
GEORG TRAKL
Poeta y dramaturgo austriaco nacido en
Salzburgo en 1887. Es considerado como
uno de los precursores del Expresionismo.
A los 19 años funda el círculo literario Minerva. Ya para entonces había comenzado a utilizar
drogas psicoactivas.
En 1910 obtiene su título de Magíster en Farmacia. Hacia 1913 publica su primer volumen de
poesías: Gediche. Al estallar la Primera Guerra Mundial fungió
como enfermero. En la batalla de Grodeck tuvo que atender a 90 heridos de gravedad. Más adelante intenta suicidarse, por lo que
es internado en el hospital de Cracovia bajo observación psiquiátrica. Muere en 1914 en Cracovia de una sobredosis
de cocaína. En 1917 se publica la
primera edición de sus obras: Die Dichtungen.
Los siguientes poemas han sido
traducidos por Helmut Pfeiffer
DE PROFUNDIS
Existe un campo de rastrojos donde cae
una lluvia negra.
Existe un árbol pardo que se alaza
solitario.
Existe un viento que susurra entre
chozas vacías.
Qué atardecer tan triste.
A la orilla de la aldea
la dulce huérfana recoge escasas espigas.
Sus ojos redondos y dorados recorren el
crepúsculo
y su seno anhela al esposo celestial.
De regreso al hogar
unos pastores hallaron el dulce cuerpo
descompuesto en el espino.
Una sombra soy lejos de oscuras aldeas.
El silencio de Dios
bebí en la fuente del bosque.
Sobre mi frente golpeó un frío metal.
Arañas buscan mi corazón.
Hay una luz que se extinguió en mi boca.
De noche me encontré en un páramo,
colmado de deshechos y de polvo de estrellas.
En los avellanos
tintinearon ángeles cristalinos.
OTOÑO TRANSFIGURADO
Con todo su esplendor termina el año,
con vino dorado y frutos de los huertos.
Se silencian los espléndidos bosques
y se oye el caminar del solitario.
El campesino saluda a las aves
migratorias
y exclama: Oh,
largas y suaves campanas de la tarde
alégranos el ocaso del día.
Es la dulce época del amor.
Bellas surgen las imágenes
navegando el río azul.
Todo se hunde en quietud y silencio.
OCASO
A Kartl
Borroamäus Heinrich
Sobre el estanque blanco
han pasado las aves silvestres.
En el atardecer sopla un viento helado
de las estrellas.
Se inclina sobre nuestras tumbas
la quebrantada frente de la noche.
Y en la plateada barca nos mecemos bajo
las encinas.
Resuenan los blancos muros de la ciudad
bajo espinosos arcos.
Hermano mío,
como ciegas saetas ascendemos hacia la
noche.
EL SUEÑO
¡Malditos oscuros venenos,
blancos sueños!
Este jardín extraño
de árboles crepusculares
lleno de serpientes, mariposas nocturnas
arañas y murciélagos.
¡Extranjero! Tu
sombra extraviada
en los arreboles de la tarde,
te delata como un terrible corsario
en el mar amargo de la tristeza.
Vuelan blancos pájaros en la orilla de
la noche
sobre ciudades de acero
que ahora se desploman.
EN LA OSCURIDAD
La primavera azul silencia el alma.
Bajo el húmedo ramaje del poniente
se hundió estremecida la frente de los
amantes.
Oh, la cruz verdecida. En diálogo oscuro
se reconocieron hombre y mujer.
Junto al muro desnudo
camina con sus estrellas el solitario.
Sobre los senderos del bosque en claro de
luna
reinó el desenfreno de cacerías olvidadas;
la mirada de lo azul
irrumpe de la roca derruida.
A NOVALIS
En oscura tierra duerme el puro
extranjero.
De dulces labios le tomó dios su
lamento,
cuando cayó en la alborada de sus años.
Una flor azul
sobrevive a su canto en la nocturna casa del
dolor.
CANCIÓN DE LA NOCHE
Signo de lo impasible. Un rostro de
animal
se tensa ante el azul absoluto.
Grandiosos es el silencio en la piedra;
la máscara de un pájaro nocturno.
Una suave cadencia se apaga en el
interior.
¡Elai! Tu cara se inclina
atribulada sobre aguas azules.
!Ah! silenciosos espejos de la verdad.
En las sienes de color marfil del
solitario
surge el reflejo de los ángeles caídos.
EN EL ESTE
A los órganos violentos de la tempestad
invernal
se parece la terrible ira del pueblo,
la ola púrpura de la batalla
de estrellas deshojadas.
Con cejas quebradas, brazos de plata,
la noche saluda a los agonizantes
soldados.
A la sombra del fresno otoñal
sollozan los espíritus de las víctimas.
Una espinosa tiniebla rodea la ciudad.
