POETA INVITADO

 

FÉLIX FRANCO OPPENHEIMER

 

 

Nace en Ponce, Puerto Rico, en 1912.  Poeta, ensayista, pensador y antólogo. En 1948 lanza junto a los poetas Francisco Lluch Mora, Eugenio Rentas Lucas y Ramón Zapata Acosta el “Manifiesto Trascendentalista,” que marcó el inicio del movimiento homónimo que tendrá gran repercusión en la lírica puertorriqueña durante los años de 1950 e incluso posteriormente.  Entre sus muchos libros de poesía se destacan: El hombre y su angustia (1950), Del tiempo y su figura (1956; reimp. 1976), Estas cosas así fueron (1966), Prosas sin clave (1971) y La presencia ignorada (1980).  Entre los años de 1957 y 1986 Franco Oppenheimer publicó una serie de libros que combinan el ensayo, la prosa poética, la poesía y breves pensamientos y aforismos, bajo el título de Imágenes (prosas, decires, aforismos).  Como ensayista produjo Contornos (1960) e Imagen y visión edénica de Puerto Rico en su poesía (1964; 2da ed. 1972).  En su carácter de antólogo dio a la luz los volúmenes: Poesía hispanoamericana (1955), publicada en México; Antología general del cuento puertorriqueño (2 vols.,1959), en colaboración con Cesáreo Rosa Nieves; y Antología de Antonio Pérez Pierret (1960).  Su poesía ha sido incluida en múltiples antologías poéticas en lengua española.  En 1979 se le confirió la distinción de Profesor Emérito de la Universidad de Puerto Rico.  La poesía de Félix Franco Oppenheimer ahonda en el devenir existencial del ser humano con el propósito de rescatar su libertad interior.  Sólo desde ella puede el ser humano enfrentarse a la sociedad deshumanizadora que intenta sumirle en la nada y sobrepasarla en busca de aquellos signos que le confieren un valor y una esencia trascendentales.

 

 

 

En el sueño de este sueño

que a sí mismo hoy se sueña,

sueño el sueño que soñara

cuando aquel sueño perdiera;

y soñando yo ese sueño

sueña el corazón que sueña;

este sueño que es un sueño

soñando en sueños de nieblas,

nostalgia de antiguos sueños

con sus párpados alertas.

Este sueño es sueño soñado

del sueño que es duermevela

de ese sueño que soñamos

soñando vigilia eterna…

 

 

 

 

 

Este camino es igual al de ayer, y nadie

lo ha transitado sino yo, que estoy cara a cara

a lo de siempre, y en periferia que achica

su centro: sin corona propicia, la palabra

está en su hoguera, como castaña que no puedo

comer; ¡tan desabrido es todo en esta andanza!

la ruta se ha ovillado en nidal de pupilas,

y los pies como espeques vueltos raíces, sangran

vino negro, como esa nube sin luz de lluvia,

que todo lo comienza y no termina nada,

ni de aquí ni de allá; charco petrificado,

para ser mirador de esto que se halla cara

a cara a lo de siempre, a lo igual, a la rueda

que todo esconde y con veloz olvido arrastra.

 

 

 

 

 

Fosas como ojos sin pupilas,

sin lados diestros ni siniestros,

que en sus órbitas se revierten,

mientras giran monstruos pequeños

que degluten sombras espesas.

Láminas ocres de sucesos

como aguafuertes, se destruyen

y alzan en ácidos infectos,

se mudan vapores de ruedas

celeridad de abismos lentos,

igual la podredumbre indómita,

borbollear de caos nuevos,

donde no existen las distancias,

sino pupilas de ojos muertos.

 

 

 

 

 

…Y volverá a caer lo que se yerga;

marchitará su corazón el nardo,

y hedor se tornará su aroma antiguo,

mientras tú y yo, entre las sombras jugamos…

Todo no es más que tropezar con sombras

que pendulan en postes desdentados

como larvas o plantas que se pudren

en el polvo viscoso del gusano;

no tendremos la luz, sólo tinieblas

nos herirán desde la piel al labio…

la palabra y la luz, la lira, el toque

suave, la fruta, absurdos de lo exacto.

 

 

 

 

 

EL HOMBRE Y SU ANGUSTIA

 

Acaso sea yo un sueño desvelado,

absorto en duros cielos fugitivos,

tal vez, sabiéndome, en la trilogía

vital del recuerdo, tránsito herido;

de temprano, los vientos iracundos

me lanzaron al voraz torbellino,

y en la sombra que desea ser alba,

fábula fui de corazón transido,

pero dueño del fuego por la gracia

ganado, en agonía, al rojo vivo,

en la hoguera del dolor calentaba

mariposas, lleno de regocijo,

y una estrella distante, en mí nacida,

me atraía con su alado designio,

para dejarme atado a su sorpresa

en codicia de eternidad, cautivo;

—pájaro anhelante de lejanías

bebiendo sin cesar su propio vino.—

…Y he aquí que una fuente serena existe,

cerrada en suave turbación de lirio,

a la que hay que ir ebrio, sintiendo, un ala

ahondar y un sol quitarnos el latido.

Dios se mira más Dios en esta fuente

—poeta con plectro y con su olivo.—

 Si el corazón en esta fuente no fuera

como un niño a mirarse, ¡cuánto hastío,

habría en este recuerdo que se hunde

en el tiempo para ser un olvido,

que con rutas y heridas en las manos

sueña hallarse en el sueño confundido!

