POETA INVITADO

 

 

JAN MARTÍNEZ

 

 

 

Nacido en Vega Baja, Puerto Rico, en 1954.  Poeta, narrador y ensayista.  Pertenece a la Generación de Poetas de los Setenta.  Ha publicado los poemarios Minuto de silencio (1977), Archivo de cuentas (1987) y Jardín, obra escogida (1977-1997) (1998).  En 2000 publica el libro de narraciones Prosas (per)versas.  Su poesía ha sido recogida en las antologías Poesiaoi: antología de la sospecha (1978), Antología de poesía puertorriqueña, vol. IV. Contemporánea (1993) y La nueva sensibilidad (1997).  Durante la década de 1980 fungió como Escritor Residente de La Casa de la Herencia Cultural Puertorriqueña en la ciudad de Nueva York.  Actualmente dirige la revista La Torre de la Universidad de Puerto Rico. 

 

 

 

 

Vendrán días aciagos

en que nadie se dará cuenta de

la muerte.

Unos morirán muy bajo

como las hormigas, nadie los sentirá.

Otros morirán muy alto para entenderlo

los hombres.

Serán días en que la sangre

recreándose en el umbral de las puertas

tocará como si nunca hubiera

habitado un cuerpo

y nadie responderá.

momentos de la muerte.

Autónoma, sin causas ni recelos,

sola como una insignia,

como la bandera rutilante del caos.

 

 

 

 

SER PERRO

 

Ser perro no es cosa fácil,

entre dos orejas muertas

una sed de hueso hasta los huesos.

Ser perro es a veces ladrarle

a la luna

y luchar por perpetuarse

bajo cualquier rabo.

Por eso, nada más humano

que un perro rascándose el hocico

de perfil a la luz.

 

 

 

 

PREGUNTA A HOUDINI

 

¿Y ahora cómo podrás escapar

de las estatuas

que los hombres te erigieron?

 

 

 

 

A VINCENT VAN GOGH

 

Si me hubieras enviado

tu oreja

esa divina concha

de Arles

la tendría puesta

al borde de los oídos

y estaría oyendo el silencio del mar

y el batir de las estrellas.

 

 

 

 

ARTE POÉTICA

 

Por cima del lirio que urde la llama,

y más allá del ardiente

hay una llama

que a los dos precede.

Y uno la quisiera estrenar por siempre,

y el otro desearía dar la que tiene,

por aquélla

que nadie posee.

 

 

 

 

LA ROSA DE CENIZA

 

Fuego leve el paisaje de juguete y llanto.

Niebla indecisa la casa de la primera lluvia.

Penumbra el olvido que se quema.

Ceniza la puerta de mi nombre,

 

Vuelvo a encender la llama.

La luz ilumina un paisaje abolido.

Jardín o infierno: nada vuelve.

 

 

 

 

LOS ANCESTROS

 

Ellos nos abandonaron.

Nunca estuvieron en realidad con nosotros.

En el mejor de los casos,

fundaron el abandono que nos habita,

la soledad que va a tu casa y persiste y persiste.

Nos dejaron estas cosas de acostumbradas costumbres,

un deseo insaciable y la piedra donde se rompre.

Un dios pequeño llorando junto a una fuente.

Un manso haz de hondas concéntricas

y el cristal para mirarlas.

El instante, los apellidos, el pañuelo y la bendición.

Bacilos como bastones y el azul de los hospitales.

El artificio del jardín.

La precariedad del eclipse, la certeza de la noche.

 

 

 

 

DAGUERROTIPO

 

Se sentó en el banco.

Cruzó las piernas,

la derecha sobre la izquierda

porque el zapato siniestro

tenía un pequeño agujero

que no era justo malograra la foto.

 

Miró el lente,

mientras un airecillo de grandeza

soplaba débil bajo la alameda.

Arregló su sombrero despacio

inclinándolo hacia oriente levemente.

Bajo la módica sombra

que daba el ala

tomó el dorso gris de su rostro,

le dio varios golpecitos

como quien desempolva una tristeza,

como quien adereza un dolor,

hasta darle la esbelta forma

de nevado acontecimiento

que tiene una sonrisa.

 

 

 

 

EL ESQUELETO

 

                    A José Manuel Muriente

 

Eres sólo el frío andamiaje

de una fuente de sangre rota.

Estandarte de la muerte,

eje de marfil sonámbulo,

puente hacia el polvo.

 

Siempre yaces detenido

un instante antes de la nada.

Nunca pensaste que serías

vivo ejemplo de lo que seremos.

 

Te salva el húmero, te rescata la tibia

hora del saber.  Por amor de la anatomía

cuelgas alucinado de un gancho,

fieramente numerados

el combo naufragio de tus costillas,

la mariposa de piedra de tu pubis de cristal.

 

 

 

 

EN LAS TARDES TOMO CAFÉ EN LOS PARQUES

 

En las tardes te acercas aromosa

con círculos de fragancias como auras.

Y eres así la taza muy fragante

donde palpo, yanto las alegrías

y mojo las hojas, los tiernos pájaros

como galletas o panes sin tedio.

Así eres dulce, la amante cuchara

donde la tarde se cae como azúcar,

recipiente de dulzura escondida

cuando el cielo rosado de la boca

se hace en inédita, oculta llovizna.

Y para que tú seas taza o café

yo necesito ser el fresco labio

o mano suave para tu asa císnica.

paladar que te sepa desde el humo

hasta del néctar los recintos últimos.

 

 

 

 

LAS CARTAS SOBRE LA MESA

 

Las cartas están sobre la mesa.

A un extremo un hombre palpa espadas,

su tersura se recrea en reyes

y oros y bastos de inconfundible grandeza.

 

Busca abolir la penumbra

con el diamante de un deseo.

 

A otro extremo de la partida

siempre juega una mujer

que tiene el corazón de un as

y en el sueño

una vastedad de trébol.

 

Juegan a sabiendas de que este juego

hace tiempo enterró al azar un día.

 

 

 

 

PARA ENTRAR AL ESPEJO

 

Refracta el lado oscuro de tus límites.

Haz de pájaro el aire que te circunda.

Vete despacito buscando el color más tenue del iris.

Pídele permiso al azogue

y con la venia del marco

deslízate todo hasta dentro

y hazte transparencia.

 

 

                             Página preparada por Alberto Martínez-Márquez

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