POETA INVITADA

 

 

 

EMILCE STRUCCHI nació en Florida (provincia de Buenos Aires), Argentina, en 1956.  Es poeta, cuentista, psicóloga organizacional y profesora universitaria.  Ha obtenido varios premios en certámenes nacionales e internacionales de poesía y cuento, entre los cuales se destacan: Primer Premio Refugio de Poetas 2002 (España), Primer Premio en Poesía y Segundo en Cuento Biblioteca Popular de Olivos y diario El Clarín 2002, Segundo Premio en Poesía Certamen Internacional de Cuento y Poesía Fuego, organizado por la editorial Schedir 1999 (Argentina).  Ha publicado el poemario Los trofeos del abandono (2003) y el libro de cuentos Pleno de ausencia (2001).   También ha participado en antologías poética de su país y en foros literarios de la internet. Su página electrónica es: http://usuarios.lycos.es/andarpoetico. 

 

 

 

 

 

                 I

 

el poema hila el silencio/ entre dos casas/ inexistentes

                                                            María Negroni

 

 

perdón por el silencio,

por este presuntuoso afán de indulto

 

no se trata del éxodo

sino de una emboscada que siempre traman mis dos partes

 

son las casas que no tengo

son las depredadoras tensando lo que soy

- con los brazos en cruz -

casi hasta desclavarme

 

perdón por la crueldad y la lujuria

por este vicio refinado de luz a contragolpe,

de vorágine que refracta la luz

y yo del otro lado, del otro lado yo,

el testamento,

la deuda perdurable

 

perdón por la soberbia costumbre de interrogar

- esta desesperada pretensión de desentrañar la cifra

el vértice imposible de la cifra -,

por estas nupcias con lo que no ha sido en mí

y me deshonra

 

asolada así,

 

recluida en mi derrotero voraz

la fracasada apelación a la palabra que no alcanzo

 

 

 

                    II

 

un día desperté con manos rotas

pronuncié mi adiós

- lloro aún la despedida, mi cieno mordido,

esta desnudez mutilada que aguarda lealmente -

 

perdí la ruta, mi destino de arañar sobre piedra,

el irreverente capricho de cavar hondonadas

 

abandoné el áspero ropaje de indagar y con fervor me dediqué a la pérdida

 

 

hoy mi remoto cuerpo

persigue sus manos con obstinación

se arrastra, se violenta

 

sangra la carne fatigada, en el umbral de la palabra

 

 

 

                    III

 

tengo un poema destrozándome las manos

una fe que atraviesa mi piel

desgarra los músculos

busca estas venas

 

tengo los pies pisando roca encendida

y un quejido sin tregua

 

me pregunto por la perpetuidad del dolor

no obstante, sospecho que celebrando alegorías cantaré

cantaré el rocío, la aridez, la faena y el hambre

el pueblo y su agonía

 

quién sabe si conquistaré esa libertad...

 
 

 

                    IV

 

Asir el espejo. Detenerlo. Forzarlo. Construir el poema.

                                                                    Rubén Vela

 

 

disponerse a oír la voz en ruina del mendigo,

el lugar donde somos emperadores del destierro

cuando no hay cerrojos ni enigmas para escaparnos de los huesos que arden

 

y la garganta seca es un vestigio de hombre

que nos justifica desde el abismo hasta la luz

 

y siempre sombra

 

defender al otro poblador que nos habita,

como late el sueño en las rejas del cuerpo

o la plegaria en el desprecio

cuando avanza el clamor o se abre el cielo que tenemos vedado

y somos nosotros el grito, los silencios

 

ser casi palabra que revive, cae o dignifica

 

desposeer las manos, arrancarlas

“construir el poema”

 

 

 

 

EN ESTE MUNDO

 

A María Adela Renard

 

 

Insisto.  Esta inquietud

y esta múltiple soledad muerden y avanzan.

 

Ostento mis cadenas de ser mortal ahora y desconocer

qué he sido antes, en qué me convertirá

el futuro instante del minuto,

la noche, la próxima semana,

 

estas jornadas verticales

agudas como lanzas, rosas negras, destierros.

Sepulturas.

 

Todo se congrega en los aledaños del silencio,

se funde en el centro. Me viste de hoy. Me despedaza.

Es rúbrica que testifica la sospecha:

 

a fin cada uno es su propio verdugo

culpable de cierta impunidad en el infierno de otros.

La tediosa tarea brutal de andar en este mundo.

 

Y de ser hombre.

 

 

 

 

PARECIDO A LA SOLEDAD

 

Con frecuencia acude un cierto desencanto

a morderme la vida.

Se anuncia como algo parecido a la soledad

que se instala en el cuerpo.

Lo aprisiona, lo excluye.

Lo esclaviza.

 

Con frecuencia sucede que las nubes

asesinan la luz y exigen mi reverso,

como la noche reclama el comienzo de una nueva jornada.

 

Más de una vez ocurre, simplemente,

que vuelve a perecer la parte que no fui

fui—por tanto insistir en ser yo misma—.

 

 

 

 

TODO LO QUE CALLO

 

En los huesos el tiempo azota y calla

            Ana Emilia Líate

 

 

Todo lo que callo

son mis silencios de miembros amputados.

La originaria certeza

de viajar vestida de exterminio,

de fin y azogue inclaudicables.

 

Todo lo que callo hoy

está conmigo en lo que fui y en lo que espera.

Larva encendida, negra mariposa.

(O tal vez luz de mi ceguera fecunda).

 

Sin embargo me desplazo con serenidad,

vuelo expuesto a ras de cruces.

A máscara ajusticiada por campanas de memoria.

 

Lo que callo

es solamente lo imposible:

la parte del espejo que me llama

 

y aún no escucho.

 

 

 

 

EL SITIO

 

El sitio que soy

 

(Esta tiniebla peregrina hacia sus huesos

Esta tumba de espectros que alberga tantos duendes

Este cuerpo minúsculo y sombrío

Esta sed de lluvia

Este quijote disfrazado de hombre

Esta descarnada luz

Esta dicha de sobrevivir tantos combates

Esta voluntad de ser y de morir al mismo tiempo)

 

es

una morada incómoda.

 

 

 

 

ENTRE DOS SILENCIOS

 

A Joaquín Gianuzzi

 

 

Ha quedado entre nosotros el único capaz de conmover al mundo.

Lenguaje

que nos pulsa como a instrumentos de cuerda,

tensas cuerdas entre dos silencios.

 

Señal de dolor en una tierra excluida.

Desbordada flecha de traición,

hendidura en la carne.

 

No obstante, ha subsistido indemne la memoria.

Esta intacta pasión clandestina

 

que no se doblega a su morada de presente.

 

 

 

 

DESPUÉS DE TODO

 

Siempre se puede no llorar.

         Héctor Tizón

 

 

Vendrán después de mí y de todos.

Llegarán al atardecer del tiempo lánguido y marchito

para inventar el espejismo, un encuentro invisible,

una mañana que jamás existió

—total quién sabe—.

 

Llegarán con los rostros dolientes

y sus ropas oscuras,

estarán aquí cuando los pájaros del amor anuncien el fin.

 

Acudirán para suplicar alguna lágrima imposible

(tal vez una traición).

Y despedirse.

 

Serán inútil intento de piedad. Herejía ferviente.

Cuervos de silencio.

Pero no importa.

“Se puede no llorar” la muerte de los otros

 

(que es la mentira de la propia muerte).

 

 

Página preparada por Alberto Martínez-Márquez

 

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