano la música
lubrica el óxido.
Voy
a las grandes ciudades
Voy a las grandes
ciudades a tatuarme,
a comer
sabroso,
a saber
de olores que desencuentren mis apetencias,
voy a
exponerme a otro sol,
a saber
de mi caducidad,
a
desalar mi pequeño lugar al lado de las algas,
en las
ciudades imagino dragones negros y verdes
que
aletean frente a mi,
reconozco sus
colas incitantes tras los autos bajo la lluvia
en el
tránsito –ancha sabana– jaguar canoso que me provoca.
Voy a las grandes
ciudades a recordar lo que fuera trasladarme,
a
caminar por las calles y visitar los lugares que el mapa señalara,
a
reencontrarme con amigos,
voy hacia
ellas para hablar de otros asuntos,
a saciar
la envidia que me causan todas esas fotos
con gentes
que no me vieron angustiarme ante su muerte,
voy a las
grandes ciudades a fotografiarme con la belleza que no existe.
Voy a las grandes
ciudades a saber quién es mi amigo,
a
visitar los establecimientos obscenos,
a
colocarme más allá de la salvación.
Página
preparada por Alberto Martínez-Márquez