
JOSÉ E.
SANTOS
Selección y notas de Alberto
Martínez-Márquez
Nace en San Juan, Puerto Rico, en 1963. Poeta, narrador y ensayista. En 1987 publica su primer poemario, Pequeño
cuaderno gris. En 2002 publica el
estudio crítico El discurso dieciochesco español: Pensamiento y paradoja en Jovellanos, Cadalso y Forner. Su primera colección de narraciones, Archivo
de oscuridades, se publica en 2003.
Luego le siguen: Crónica de la degustación (2005, poemas), Después de la
espera. Poesías 1988-1989 (2006), Deleites y miserias (2006, narraciones) y Los
viajes de Blanco White (2007, narraciones). Actualmente es docente del Departamento de
Estudios Hispánicos del Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico.
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Dices que todo es juego.
Segura,
sin el mínimo rastro
del juego que es la duda.
Coronada: imperas.
Te he visto desde otro lugar,
ese que entiendes y declaras
menos apetecible y más difícil,
y me encamino a tu territorio
sin pasaportes ni salvoconductos.
Todos dicen
(las voces, los vientos,
los ecos)
que me perderé,
que el pensamiento y la razón
me han de revocar el deseo,
y que el fuego de mi diáfana
intención
se apagará.
El juego acabará conmigo.
El juego destruirá mi raíz y mi fundamento.
Te he de retar pero fracasaré,
y sólo me quedará
la endeble satisfacción
de haber jugado,
de haberte amado,
de haberte destruido.
13
Hoy te he visto sin saber,
sin saber que te vería,
sin saber,
puro accidente,
pura eventualidad imprevista.
Vi tus ojos acaso por primera vez
y sentí tu voz tan real,
tan anclada
en la contundencia de la
experiencia.
Nadie sueña,
nadie imagina
nadie llega
con la preconcebida noción
de lo que ha de decirse.
Yo, tan solo,
te he visto y sentido tan sola
acaso por primera vez.
Y te busqué y me buscaste:
Sincerarse es una forma de amar
tan real,
tan accidental.
Hoy me has visto sin saber,
sin esperártelo,
puro accidente,
y me has mirado,
y te has acercado a mí lentamente,
y has posado tu cabeza en mi
hombro
por un segundo.
19
No hay nada más que este instante
que se deshace,
no tenemos nombre,
no tenemos forma
no tenemos, no tenemos:
no hay porvenir y lo pasado nunca
ha sido.
Afinca fuertemente tu dentadura,
rasga, y consume hasta el final el
dulce dolor
de mis sentidos.
Mis manos no son mías,
se rebelan y practican
las violencias imaginadas
y exigidas por tu tez.
Todo conspira alrededor nuestro
y nos impone
el olvido de lo aún no extinguido.
“Nada” gritan las paredes,
“nada” indican los ruidos de la calle,
“nada han sido ni serán” reclaman
los objetos todos, flagelantes,
enfermizos y degenerados entes
que se alimentan del temor
que hemos sudado,
que se nutren de las ansias
que hemos mostrado,
que se ríen de cualquier pretensión
que hemos tenido
de llamarnos, de hacernos, de
poseernos.
Sólo las uñas y los dientes
concretan su escritura
mientras desaparecemos para el
mundo,
nos acordamos de quienes somos,
y le mentimos a la muerte.
Solipsismo
Como que algo me anuncia
una falsedad de profeta,
un lodazal de augurios,
un volverme en mí,
hacia mí, por mí,
y una puerta se cierra allá,
en alguna distancia o lejanía
de esas que parecen amanecer.
Hago, trabajo, pienso,
abro ventanas,
construyo templos:
una tarde desenterré esperanzas
y tan sólo hallé un cofre lleno de
mi imagen.
Nada más había,
nada más allá,
ni siquiera el recuerdo de algún
canto,
ni algún susurro:
voló todo,
y quedé con los días,
con los años
que sólo serían mis años,
con las distancias que sólo serían
las mías,
con las puertas que sólo yo abriría,
con la tonada,
y la esperanza
que sólo sería yo.
Los helechos
Los helechos se han quedado callados.
Quise seguir su ejemplo,
no hablar,
humedecerme en calores exagerados.
Parece que se doblan por el viento,
parece que se doblan por la
lluvia,
parece que se doblan porque
tienen
que hacerlo, o morir,
o ensayar un destierro
seco y obligado.
Callo, como ellos.
Solamente lo pretendo poco,
mañana seguirán las voces
como esporas
que buscan, que se buscan
en mitades desmembradas,
como esporas
que se hunden solas
y se juntan, otra vez y otra, de
nuevo.
