POETA INVITADO

 

 

 

ISRAEL RUIZ CUMBA

 

Nacido en Humacao, Puerto Rico, en 1961.  Poeta, ensayista y crítico literario. Miembro de la Generación de Poetas de los Ochenta.  Formó parte del colectivo-revista Filo de Juego.  Ha publicado en las revistas Casa de las Américas, Extremos, INTI y Mairena, entre otras.  Su poesía figura en El límite volcado: Antología de la Generación de Poetas de los Ochenta (2000), preparada por Mario R. Cancel y Alberto Martínez-Márquez.  En 1996 publicó el poemario Encuentros de memoria, bajo el sello editorial Isla Negra.  

 

 

 

TEORÍA DEL TIEMPO

 

A Mario Rosado Aquino, que sabe que el tiempo no existe.

 

Si un pájaro,

cualquier pájaro de dos alas pleno.

Si un pájaro

toda la certeza del vuelo

Si un pájaro

toda la entereza del canto.

Si un pájaro

de todo su corazón latiendo

contra la piedra que lo busca

para herirlo de plena muerte

detuviera su vuelo

en la absoluta mitad del aire,

¿qué sería la tarde

y su destino de sombra?

 

¿Quién, piadoso, nos devolvería la muerte

y el absoluto derecho al polvo?

 

 

 

 

GRAN CAÑÓN DEL COLORADO

 

Aquí soy el ojo derrotado por la distancia,

 

Aquí no soy el hombre con su gran suma de huesos.

Soy lo restado al pleno pájaro perfecto.

 

(¡Qué grande, dolida y remota el ala aún no nacida!

¡Qué mudo, torpe y antiguo el canto aún no nacido!)

 

Aquí soy el animal inútil y asombrado.

 

 

 

 

EL AMO DIABÓLICO DE LA PERFIDIA

 

Me acompaña la risa de los despiadados

en este día bueno para escribirlo todo

como si fuera a morirse uno

desesperado,

buscando aire entre las sílabas;

boqueando

entre los nombres que giran

y chocan

vertiginosos, confusos,

rodando mudos

olvidándose.

 

Me acompaña la risa de los despiadados

en este día bueno para escribirlo todo.

 

 

 

 

QUIERO ESCRIBIR PERO…

 

Ha muchos días que no viene la maligna

para que conversemos.

Ha todas las horas que hurtado de mí su instrumento

de nombrarlo todo.

Hace la anchura de todas las noches que su robo lento

separó la brisa de su mar preciso;

que su ausencia suspendió a los colores de su oficio

y puso en la boca el silencio ancho,

inmenso y pesado de los dormidos.

 

Ahora está la amada que vive y late

mientras yo crezco pelos

y me doy al pobre arte de mirar por las ventanas.

Callado, taciturno,

recordando cada vez menos

el peso del polen en las patas de la abeja

o la humedad junto a su piedra.

(¡Ya no sé hablar de un río

por el que corren mi niñez y mis hermanos.)

 

Digo que está la superficie infinita de tanto día fugado.

Ahora espero en cuchillas alucinado,

casi ajeno a mí mismo

como un torpe asesino

que custodia el cuerpo de un dios que no resucita;

que no se levanta,

que se pudre,

que no habla.

 

¿Quién, si alguien (acaso cruel), se ha robado mi abecedario?

 

 

 

 

¿QUÉ TENDRÍA YO QUE DECIR DEL TIEMPO…

 

¿Qué tendría yo que decir del tiempo

que no sea

que pasa,

y es ancho

y silencioso.

Que le interpongo por costumbre

este cuerpo inútil

como una brizna de yerba

en la ancha corriente lenta,

implacable?

 

¿Qué tendría yo que decir del tiempo

que no fuera

que pasa

y es despiadado

e inmenso

y que ocurre en las cosas pequeñas,

invisibles

 

¿Qué tendría yo que decir del tiempo?

 

 

 

 

AHORA YA ME SÉ…

 

Ahora ya me sé

las sedientas palabras

de este amor inconcluso;

que son el ardiente abecedario

del que buscaba desesperado

el lugar exacto donde tocarte

hasta llevarte a los espasmos y los temblores.

 

Ahora ya me sé

el terrible abecedario,

las calientes sílabas

de hurgarte adentro

con este pobre y latente caballo ciego.

