
ELIDIO LA TORRE LAGARES
Nacido en
Adjuntas, Puerto Rico, en 1963. Elidio La Torre Lagares se ha destacado como poeta,
ensayista, cuentista y novelista. Formó
parte del grupo Puertas, importante
colectivo de poetas que reunió a destacadas figuras más de la Generación del
Noventa. La Torre Lagares tiene a su
haber tres libros de poesía, Embudo, Cuerpos sin sombras y Cáliz; un libro de relatos, Septiembre (2000; mención del PEN Club
de Puerto Rico); y dos novelas tituladas Historia
de un dios pequeño (2001) y Gracia (2004), publicada por la Editorial Oveja
Negra. Como ensayista, La Torre Lagares
es colaborador regular de periódico El
Nuevo Día. Actualmente dirige la
editorial Terranova, dedicada a la difusión de la joven literatura
puertorriqueña. Textos de La Torre se encuentran en http://orbita.starmedia.com/~elidio_latorre/.
FUNDAMENTALMENTE
Un
hombre es dos cosas:
lo que hace y lo
que sueña,
no lo que dice.
Un
poeta es cosa aparte,
porque sueña lo que
hace,
dice lo que sueña…
aunque uno que otro,
hace que hice.
En
esto se parece al hombre,
que a veces dice
que hace.
Pero
un hombre es
un mero mortal
que juega a ser Dios;
el poeta
simplemente es Dios.
SILENCIO
El
silencio tiene un par de alas de cristal
que bate con la
parsimonia de las vacas.
Su
multiplicidad es un vertedero
donde se
personalizan los desechos.
El
silencio es una máscara,
es un tintero.
El
silencio transmuta,
escucha los latidos,
hasta eco a las
ideas secretas.
El
silencio es camaleón-
es higo-
es serpiente-
es árbol de la
sabiduría.
El
silencio es caracol.
El
silencio es mar.
Hay
hombres bicéfalos- cabeza y televisor-
que le temen-
y le temen
tanto como a la oscuridad,
porque
para ellos,
el silencio
es imagen de lo
desconocido-
es reflejo
negado-
es la voz
de sus miedos.
Desde
entonces,
existe el ruido.
AL
FILO DE MIS ALUCINACIONES
Por
un tiempo pensé,
al filo de mis
alucinaciones,
que comía la
carne
de la que
únicamente despegaba sus labios
para proclamarme
muerto-
a quien su
voluminoso cuerpo traicionaba,
al final de las
ideas,
ruda e
inaccesible,
estrella de espesura
en la oscuridad de mi sed.
Muchas
veces no te encontré, pero siempre fuiste consistente:
ignorancia y costumbre,
predecible como la debilidad.
Fuiste
aguaviva nadando la luna, clavija y diapasón
de las cuerdas
que afinaban mi presencia de múcaro.
Luego,
el lapso suspendido en que la hipnótica ciudad
consumía la distancia
entre los dos,
como un puente de
fuego estrechando un vacío.
Mi
último recurso vital siempre era una mirada
que se perdía en
las cavernas de tus ojos-
mirada que siempre
codificaba el estupor de mis páramos.
Tal
vez, estoy seguro-
al filo de mis alucionaciones,
incubabas tu ardicia por mi sexo incipiente,
dejando el
esclavizante sabor a dedos de sábila
en mi valle de
lengua,
cada vez que te
llevabas contigo la necesidad de llenarte,
y me llenabas
de necesidad.
Hoy
día, no sé quién salía ganando al final de la transacción
que hacía de
nuestros labios una sola ceniza de niebla-
que regaba vida
cada vez que temblaban nuestros cuerpos.
[mariposas para Lorca]
Pienso
mariposas para Lorca
mientras sus
perros de plomo
ladran a la
luna
que se
tiende
sobre el
pavimento
infinito.
Mariposas y mariposas
para Lorca,
para que no
hieda
el agua
podrida
que se mete
como un
elefante fantasma
por los
balcones
que dejamos
abiertos.
Mariposas para Lorca
para que las
palabras no sean
esa mentira
relativa
que crece
en los matorrales
de los ojos,
en los
oasis de la mente,
en las
ciénagas del alma.
Ay, que se me parte
la vida
porque la
sangre
carece de
puertas.
