POETA INVITADO

 

 

Gilberto Hernández Matos nació en Río Piedras, Puerto Rico, en 1959.  Una selección de sus poemas figura en Antología de la sospecha, editada por Joserramón Melendes (1978), y en la revista Avanzada. Ha publicado los poemarios De los nombres del poeta (1990) y El libro de los viernes (2001).  En la contraportada de El libro de los viernes reza: “Gilberto Hernández, un provinciano que siente en ocasiones que no pertenece a su sitio, pero que no puede abandonarlo sin la pena de inundarse de melancolía, muy bien podría sustituir el sujeto de crítica de Elliot. Un triste sujeto que sin rebasar los límites de la De Diego y la Ponce de León, y casi fijo, estático en esas calles, parece un vagabundo cuya residencia se ha perdido en unos días soñados. Viernes, para mayor desamparo.”

 

 

 

LA PRIMERA FORMA

(DEVELACIÓN)

 

También la piel es el deseo

del polvo de la tierra.  La

fijación diaria contra el viento

y el olvido.  También el papel es

artificio y acaso ambas cosas

expresión como reunión—,

sean necesarias para el reflejo

ante el espejo.  Acaso no existan

tampoco y podamos desparramar

la sangre contra el silencio

y volvamos a inventar la vida.

El fiat umbra.

 

(De los nombres del poeta)

 

  7

 

ALEIXANDRE II

 

Bajo el sollozo un jardín no mojado

           Vicente Aleixandre

 

Tan sólo la mejilla umedece.

No el labio.  No.  (Áspid seco sobre el papel arrugado).

La mejilla.  La mano que enjuga.

Y la lágrima es viento que

se corta sin expresarse jamás.

Y no es lágrima.  No ha labio en tacto alerta.

Falta el sabor de sal que la decora.

—El pecho no sentirá esa lengüeta

de fuego que zigzaguea asta colarse

en el ombro—.

Sin esa lágrima mi cuerpo es cactus.

Seco.  Cosa árida.  Abrazada.  Flor sin regar.

Suplicio.  Otro llanto.  Jadeo.  Sin esa lágrima.

Humedad.

 

(De los nombres del poeta)

 

  7

 

ARTIFICIO

 

A Vicente Huidobro, que creyó lo contrario.

 

Rosa, insolada rosa, rosa mala,

rosa negra, rosa sed, rosa oscura,

rosa aire, rosa fuera, rosa dada,

rosa vida, rosa no, rosa insegura.

 

Rosa sin rosedad, rosa onerosa,

rosa contrariada, rosa nombrada,

rosa eucalipto, ¡ah! la rosa axerosa,

rosa inexistente, rosa increada.

 

Rosa forzada, la rosa acerada,

rosa percha, rosa atemperada,

rosa batida, rosa malograda,

 

Rosa como cosa, la rosa yerta,

rosa traída, rosa dibujada,

, rosa artificiada, rosa muerta.

 

(De los nombres del poeta)

 

  7

 

POSIBILIDAD EN [DE] CORTÁZAR

(LA VENTANA)

 

Suele ser el suelo

que se abre de pie

mostrándonos al mundo

y a los que habitan con

diez dedos sobre la tierra:

suele ser la luz

casi rocío

que conspira contra el silencio

y es también una puerta

por donde sale y entra la mirada;

es el vacío que no imaginó Parménides

y que Euripo en sus sueños ideaba,

es quizá la noche

o una galaxia pequeña

dentro de la casa.

 

(De los nombres del poeta)

 

  7

 

un día yegará el poeta perfecto, borrará

todo lo supérfluo que ata, la rima, el ridmo,

la estrofa, el berso, el ombre mismo, desatará

lo exagto. Ese infelís baliente, desde su orror,

nos borrará a todos los otros de la historia.

             Joserramón Meléndes

 

Que nadie diga

que Platón fue el poeta perfecto

porque trató de eliminar a los poetas

de su República.

Platón trató de eliminar la poesía

eliminando a los poetas.

El poeta perfecto

eliminará los poetas sin eliminar

la poesía.

Platón no fue el poeta perfecto.

Que nadie se confunda.

 

(De los nombres del poeta)

 

  7

 

MEMORIA PERDIDA

El olor temprano de la azucena los sábados

aturde mis sentidos,

es frescura atravesando la mirada sorprendida

de mi espera.

Las revistas inundando mi cuarto para revelarme un mundo

cuya ventana de asomo deberé llevar en mi frente;

las noches arcoirisadas de lluvia

llamando a la puerta de la fantasía

sobre un techo de zinc;

el gentío monótono de la plaza del mercado

metiéndose en olores y luz dentro de mi cuerpo,

un hospital donde la espera era una caricia de voces

contra mi rostro,

un suave indicio del dolor sereno de los días.

Un olor a guayaba sobre los ojos

moldeando mi mano

ya lista para el convite.

Los amaneceres claros de las aves

levantando mi rostro

contra la poesía.