 

Ahora ya me sé toda la fresca sed del deseo;

su devastador lenguaje de olores,

su catálogo secreto de imágenes,

las deliciosas perversidades del solo;

de cuando estás ausente.

 

Ahora ya me sé sediento

e irremediablemente perdido.

 

 

 

 

YOVER

 

La lluvia es ahora bella

por ese árbol que no la evita

y la recibe como a una vestimenta soñolienta.

 

Es bella la lluvia ahora

por la batalla que repiten

casi con desgano las hormigas

sobre una astilla que se inunda.

 

Bella es ahora la lluvia

por la hoja que ahora flota alegre

sabrá Dios hacia dónde;

con la felicidad ajena

de quien va de paseo,

sin rumbo, a la deriva;

silbando una canción de memoria,

pateando una lata.

 

La lluvia es bella únicamente

porque cada gota es una niña

que juega despreocupada.

Por el placer delicioso

con que cada una se deshace,

se desplaza contenta y solitaria

hasta perderse anónima en un charco.

 

La lluvia es tan sólo bella

porque esta tarde

no he tenido otro oficio

que verla derramarse imperturbada

por el ojo que la desea

como a una mujer que se desviste

sin saber que se la mira pervertido.

 

 

 

 

LA SED

 

En esta esquina

que el zaguán bendice con sombra;

contra el fiero mediodía

se detuvo el caballo.

Jadeando.

Bebió sombra que no era agua.

Bebió antiguo recuerdo de humedades,

sació su sed con sombra

tomó grandes sorbos del río que no estaba

masticó de memoria la humedad de las raíces;

las raíces que crecen hasta ser yerba.

Corrió por sus belfos

el exceso de frescura que no sobraba.

 

Se desplomó feliz, saciado de sombra.

 

 

 

 

SI ME PREGUNTARAN

 

Si me preguntaran que por qué te amo,

tendría que hablar de materias simples;

tendría que hablar de cosas enormes

y complicadas y bellísimas como continentes

o soberbias extensiones del mar.

 

Tendría que hablar toda la noche

de que tú viniste y suavizaste mis sábanas.

Y pusiste en ellas un talco oloroso;

una suave suavidad de pan.

Que tú viniste y dejaste en mi cama

como una arenita tersa de playas

para que yo pudiera dormir como entre nubes.

 

Tendría que contar

que tú destilas un perfume

que es como el recuerdo

de una fragancia de rosas.

Que hay algo en ti

que todo lo inunda

con una felicidad de frutas alegres.

 

Tendría que decir con inútiles palabras

que yo te llevé de la mano dormida

hasta mi alcoba,

como a una niña perdida en la multitud.

Y llegué a ver mientras dormías

tal paz sensual en tu rostro

que por la imagen de mirarte dormida

he quedado por siempre enloquecido;

como quien contemplara por suerte o castigo

dormir al último ángel vivo.

 

 

 

 

VISIÓN DE LEZAMA LIMA

 

A Joserramón “Che” Melendes, quien me habló de los vasos órficos

 

Lezama: ilesa mar que canta.

Lezama envestido de la vasta veste ritual.

Ahora detenido en su alucinada luz de pez ciego.

Lezama: carbunclo retozando en venado, venablo y vena.

El gong al ágora algo llamándote Luis.

Asmática voz de piano y relicario

dando a un río de querube nuncio azul,

profano, prosado.

 

Lezama:

Sorprendido rumor que si el enemigo es dador de la fijeza;

Narcisa tijera para el viento sigilosa, Lezama.

Espejo negro que se traga la imagen

como aquélla en que se decapita un cóndor

encapuchado bajo una lámpara.

Espejo blanco que se traga sombra de palabras

y exha;a el verso como sierpe

que en lima y jengibre dulce se vuelve.

(“Dánae teje por el Nilo…”).

 

Lezama: tahúr, violín de fruta, lima.

Ilesa mar te llama litúrgica a la barca.

Y en Cuba tu nombre

da el número exacto

de peces y aves maravillosas.

Y en Cuba,

fragua, pólvora y tanagra tu nombre

de flauta echada a cantar para siempre.

Ya toda la noche vuelta órfico vaso carnal.

 

 

                            Preparado por Alberto Martínez-Márquez

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