Mariposas para Lorca,
qué más, o
qué menos,
para que no
le manche
el olvido
que se
derrama
de los
tinteros secos.
Mariposas para Lorca,
para que
despierte el sol
para que
beba de los cielos
como vacas
de litio
que dan
leche eterna.
Mariposas para Lorca,
para que el
alba purulenta
no macile
su calma
aunque el
gallo de hierro
cante tres
veces
y se abra
en el concreto
como una
traición.
Mariposas para Lorca,
para que al
menos
la tierra
se haga
imputrescible
y el río
cante
en su
camino anélido
hacia la mar.
Ay, crisálida de oro,
hazte sorda
ante el
canto
de las
adelfas.
Mariposas para Lorca,
para que
dejes de sollozar
mientras afilas
la navaja,
que el
planeta
es
simplemente
una bola de
cristal
en tu mesa
de noche.
Mariposas para Lorca,
para no
derramar
el alma
en el vaso
de la muerte.
[cambio de piel]
Se han agotado las palabras
como cuando se le cierra el paso
a la lluvia que rema hacia el vientre
del sol.
El mundo se ha hecho distante y paralelo
mientras mi corazón, que es un horno,
come leña de las memorias.
Las últimas brasas de unos besos
se extinguen
y entonces me percato
de que todavía tengo labios.
La lluvia cae lentamente
como el vuelo de un velo
mientras las nubes tejen perezosamente
cada escuálida gota de agua.
La luna se prende como un talismán
y el sol la corteja y se posa sobre
ella
en celebración del solsticio.
En algunos libros,
es una cópula aciaga;
en otros,
un evento circunstancial del aparato
cósmico;
pero en todos
se fija la prueba
de que nada es acíclico.
Desde mi ventana
Veo los estambres de una flor
bailar como ninfas en celo
y el viento se une al ágape.
En el cáliz, el pedúnculo espira
criptogramas de nebulosas
que se repiten
como las estrellas mismas.
Es un poema que está
en constante construcción.
Es el lenguaje de las estaciones.
El idioma consubstancial
de todas las cosas.
Es la frágil música de los espirales
que revuelve en su curso—
la soledad muda de la eternidad—
la espera inmortal por la ascensión
de todos los silencios—
la calma de los sueños
donde se criban las palabras
y se beben los poemas
como desde un río.
De orilla a orilla,
suele tenderse
una gran sinalefa
que los humanos
hemos denominado tiempo,
que sólo hace de sufijo cuando se sueña
y de prefijo cuando se recuerda.
De lo contrario,
es un signo en presente participio,
el dinamo que riega
las huertas de esperanza
donde quiera que existe
un corazón a medias.
Huertas de esperanza, pido,
a lo largo del camino
que la voz enclavija el aliento
para hacer brotar vergeles
desde las tierras
más sequizas del alma.
Ya llegará el momento de la vendimia.
No será hoy.
Tal vez no sea mañana,
pero llegará.
Y todo será nuevo.
Yo estaré en las esporas de los helechos.
Yo estaré en la brisa que seduce las palmeras.
Yo estaré en la lluvia de los días grises.
O simplemente seré hombre de arena.
Prendido de un sueño,
me he sentado a escuchar
al cielo crujir como el acero
que se debilita en el fuego,
mientras los poemas caen
como dioses de agua
en su ínsito
nacer
y con mi mirada de aguja
persigo el final del cielo.
Ya antes yo había
calzado los amaneceres
y había vestido los crepúsculos;
y hasta pretendí envasar los recuerdos
como luciérnagas en un frasco de cristal,
pero la vida fluye—
un torrente eléctrico—
incontenible, siempre cambiante—
y su estela se imprime
como un tatuaje de historias,
evocación
a lo que
deja de ser.
Yo recuerdo cuando mis manos
eran quirománticos mapas
de maravillas inconmensurables.
Con ellas, yo convertía los minutos
en flecos de paz—
pilotaba las nubes—
retallaba los árboles—
tendía los mares—
y cada gran respiro parecía poblar
el mundo de silfos,
hasta que llegó el día
en que tuve que cruzar la frontera
de la ciudad de los espejos
resquebrajados—
y el alma, como una flecha,
voló disparada a ciegas
sin la posibilidad del retorno
o del arrepentimiento—
simplemente el cumplimiento
de un orden constante
que gravita de la manera
que el mar esculpe los arrecifes.
