
Elizabeth Robles. Nacida en Camuy,
Puerto Rico, 1960. Estudió grabado y pintura en la Escuela de Artes Plásticas,
San Juan, Puerto Rico, así como en Pratt Institute, New York . En el 1997 se le otorga el premio en pintura por El
Fondo para el Financiamiento del Quehacer Cultural del Instituto de Cultura
Puertorriqueña en San Juan, Puerto Rico.
En diciembre del 2005 publica en edición de autora (30 copias) el breve
poemario titulado Tú, Cascabel. El mismo fue encuadernado y cada portada
ilustrada en original por la poeta/artista. Su poesía ha sido publicada en la
revista Mangrove (dic.05) y en el libro A la mano
(2005). Su primer poemario, Poemaherida, se publicará
en la primavera del 2006 por Ediciones Terranova.
I.
Donde la sombra se torna
arenosa
y la noche más fluida que el
desierto
alucina tu piel mi recién
gota de humedad.
II.
De seno inapacible
poco benigna hembra
devota
te ofrece estremecida solicitud vidente
inconfesable engullir
desarma mis dos yemas blancas
trémulos deseos felinos en el fondo
de un lago muerto
III.
Desgarro la asadura de la noche
Ah quedan tus ojos turbios
en tiritante
reclinada oscuridad
Fulgura aún un instante en mi labio
grosero
que embulle completa la melancolía
de una memoria
Ah
alarmante guarida malévola
hasta la orilla del oído llega el
desasosiego
Brumosa distancia extirpa la
ceguera
voraz y depredadora
Luna sin aguijón
Ah deseo de un ser desposeído en la
noche
arranco por mis garras
Felinamente
estoy en celo
IV.
Cadáver
de besos resucita—da
de
lengua
gravemente furiosa mi anatomía
labial
única
blasfemia
entre el juego de dos
siniestra extremidad
de gato
delato
esa presencia de los cuervos cerca de los despojos
V.
Oh hechizo del poema
ni el
temblor del agua
ni
remolinos del cielo
igualan el
ondear de tu cuerpo
encarna de hinojo el sueño inasequible
estoy en el murmullo de la hora de su sombra
Oh ardor que me rehuye
tomó el paso
dando vueltas al foso
que cavó en la palma de mi caricia
Oh oscura ceniza aún
de noche repta
estallido de música su cascabel vibrante
Ópalo Luna
de fuego y de tiniebla
Tras mi cabeza
su ritmo implacable
de noche por los rieles
se desplaza,
línea
incierta tendida hacia delante
entra,
monta el borde del canal;
su huella en frotación insaciable
dirige el código,
amanece por—
venir en precisión.
Corta el índice enredado el hilo de
la sábana;
truena mi mano.
Irrumpe: recta en la cama
mientras el brillo de su flecha
atraviesa; en surcos
reflejo al acecho afila movimiento,
alas riendas: de dos.
Sin mostrarse a la vista
la puerta
abre sus vagones,
desliza,
encrucijada en su cruce, convergencia en gris.
En encuentro invisible la fricción
ofrece su chirrido;
tras mis parpados cerrados sueña el tren.
¿Será tu paso de largo,
repetidamente,
el que desgrana?
¿Será la cola de un gato,
desmembrado,
objeto de la buena suerte?
¿Será?
Siempre serás el que carga la forma de lo desconocido.
Sofocado en la herida cargas
escondite, jardín
deshabitado,
espejito de filo saturado
sed ciega en alarido alargas.
Azogue de éxtasis, sangre amargas
cuello en sequedad, origen dado.
Zumbido, turbulento, destallado,
conjuro en muro, temblor aguardas.
Espejo llama y anochece riesgo;
indiscernible espejismo abierto,
en miles de partículas tu
sesgo.
Atmósfera que interroga, juego.
Arena, hay algo que debes escuchar:
silencioso pacto esparce fuego.
La palabra asediando a deshojarle,
fuga de luz crujía su hilo esbelto,
aleteó su espada y dio disuelto
corte de noche; firme despertarle.
Sueño fluía, extravío es recordarle.
Un besar para dos, óvalo suelto
mientras, un túnel llama a un envuelto
en piedra. El mar flecha al entornarle.
¡Líquido, sal mueve! ¡dientes, núblalos
y las esferas suenen a que llueve!
Cien ojos de aire en la sola boca a los
tres labios traspasa, el vibrante nueve;
que a la Venus arqueada en los pétalos
la palabra,
convulsiva, le lleve.
Penumbra
esparce nostalgia en el oído
balsámica voz
que desliza la muerte
en lustre —de húmedo olor sus espirales—
por el lazo de mi cava
cuando esa esquina azul en el labio
—risa de
jugoso rojo carmesí—
recoge el peso del viento y
lame en el peligro de desatarme
en tan mínimo
terso
movimiento:
de mi boca, ciego cincelar.
El alba y el crepúsculo se le escapan al tiempo,
veloces fluyen hacia el abismo:
borde abierto al instante, parte.
El costado centellea la ternura cálida que aguarda,
y dice mi voz al viento:
Ralladura,
¡al fin, os traeré la morada!
Preparado por Alberto Martínez-Márquez