La luna ahuyenta por escalones
sangrientos
a las mujeres aterradas.
Los lobos salvajes ahora cruzan sus
puertas.
LAMENTO
Sueño y muerte, las águilas nefastas
aletean toda la noche en torno a esta cabeza:
el helado oleaje de la eternidad
devoraría la imagen dorada del hombre.
En meandros tenebrosos
ese destroza el cuerpo purpúreo
y una voz oscura se lamenta
sobre el mar.
Hermana de tormentosa tristeza
mira: una barca angustiosa naufraga
bajo las estrellas,
bajo el rostro silencioso de la noche.
ROJOS ROSTROS DEVORA LA NOCHE
Rostros rojos devora la noche
en el muro de seda;
un esqueleto infantil busca en la sombra
del ebrio.
La quebrada risa en el vino, la ardiente
tristeza,
la tortura del espíritu—una piedra
enmudece;
la voz azul del ángel
en el oído del durmiente.
Luz aniquilada.
VERANO
Al atardecer calla el lamento
del pájaro en el bosque.
Se inclina la mies,
la roja amapola.
Una negra tormenta amenaza
sobre la colina.
El antiguo canto del grillo
perece en el campo.
Ya no se mueve el follaje
del castaño.
En la escalera de caracol
susurra su vestido.
En silencio alumbra el candil
en la habitación oscura;
una mano plateada
la apaga.
Quietud del viento, noche sin estrellas.
PASIÓN
Cuando Orfeo tañe la lira plateada
llora un muerto en el jardín de la tarde,
¿quién eres tú
que yaces bajo los altos árboles?
Murmura su lamento el cañaveral en
otoño.
El estanque azul
se pierde bajo el verdor de los árboles
siguiendo la sombra de la hermana;
oscuro amor de una estirpe salvaje,
que huye del día en sus ruedas de oro.
Noche serena.
Bajo sombríos abetos
mezclaron su sangre dos lobos
petrificados en un abrazo;
murió la nube sobre el sendero dorado,
paciencia y silencio de la infancia.
Aparece el tierno cadáver
junto al estanque de Tritón
adormecido en sus cabellos de jacinto.
¡Que al fin se quiebre la fría cabeza!
Pues siempre prosigue un animal azul,
acechante en la penumbra de los árboles,
vigilando estos negros caminos,
conmovido por su música nocturna,
por su dulce delirio;
o por el oscuro éxtasis
que vibra en sus cadencias
a los helados pies de la penitente
en la ciudad de piedra.
EL OTOÑO DEL SOLITARIO
El oscuro otoño regresa colmado de
frutos,
tenue fulgor de hermosos días de verano.
Un azul vivo nace del paisaje marchito:
el vuelo de las aves porta viejas
leyendas.
Ya fue pisada la uva, el sereno silencio
lleno de dulces respuestas y preguntas
sombrías.
Y aquí y allá una cruz sobre una colina
desierta;
en el bosque un rebaño se extravía.
La luna camina sobre el cristal del
estanque;
el campesino se entrega al reposo.
Suave roza el ala azul del atardecer
un techo de paja seca, la negra tierra.
Pronto anidan estrellas en las cejas del
fatigado;
vuelve a la fría alcoba una humildad
silenciosa
y surgen ángeles de los azules ojos de
los amantes
que sufren dulcemente.
Susurra el cañaveral, adviene un horror
descarnado
cuando cae el rocío de los sauces desnudos.
QUIETUD Y SILENCIO
Pastores enterraron al sol en el desnudo
bosque.
Un pescador sacó
en su delicada red a la luna del lago
helado.
En el azul cristal
habita el hombre pálido,
la mejilla apoyada en sus estrellas;
o inclina la cabeza en sueño purpúreo.
Siempre inquieta al contemplador
el negro vuelo de los pájaros
que en el azul sagrado de las flores
piensa en el cercano silencio del olvido,
en ángeles extintos.
De nuevo oscurece la frente en rocas
lunares;
y radiante surge la hermana
en otoño y negra podredumbre.
NACIMIENTO
Montaña: negrura, silencio y nueve.
Roja desciende del bosque la caza;
oh, el musgoso mirar del venado.
Silencio de la madre; bajo negros abetos
se abren las manos dormidas,
cuando la fría luna aparece declinante.
Oh, el nacimiento del hombre.
Murmura nocturna el agua azul en la
oquedad rocosa;
y sollozando descubre su imagen el ángel
caído.
Se despierta algo pálido en una alcoba
lúgubre.
Dos lunas
iluminan los ojos de la anciana pétrea,
Ay, el grito de la parturienta. Con alas
negras
la noche roza la sien del muchacho,
nieve, que suave cae de nube purpúrea.
Preparado por Alberto Martínez-Márquez