POETA INVITADO

 

 

José Pablo Quevedo  Nacido en Catacaos, Piura, Perú. Radicado en Alemania desde la década de los 70, ha realizado allí una importante labor cultural y literaria.  Prueba de ello es que ha sido co-fundador de la Sociedad Trilce en Berlín y fundador del grupo literario MeloPoefant (Sismo Poético Resistente) de gran trascendencia literaria-cultural para los latinoamericanos literatos residentes en Alemania.  Algunos de sus libros de poesía publicados son: La noche, un día de espaldas al sol (1973; 1980); Torsos y piedras (1994; 1996), Variación de la luz (2001) y Los deshielos del tiempo (2002).  Su obra ha sido traducida al alemán, inglés y francés.  También figura en importantes publicaciones de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. 

 

 
Afuera una golondrina arranca el cemento o anida,
mientras tu foto pasea por mi celda.
El soñador ya no sueña.
Ni acompaña el piano a la Blanca Nieve de la  infancia.
Vida, significa, germinar permanente.
Ir al segundo del minuto, sin apuro.
Nadar o perderse en el espacio de una calle.
Decir, ¡buenos días!,  al  mes y a  los amigos.
Ordenar nuestro tintero para repentinas sorpresas.
"Un día has de venir a mi habitación 
y veremos nuestros sexos. Y el  mar entrará en nosotros."
Escribiste, allí donde los ojos sólo lo saben.
Solamente que al cruzar una calle,
perdí tu dirección y el olor de tu bicicleta.
Afuera una golondrina arranca el cemento o anida.
Y yo no sé cómo silente emergió tanto vacío,
y por qué esta habitación ya se quedó sin paredes,
y el papel más blanco no conoce el lápiz que te descubre,
ni tampoco las cenizas que rescato entre las fumarolas,
saben porque los bosquejos han sido rotos 
por la violencia de mis manos.
 
 
                       N
 
 
En esa piedra que toco,
allí el verbo
amplio tuvo su lugar.
Sé que la luz
la besó tantas veces
y que la luna  no olvidó 
la dirección donde encontrarla.
Hacia el barro 
hizo su camino,
hacia los costados
y creció.
Y te incorporó a mi lápiz
y fuiste cuadro en mi retina,
o día último como el primero.
Tan importante fue lo deseado,
que tus rodillas
ante las nieves caminaron,
y rodaron con las piedras
hacia las aguas.
¡Ah,  mi encuentro!
Y si te encuentro,
la raíz donde te humedeciste.
El barro apretado entre los puños,
y que las piedras sumergidas
lo visitan.
Y sus perfiles van revistiéndose
como si quisieran descubrir lo inalcanzable,
como gravitando tu centro
y todo lo que nos ofreces,
y todo lo que al irse deja la memoria
en el  vacío que deja  la piedra,
cuando en el agua al hundirse se desparrama.
 
 
 
      N
 
 
El caracol con su andar náutico,
hizo con cada paso una colina,
hizo con cada grano de arena una montaña
y unió los mundos diversos
en su casco de nácar...
El caracol
llenó el verdor con su brío
y de besos e ilusiones
colmó a las flores...
Desde entonces el paisaje no está solo.
 
 
                       N
 
 
Merimar,
ya no queda la red vacía,
donde Juan Limonero subió a tu sueño,
por el árbol cuyos brazos las nubes tocaron.
El besaba las sandías al comerlas
y su habla  dejaba las mayúsculas inmóviles.
Por los codos de los caminos él  venía eligiendo,
los panes, los duraznos y los violines.
Brumoso se levantaba el venidero día,
y con el impulso de la imaginación 
corrían constantes las aguas.
Tú ante el  mar, como salida de una retina,
cabriolas  haciéndole al amante.
En sus elipses las lunas hacían rotaciones,
huellaban tus pies sobre las arenas.
El puso la barba en tu oído
y dejó salir los países de invierno.
La sardina escapó de tus manos
como lunas que el  sol  tiene ocultas.
Cuanto el soñar y cuanto tener
los ojos tan despiertos.
 
 
                       N
 
 
Ese día  «aún en verano»,
que la nieve
salió a caminar
tan blanda,
supe  que el  último
invierno
todavía
no estaba completamente
imaginado.
 
 
                       N
 
 
Antes de que quede
una definición
en el polvo
de las mariposas,
o en el papel tangencial
que aspira el apunte,
te diré, que tu nombre
me sabe a manzanas
y que el siglo
no es más largo
que tus piernas.
 
 
                       N
 
 
Ese abril bien formado en su duda
viene a tu pelo,
suda en mi confín.
Hállase en mi hilvanado de su lana
el desafío,
que a la manera de Pitágoras
hace inoportuna cualquier visita.
El sabe ganar lo inicial
en que te admito,
en la sed que tengo para una hazaña
donde todo el Pacífico se sale de su cuenca.
Ese abril, que me permite lucir mi sombrero,
o donde va el dedo índice para tocar el polvo,
o el después que nos permitirá el conocernos.
El después - después - será diciembre en tus tobillos
o en el barro articulado de la arcilla. 
Esos niños años en su correr hacen ese abril.
Y allí donde la nieve se hace más roja
tendrá la posibilidad de aparecer una amapola.
 
 
                       N
 
 
Siento como mío cada enero.
Tibiamente mío,
en su fecha de resurrección,
de almanaques,
sonámbulo
en mi casa de piezas olvidadas,
en su mesa 
tendida para la cena posterior.
Y ese enero
finge en su valija de partida        
para hablar del cada tanto
que quedó en nosotros,
del pan que compartimos,
del pan que sembramos,
desde la inicial caída
y el perderse después.
Aún se mece ese enero,
en ese sillón tocado por la infancia.
Vestido viene, a tientas,
para continuar aún ese diálogo 
ante la mesa en la cual se alarga  
su nueva corbata.

 

 

                     N

 

 

Una vez más ver el mar
antes de irse.
El minuto basta 
antes de que él se retire
en una botella,
antes de que se lo lleve el corazón
en el espacio 
en que las horas
se pierden,
en ese tanto tanto
que ya no está limitado,
cuando su vestimenta ya no es necesaria,
cuando el día preludia el comentario larvado,
en ese color que ha sido huevo 
por una luna bípeda encubado.
Entre sus espejos quiénes no fuimos,
quiénes no lo sacaron por la cola
y lo copularon en el pelo en que la rana
medía su metamorfosis de anfibio.
Sólo que la indecisión
lo dejó correr y lo dejó abierto 
a la mano inquieta,
a la espera que la proa de un barco
lo visite nuevamente.
Hoy en esa orilla surca nuestra infancia,
y le damos de olivos y qué de mieles.

 

 

                     N

 

 

Epitafio en la piedra
 
En ese tanto tanto
que ya no espero,
sólo sé, que seguirá saltando
el segundo 
al nudo de la piedra,
a dos.
 
Sólo sé
que el ayer 
no nos devuelve
la misma imagen.
 
Es otra, igual a lo ido.
Otra, en su nuevo acontecer.
Otra a lo acontecido.
 
Pero, su tiempo
es la intensidad
del sueño, 
que emerge
multiplicado,
en lo diverso
de las cosas.
 
 

Página preparada por Alberto Martínez-Márquez

 
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