Callan, como nosotros,
mas no pretenden, suplican
en lucha por la luz
que se diluye entre niveles
de copas, escalonados.
Callan porque no hay voces,
porque no hay razón de su
justicia,
no hay oído que delibere;
sólo el orden, sólo el orden.
¿Qué quedaría?
¿Qué nos quedaría?
Acaso, confrontar desesperadamente
el silencio.
Edad glacial
Que me acosa esta sensación
glacial,
que me acosa
desde la distancia,
que me impone un mundo
desde la distancia.
Tan callado cuando desprende
su rastro
que niega el poderoso
historial de las lluvias,
el acopio fluvial,
el pavor oceánico
que define la infancia
y enmarca la aventura.
Tan callado desprende
su rastro
cobertor macizo,
poseedor innegable:
Nevada continua e intacta
herraje blanco del silencio
que me observa
desde fuera,
desde la distancia,
que me señala y apela,
“¿Quién eres
que tanto acercas la cara,
que tanto acercas los ojos,
que tanto esperas,
que escribes y no hablas?”
“También soy silencio”,
pienso, contesto,
“También soy silencio”
reafirmo,
mientras a lo largo se revela
la distancia,
su distancia,
y se pierde la mirada
en esta gélida invasión del
sentido.
Hielo es,
hielo del tiempo,
lo defino,
innombrable el pasado
o impreciso el futuro,
lo designo,
tras el rastro,
el acoso glacial,
el muro de distancias,
este entonces de monumental
tan callado,
este continuo pavor
que me impone un mundo,
que me impone su mundo,
y que tan callado me desprende
de sí,
mientras le tiento:
“Gélido soy, glacial,
también soy silencio”,
pienso,
“también soy”.
El fuego
No pudo el verbo volverse llamas.
No pudo el verbo volverse suelo.
La voz, escondida tras llamaradas
quedó enturbiada,
quedó distante, lejos,
y este fuego, que era fuego,
que era
en acto, lo oscuro silbante clama,
donde fuera,
que las formas sólo riman
extrañas claridades insinuantes,
movedizas,
que desenvuelven puntos quemantes,
los proyectan,
sin algún rasgo material,
sin algún punto cardinal,
sin fijeza.
Fuego, que era,
el silabario se ordena,
el diccionario intenta,
la voz, la voz,
el acto,
todo sucumbe a fuerza
de fuegos,
y las palabras, enteras
bajo la ceniza del pasto
la ceniza del rastro
que queda, tras el acto,
tras la forma, escondida,
tras el fuego,
que era fuego,
que era,
fuego, y formas movedizas, fuego,
fuego que era fuego,
que era.
Revisión
Me niego a revisar este escrito
porque ya muy poco sentido le
quedará.
La letra y la grafía
desaparecerán dentro de poco,
sea en la máquina infernal,
en las prensas detenidas,
o en las mentes agotadas
de los que ya nada recuerdan.
Volverá la fogata y la piedra,
y esas también cederán
en algún momento al inglés.
Me da con recordar al hombre
que llamó a este juego
el mero español.
Al final lo consumieron las tinieblas.
Yo también moriré desentendido,
desconocido por los que queden
hablando lo que acaso permanezca
al calor de algún nuevo origen
y de la destrucción.
Los bodegones
De pronto llevo los ojos
a esta extraña naturaleza muerta
que la mesa me ofrece:
máquina, papel, un vaso de agua,
bolígrafos, pan o algún dulce,
diccionarios, una lámpara.
La ventana invita
porque es otra la luz
que cuela por sobre la mesa y el
suelo.
Veo entonces las otras hojas,
su marco o cielo,
su entorno de caminos, flores,
otros edificios como éste,
otras ventanas, como ésta,
otras invitaciones para ir.
Sin embargo me he quedado,
y no sé si es porque su estatismo,
así como el de ésta,
no repara en que caiga o no
sobre sí
la tensa ansiedad de unos ojos.
El simio
El simio que habita en mí
reclama su identidad.
Hurga desesperado ante
la visión que lo aterroriza:
Ha perdido su pelo,
se le afinan sus dedos,
y sus ojos han perdido para
siempre
la melancolía de lo eterno.
Los actos se han vuelto palabras,
y su voluntad, engaño.
Ni el monte es, ni la selva,
ni el árbol; ya no recuerda.
El simio que habita en mí
reclama su identidad:
no quiere más nombres,
no quiere más palabras.