La certeza honda del azúcar en la boca,

de la infancia posada en una imagen colorida

de un televisor gigante.

Y una mano sobre mi pelo pidiéndome paciencia,

apretándome contra un pecho

que aún se empeña en poseerme.

 

Sé que una vez ocurrió todo esto, pero no sé cuándo,

ni qué extraño eslabón lo ha grabado en mi memoria.

 

(El libro de los viernes)

 

  7

 

Y no se dice de la esperanza,

esa gesta de inconformidad

con la que el tiempo nos abraza a futuros días desventurados.

No se dice nada de esa alquimia

que transforma la sal de hoy

en polvo seco que quemará algún día al ojo.

Nada se dice de mañana.

 

Tenemos en torno el día

y besamos la noche que nos lo ha regalado.

No importa que desdigamos del sonido monótono

que nos recuerda el tiempo,

esa levedad de aire que nos arroja contra las horas,

somos,

y miramos todavía esa otra mirada que es el mundo

anclándonos sobre su paso.

Todavía queremos este ahora que nos sabe a instante,

de este momento que finge eterna nuestra permanencia.

 

Porque no siempre diremos mañana.

No siempre ese otro instante nos aguardará

para reservarnos su día.

 

Por eso no decimos de la esperanza.

Mejor hablamos del recuerdo,

de esa habitación que a fuerza de horas

construyeron nuestros días.

 

(El libro de los viernes)

 

                7

 

Vi un hombre que,

gastado de tanto usarse,

proyectaba soledades.

Y me figuré que aquel hombre

no era la débil carne

que se ocultaba bajo sus ropas

sino la sombra

que proyectaba en la pared.

Entonces sentí que ese hombre

era tan fuerte como esa pared,

porque nada separa a la sombra

de ser aquello que aprisiona.

Pero aquel hombre,

que era sin saberlo

tan fuerte como una pared,

proyectaba otra sombra

que caía, perdiéndose,

en el agua.

Comprendí entonces

que aquel hombre

era simplemente un hombre sentado

entre lo que estaba y lo que se iba,

mientras me dejaba a mí,

que lo miraba,

sus más íntimas soledades.

 

(El libro de los viernes)

 

  7

 

LOS OTROS DONES

 

El olvido.  Alguna tarde en que la lluvia

nos hizo inmortales.  La nostalgia de saber

que el ojo no es el tacto.  La distancia.

La espera de un sábado en la universidad.  Una fila

en la que nos sustituimos

como si fuéramos uno.  Una noche oscura

sin saber a dónde íbamos.

Un sueño en Santa Rita después

de una misa oficiada sólo por nosotros.

Las tardes de los viernes.

La violencia y los abortos.

Las veces en que la poesía se fue

de nosotros pero igual construimos el poema.

El recuerdo.  Sentir que estamos muertos.

El dolor del otro y la alegría

de habernos mirado.

Mujer, perdona todo esto.

El perdón.  Este poema

que aún no has escuchado.

 

(El libro de los viernes)

 

  7

 

Al húcar del Burger King de Río Piedras,

removido de su lugar de siempre.

 

Los húcares son apenas sensitivos

pero no son dichosos,

pues ya no sienten.

Los colocan, feliz adorno,

en la esquina de algún local

en Río Piedras

y permanecen erguidos, heridos

de su mortal indiferencia.

Entonces un poeta,

siempre ingenuo,

recostado sobre ese enhiesto horizonte

lo acaricia cada vez que el tedio lo cubre

y piensa que ese húcar

de alguna manera

le devuelve sus caricias.

Pero ocurre que un día, el húcar,

pienso en su desdén

hacia todo lo que se mueve,

se marcha,

bajo el pretexto, finge,

de que el local que lo alberga

cambió su fachada

—y es que siempre, se sabe,

hay alguna excusa para marcharse—.

Entonces el poeta se queda solo

pues hasta los húcares,

que no son dichosos,

han decidido abandonarlo.

 

Hay gente a las que les pasan cosas tristes,

y hay árboles, a los que no les pasa nada.

 

(El libro de los viernes)

 

  7

 

INSTRUCCIONES PARA DESPEDIRSE DE UNA CIUDAD

 

No le digas que ignoras su nuevo rostro,

que desconoces de sus calles

su nueva mirada.  Entra a cualquiera de sus bares

y pide un café como lo haces siempre

sin fijarte en esa mano desconocida que hoy

te extiende la taza.  Sal a sus aceras y recórrelas

sin reparar en sus letreros.  Finge que de siempre

has tomado de su mano esa distancia

que hoy coloca dentro de tus dedos,

mira ese paisaje de recién hechura

que hoy coloca frente a tus ojos

como si lo miraras desde tu remota niñez.

Bebe entonces lentamente tu café, como todos los días,

y comienza a despedirte de ti mismo.

 

(El libro de los viernes)

 

 

Página preparada por Alberto Martínez-Márquez

Hosted by www.Geocities.ws

1