POETA INVITADO

 

 

 

JORGE ALEGRET

 

 

Nacido en Mar del Plata, Argentina, en 1957.  En 1973 comienza a publicar relatos y ensayos sobre literatura patagónica en diarios y revistas de la zona, como Recienvenido, Viento, Ventana al Sur y el diario Crónica de Comodoro. En 1981 recibe la mención en el concurso Roberto Arlt por la novela corta Fragmentos del última día en la vida de Mateo Arancivia. El Certamen Patagónico de Puerto Madryn le concede una Mención de Poesía en 1994. El 1995 recibe el premio Nueva Generación de poesía en Capital Federal. Incluido en la III colección de Autores Contemporáneos de la editorial Embajada de las Letras, Capital Federal en 1997. Es autor de Tratado del Sur, 1975 – 1990 (obra de relatos y poesía en dos tomos), El sobretodo negro (nouvelle) y Textos del Hashé (poemas). Papeles de Finibusterre, es editado en el 86 de la revista electrónica Letralia (www.letralia.com) en el año 2000.  Actualmente se encuentra en preparación el libro de poemas El archifantasía y la novela corta La debilidad. Actualmente reside en Río Grande, Tierra del Fuego, desempeñándose como docente.

 

 

De Lenguas de sobremesa

 

 

El alma no puede pensar sin fantasma.

                 Aristóteles

 

 

1

 

Ella es el hueso,

los modos de la mortaja,

algunos espasmos de sentido

en el cuchillo de la noche.

 

El género es un residuo,

un gesto instantáneo. Abolido el centro

seremos monoculares y permutas,

versiones espurias del deseo.

 

En el teatro de la ambigüedad.

yo soy tu doble:

la seducción inútil del agonista.

 

En estas vacilaciones diré de las caricias

en las vértebras, pero no más.

Ella es el otro de lo mudo.

 

 

 

 

6

 

Hubo un tiempo en el que pintaban nenúfares.

Había máquinas de escribir

niños al pie de los patíbulos

y jeringas de vidrio gratis.

 

Había una senda por la Sierra Madre,

relojes de péndulo y la esponja luminosa

de los hongos atómicos después de la siesta

cuando todavía llegaba Páramo a alguna parte

 

y una radio crujía con los Velvet

en una época de espigones solos

de emboscadas y dulces traiciones.

 

Era un tiempo de lluvias cortas

con varones de honor turbio

sentenciados a flamenco perpetuo.

 

 

 

 

7

 

Racionalmente la estepa

nocturniza

las manos que se fueron

alas entre el humo de luna.

 

Racionalmente, tus fragmentos

de cosa abierta

y de otro disuelto en los espejos

del polvo en suspensión.

 

Razón de amor en ampollas

del que roe rocas

en un tiempo apenas tangencial.

 

Racionalmente la estepa

me hace el último ícono

en el cruce de la sal y el alba.

 

 

 

 

9

 

La garra del sol hiere el mar de luto,

algas moradas y guijarros en llamas.

Una gaviota agoniza en la espuma.

 

 

 

10

 

Migran los bosques a Roma,

y se llevan las frases en el aliento libre

de las rotas quijadas

de las falanges revueltas.

 

Estamos esperando la profundidad

estamos esperando la tierra,

la salud de las tumbas.

 

Y encima llueve y ronca el viento

y rodamos por la turbera

olvidados de cuerpo, hechos retórica.

 

 

 

 

14

 

La carne en ruinas el argumento

toda una literatura de casas inglesas

para hablar de los muertos que esperan

el mandato de irse en lagartijas.

 

Huele a mollejas a la provenzal,

a diarreas de fútbol y alta tecnología,

afuera está todo el hielo,

atmósferas de kerosén y harina sucia.

 

Todos conocemos la clausura de lo real;

quiero decir, las desgarraduras

de tu falda revuelta sobre los caracoles

 

y yo de negro bajo la escarchilla

postulando amores prohibidos bajo el aguanieve

tras tu carne sitiada, tu alma museo.

 

 

 

 

15

 

Piénsese en los bordes, la línea donde comienza el muslo

o el aliento del abuelo enrojeciendo las sábanas purísimas

o la espalda aún húmeda de la mujer que amé doblando para siempre la esquina,

y piénsese en los bordes como el borde de ser.

 

Como el cañón del fusil en la nuca de la compañera Helena,

piénsese en la mano que roza el pezón a medianoche

y en la palabra más o menos mutilada en su cópula,

suprimiendo, clausurando, hambrienta de su propia cola.

 

Así, piénsese al fin la hendidura perdida

el grado subcero de la navaja

tan tibia, tan de payasos emboscados.

 

Así, pensarte

 

 

 

 

18

 

Operaciones de invierno, digo,

tras la delgada pared de hielo

una silueta de niño

de felino azul o pura fantasma.

 

Pobres creencias bajo lo inestable

- tras el aburrimiento de los gestos reiterados-

que en lo incierto de las pariciones

muestran cierta penitencia, cierto pecado

 

de omisión, de apenas herejía,

una estrategia de materia mínima

y monólogos de animal angélico.

 

Pero no: se trata de la pared

como un juego de reglas mutantes:

el que nombra, muere.

 

 

                            Preparado por Alberto Martínez-Márquez

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