POETA INVITADO

 

 

Juan Ruiz de Torres nació en Madrid, España, en 1931.  Durante veinte años vivió en varios países (Grecia, Colombia, Estados Unidos, Chile y República Dominicana).  Fundó y dirigió varios grupos de teatro y grupos literarios, entre éstos últimos tres ateneos, la Academia Iberoamericana de Poesía y la Asociación Prometeo de Poesía.  Ha publicado sobre una veintena de poemarios, entre los cuales se destacan: La suma imposible (1969), Tiempo prestado (1973), Un camino al futuro (1975), Poesía para sobrevivir (1980), Crisantemos (1982), Dekatrisfilia (1983), Las trece puertas del silencio (1984, 1985), Viaje a la mañana (1987), Trece por cinco (1988), ¿Ti estí? Homenaje a la filosofía (1992), Sic transit (1992), El jardín de las horas (1994), El hombre de Ur (1995), Presencia (1998), Casa del tiempo (1998, 1999), Herencia (1999), Sonetos de amor (2002) y Décadas (2002).  En 2003 se publicó Reflejos, una antología consultada y comentada de su obra (1952-2002).  Juan Ruiz de Torres tiene a su haber el Inventario de la poesía en Español 1951-2000, base de datos con más de 4000 oetas de América y España.  Sus poemas han sido traducidos a una docena de lenguas. 

 

 

 

 

CUIDA DE MI RECUERDO

 

Cuida de mi recuerdo, niña mía.
Contigo lo he dejado;

cuando partí me vine de vacío.

 

Cuídalo, y no me llames

si lo pierdes, o acaso palidece

por negligencia tuya;

yo no podré enviarte otro de nuevo.

 

Que todo te entregué

cuando fuimos insomnio.

 

Sólo tengo el dolor de la partida

y un cansancio infinito.

                                Sólo escucho

el terrible silencio del futuro.

 

 

                A

 

 

EN EL RINCÓN

 

En el rincón, hay algo que se mueve.

Es como un animal oscuro

o como doble sombra de un murciélago.

 

Y él

está intranquilo,

molesto.

No tendría por qué moverse,

no hay derecho, se dice.

Sus rincones, sus cosas

están en un perfecto orden.

 

Busca su libro; no es el mismo,

el que estaba leyendo.

 

De pronto,

empieza a descubrir en torno suyo

inconsistencias, cosas

que no debieran ser,

amigos que le llaman pero que no recuerda,

muebles, objetos que él nunca compró.

 

Lleno de alarma, llama a su mujer.

Y no la reconoce.

Se mira en el espejo,

pero un extraño le contempla.

 

Corre hacia la ventana

y se lanza al vacío.

 

 

                A

 

 

DESNUDO

 

¿Qué es la piel

sino el límite

tembloroso y final del universo?

¡Y qué fascinación

contemplarnos desnudos,

más allá del amor y de la plata!

Azularnos, buscando

esa fiel transparencia, y ese virgen

comienzo de los otros…

 

 

                A

 

 

SUBASTA

 

Cuando yo muera,

cuando tu risa pierda de repente

y de repente falte tu ternura.

 

Cuando yo muera, digo,

subastarán mis libros, mis papeles.

Y verán los impuros

mi palabra, para ti escondida.

 

No dejes que la compren,

la enmarquen y la ensucien.

 

Yo no pondré mi alcancía

cada noche las tasas de la holgura;

por favor, puja tú,

rescata mi palabra

y quema lo incumplido.

 

 

                A

 

 

UR-12

 

Dormir, soñar seguro.

Y en el sueño, llegar

más allá de los límites que la naturaleza

impone al miserable

cuerpo que me circunda.

 

Dormir, sentir que renacemos

a una vida distinta vaporosa,

tocados de la gracia.

Nuevos seres y fuerzas,

ventanas y lugares,

esperan cada noche en la otra orilla.

 

Dormir, y en ese viaje

hacia pasados días,

recuperar alientos extraviados

en un pliegue del tiempo,

reencontrar los sabores y los músculos,

los amigos, la miel y la sorpresa.

 

Dormir, y estar en Ur de nuevo,

cerveza muy caliente entre las manos,

Sarái niña y traviesa,

mi padre junto a mí.

O en estos mundos, jóvenes y extraños,

ajenos a la Tierra,

que me visitan y visito.