 

 

 

 

 

YO SOY EL ESCULTOR

 

Yo soy el escultor de la mancha de lodo,

íntima ideación soñada en la distancia como una realidad sin realidad,

como un horizonte fantástico;

—era la bruma de la melancolía en el yermo de la desolación amarga,—

aunque estaba ardiendo en la primavera,

hecho angustia la muerte latía como único mundo,

mas por encima de la muerte, era la vida, serenamente triste,

clarísima en su realidad sin contornos,

por eso, al desatarse la furia de Dios creador

tomé el cincel para modelar mi propia estatua

que fuera fuego altivo en la espiga de mármol puro.

Empecé por infundirle un singular soplo,

disparado a la onda sin reposo,

y en su interior reducto, amasijo de Laconia;

después le puse en marcha un corazón, —círculos rojos de mieles redondas,—

lleno de rosas y hojas de laurel

donde se deslizara el tiempo y se llenara de eternidad la vida;

de los atónitos globos miradores,

—alba y crepúsculo,—

salió la dura estampa de los días iguales;

y de la mariposa fija de los labios

los pájaros ansiosos a rezar en meditación de cuatro vientos;

de las manos, —signos del yo y del no yo—,

el rayo rubricando mundos que cuentan la gloria del artista;

y así fue surgiendo la figura, de adentro hacia fuera.

 

Yo soy el escultor de la mancha de lodo

que se encontró en el páramo y no halló mármol,

ni cincel, ni modelo, ni sueños, ni mundos,

y todo lo creó para empezar la vida y seguirla como los pájaros…

 

Y comencé a existir a mediados de la muerte.

 

 

 

 

 

INTROSPECCIÓN

 

¿Adónde nos conduce la mirada?

¿Qué le impide su vuelo transparente?

¿Será acaso que ni llega ni ata

en su infinita claridad ahogada:

como cielo en elípticos cristales

donde palpita el rayo de la nada?

Si por ley natural pudiera verme

tal cual soy, sin reflejos y sin sueños,

me parecería a mí mismo extraño,

sin poder distinguirme; la mirada,

—globo de blanda luz y dura ley—,

no podría llegar a sus fronteras.

Acaso, en el uno indeterminado

podríamos mirarnos, pero nunca

en el uno total, que nos haría

volcán de confusiones la existencia.

 

 

 

 

 

 SOLILOQUIO

 

Soy ignorante y no me explico el mundo,

no me explico el mundo;

Recia raíz del dolor en barro flaco,

en barro flaco,

que la brisa febril, me seca y pudre,

me seca y pudre;

sin embargo, la ceiba está en pie,

en pie…

Casi lo sé, Señor, mas no lo sé,

mas no lo sé;

el torbellino es ciego y todo arrasa,

y todo arrasa…

humano soy, y este dolor es de hombre,

que es de hombre.

Y miro en este espejo a Dios –su imagen—,

a Dios, su imagen,

que empaña a veces, ajena rizadura,

con Austro que no fija rosa alguna…

 

 

 

 

 

Ir a un país desconocido

y reconocerlo poco a poco,

saber que está ahí lo que nos pertenece

y que hemos tenido en letargo sombroso

pero que de repente lo tenemos

como en inocencia de recuerdo, absorto,

o tal vez de olvido,

y afirmarnos por estar ajenos al odio,

teniendo frente a frente la vida

lo que realmente somos,

pendón que nos invita

al solazado gozo…

Mas, viéndonos ya de vuelta, no queriéndolo

por amor natural al enojo

de realidades físicas,

viene otra vez a nosotros

el desengaño por no haber hecho nuestro

ese país desconocido, de antes propio.

 

 

 

 

 

El tiempo es un gran túnel que ciega cuanto existe,

que ciega cuanto existe y enmohece este bolígrafo

con que trazo estas sombras de mi muerte, y que deja

tras su correr, interminables laberintos;

y si no tiene prisa, es su marcha impertérrita,

—es ciprés en invierno, geranio en estío—,

dios más viejo que Dionisos que acaso muere

para seguir pintando de hermosura los lirios,

nadie le hable, que para nadie tendrá su flauta

músicas antes oídas; tiene él todos los signos

del cielo y de la tierra, mas, él es nada, a nadie,

pertenece, —¡y pensar que de todos es hijo!—,

con todos va a la fiesta, con todos va a la muerte,

pero todo ello, no es más que falso equilibrio,

porque él no va a ninguna parte, —ave o esfinge—;

dice él: “aquí estoy”, pero miente, sigue escondido;

de “conventos y flores”, o “flores y conventos”,

no es su juego, el de él, es de “llegaste y huido”,

que nunca lo veremos, para en todo burlarnos

por estar en el viento en diabólicos ritos…

 

 

 

 

 

En mediodía      

sólo queda el conejo

de vigilantes ojos,

saltarín del enredo

sitiador que nos halla

en todos los trayectos

con la flor y el geranio

en su hocico de fuego…

 

 

 

 

 

Apenas me conozco,

no sé quien soy

que al ir de mí, al otro,

ya no soy yo,

y me extraño de todo

en mi interior

tal como si anduviera solo

por donde voy.

 

 

 

 

 

La luz se encuentra,

sola en su centro

iridiscente;

su fulgor neto

se halla a sí mismo

en azul fuego;

constancia diáfana

de lo sin término.

 

 

 

 

 

Y todo se ha quedado

en el soñar primero

en pájaros nostálgicos

cantándole al misterio.

 

 

 

 

 

El olvido

del olvido,

lo no vivido.

 

Lo no vivido,

el olvido

del olvido.

 

Eso ha sido

lo vivido…

 

 

                             Página preparada por Alberto Martínez-Márquez

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