De aquel mundo,
sólo queda la favila—
las nubes secas como pasas—
los árboles yertos como columnas—
los mares reducidos a lama.
De lo centrípeto
a lo centrífugo,
han pasado días
en que me he arropado de profundas
tinieblas
y noches
en que me han sobrado las estrellas.
Hoy mi sangre se ha vuelto fría
como la de los reptiles.
Pronto dejaré atrás
esta piel que llevo
que ya, en algunas partes,
cuelga como el telón
de un teatro abandonado,
o como el lienzo asesinado
de una pintura que nadie verá.
Dormiré sobre una roca
hasta que la luz del febo
se canse de entibiarme.
Inevitablemente,
me haré de cruces
con mi transparencia
preguntándome sobre
la forma de las cosas,
hasta que descienda
el camino diamantino
con la única respuesta.
Hoy, de alguna manera,
sé que me transfiguro.
Venga la muerte.
Hágase la luz de nuevo.
[ave fénix]
Prende en el cielo una rosa
que presta su aroma a mis versos—
pérfida y nítida se magulla
en el fuego de fétidas voces malsanas,
la víbora plasma sus dientes
en todos los cauces de la sangre—
mezquina sed de arenarme
en ese sol que se come mis alas—
el viento cepilla la larga cabellera del
mar,
de la raíz a la espuma,
le hace bucles de nácar que relucen
sin par bajo una luna fantasma—
se me hace que mi carne transparenta
el
claro en mis venas llenas de soledad;
se me hace que en mi corazón
se acopian los reflejos
de todas las sombras;
cada ladrillo en mi piel adosado
con la leche seca del toro estéril;
cada capullo cegado en la oscuridad
de los
murciélagos que guardan la bahía—
que ya han escrito mi muerte
con esperma de velas sobre las nubes
y se me acaba el pulso a medida
que la tinta languidece en la sal—
no me ciernan el aliento sobre el musgo
dormido
al pie de las murallas—
que nadie me pueble los derroteros
con gabazo y carroña—
un hedor de muerte
sacude la riada de espejos
mientras la gente lava la inocencia
de seda en los turbios ríos—
siniestro retoño de endebles suspiros
que nacen montaña adentro
como una espiga maldita—
que la parca engorda con la distancia de
los sueños
y las cruces se suman como zarzas
a lo largo del camino—
las pieles se hinchan de úlceras
que se constriñen como soles podridos—
¿qué pletórica cosecha reventará la tierra de
abundancia,
llenará de dichas la cornucopia
y apaciguará a los corazones
desperdigados?—
las nubes van corriendo como las ondas de
un río
en esta hambre de cielo,
albos arados que van deslizándose
sobre un tapiz de zafiro
que me besa los párpados—
las lápidas se compenetran
con el rumor incesante de la hierba
y riman en pétreas manos que van
rasgando
y punteando las cuerdas del arpa de
lluvia—
que se desplome el cielo, ya es tiempo—
que se haga la luz de nuevo, —
que del sudor de los hombres de esta
tierra
van naciendo policromas mariposas,
mientras las mujeres paren vergeles
por sus luminosas bocas marianas—
y salve la esperanza—
que de las cenizas
ha de levantarse
una nueva palabra.
[el color del corazón]
El poema se despierta en la vena
colige pájaros
de aire,
enciende árboles
de fuego
en la
frontera inerme del aliento.
El verso abre sus alas
como dos
abanicos de viento
y avivan
las piras
de la
memoria olvidada
bajo el
cielo del alma.
El signo asura secretos
que a veces
son como
pequeños soles
que le
prenden ese color
rubescente al corazón.
[Orión]
We could
plan a murder
Jim Morrison
Preparemos mi muerte
tierna como la pulpa de las frutas—
la sangre espesa sobre la piedra,
el acero truena en mis huesos,
el vuelo de las palomas,
sobre las heridas—
bajo la sombra del escorpión
que duerme sobre mi frente,
mal vino humedece mis labios.
Cuando el sol se siembre en su cenit
mis ojos se ahogarán
en la espuma del mar.
Yo me adheriré a la concavidad
del cielo
y me devolveré en lluvia.
Comencemos una religión.
Preparado
por Alberto
Martínez-Márquez