 

Dormir, ser al fin dueños,

únicos y magníficos, de escondidas verdades

con nadie compartidas, deudoras de ninguno.

Los sueños no se venden ni se prestan;

son más nuestros, más íntimos

que la piel y la sangre,

que las terrenas posesiones.

 

Es un bien tan preciosos

el del sueño, nos hace tan cercanos

a esa magia perdida en el Edén,

que creo que ni sabes

que nos lo diste, Dios.

 

Es tu mayor regalo

y dice cómo eres poderoso:

en un punto de distracción sublime,

dejar que te robásemos el más alto secreto.

 

 

                A

 

 

PUERTA DEL TIEMPO

 

Últimamente siento

que, al terminar los años, el tiempo desafina,

cada vez más discordes las voces de los hombres,

más corotos sus abrazos.

Y esta algarabía que no cesa,

¿qué hacemos, frente a frente,

esperando las doce y otro año,

mientras dice

la Rambla de las Flores su réquiem inconsciente?

 

Ah, mi amiga, tan leve-

mente amando la luz en cada esquina,

el vuelo de los sauces.

Cómo dueles, si sé que casi ha muerto

el planeta interior donde acogerse

y que el sueño ha llegado a su horizonte.

Si sólo puedo ver cómo se hunde

la joven esperanza hacia un nadir terrible

y acunar en el cuenco de tus ojos

las últimas esquirlas de las horas,

queriendo que repitas

el milagro del pan y de los peces.

 

Ah, mi amiga, obstinada

en rellenar el hueco de la vida

de miel y pan de avena,

¿para qué, en esta noche,

persigue tu osadía

oscuras mariposas y pájaros de esmalte

con tus hombros que abrazan encajes amarillos?

 

Anoche diciembre.

                          De nuevo –ni una pausa—,

una pésima orquesta

iniciará otro año.

 

Y apenas quedas tú,

empeñada en un solo

entusiasta y patético.

 

 

                A

 

 

LA CÁSCARA

 

Cierra los ojos, reclina la cabeza.

 

No quiere ver.  Ni aún quiere saber que  ‘puede’ ver. Afuera la lluvia golpea el cristal. Siente el ruido de las gotas, se tapa los oídos, aprieta los dientes.

 

Tiene frío, sed, hambre, pero le hastía moverse, buscar abrigo, beber un sorbo de agua. Los deseos le estorban, se entierra en su silencio, se pliega en sí mismo.

 

A veces cuando le vienen retazos de recuerdo, se anima un tanto, piensa fugazmente en aquel mundo, hasta que el impulso pasa.

 

Se entera apenas de que lo transportan, lo desnudan, le visten ropas blancas, lo ponen sobre un lecho.

 

Al fin está tranquilo, nadie le hace preguntas.

 

El mundo se cierra en torno suyo. Como una cáscara, templada y blanda.

 

 

                A

 

 

CRISANTEMOS, 12

 

¿Puede el poeta acaso

describir el misterio de una hoja?

     Fumío Haruyama

 

Flores de mi silencio,

crisantemos.

Luces, heridas

por la dureza del cerrado mundo,

venid, acompañadme.

                             Pido sólo

presencia, vibración doliente.

Contemplar un largísimo segundo

el delicado tallo,

los elegantes cálices.

Ah, flores, que ya ni mías

vuelvo a llamar, porque perdí las ansias,

¿querréis estar, así, quedar

agitando el color ante mis ojos?

¿Retener un instante

la mirada del que os ha creado?

¿Y no dejarme huir,

rescatarme del vértigo?

 

 

                A

 

 

CAYÓ LA HOJA

 

Cayó la hoja.

 

¿Cómo encontrar su angustia,

ahora que los vientos desnudaron

el corazón del árbol?

 

 

 

                A

 

 

LECTOR

 

Con el libro en sus manos,

había estado absorto.

 

Pero a la tarde, cuando ya pensaba

que el empeño cumplía,

halló en blanco una página.

 

Y en su búsqueda está, con el terror

de que al fin no aparezca.

Ni tantas otras, que de pronto faltan

a su memoria inútil.

 

La certidumbre

de encontrar en sus manos solo un libro vacío

atenaza su débil voluntad.

 

Quizás no se resigna.

 

O comprende que el tiempo

de la lectura fiel ha terminado.

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