Augusto Rodríguez
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La espada de la enfermedad

 

 

 

Nada tiene que ver el dolor con el dolor

nada tiene que ver la desesperación

con la desesperación

Las palabras que usamos

para designar esas cosas están viciadas

 

Enrique Lihn

 

 

 

Nada tiene que ver el dolor con el dolor. Ni la desesperación con la desesperación. Ni la propia locura con la verdadera locura. Son simples artificios que inventamos para lo indefinible, para intentar dar significados a lo que no podemos nombrar de este lado de la orilla. Yo menciono la palabra sufrir, pero no estoy sufriendo como los que realmente sufren. Para los que sufren las palabras no existen, están viciadas, usadas como camiseta de abuelo o de padre canceroso, en un día borroso, sin fecha, ni recuerdo. El lenguaje es un gran mar donde nos hundimos pero no entendemos sus símbolos. Las palabras son banales instrumentos de sonido que no nos llevan al final del mar. Para conquistar el mar debemos luchar con la espada de la enfermedad y del vacío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta lengua que no me pertenece

 

 

La tierra prometida no existe. El paraíso no existe. Nada somos en esta tierra que no sea enfermedad que palpita a cada instante y en cada hueso. En este espacio entre tierra y ojo, que no sea dolor de arterias y sílabas. Entre esta lengua que no me pertenece y la que me dieron como gracia divina. Todo es silencio y bullicio entre la sien y mis manos. Sé que es temprano para irse muriendo entre el corazón y el pulmón derecho. Pero ya no hay hígado que nos aguante ni dolor que levemente soportemos, sin dejar de respirar y de exhalar, sin que seamos pura carne y latido por este cuerpo lleno de vocales y cenizas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desnudos en la intemperie

 

 

 

La palabra debe ser la llave

que abra las conciencias.

Abrir las puertas que nos separan

desafiar el pensamiento

y estremecer nuestra mirada horizontal.

 

Debe arrancar nuestros ojos y regalarlos

a los viajeros de otros mundos.

 

La palabra debe enterrarse en nuestra memoria

y dejar que nos descifre desde adentro.

 

Incendiémonos el cerebro

y quedémonos desnudos en la intemperie.

 

 

 

 

 

 

Los envenenados

 

 

 

La serpiente de la palabra

es una enfermedad agónica

en nuestra lengua.

Es mi debilidad

mi dolor que no es un simple dolor

un túnel indescifrable.

 

Me entrego a este vuelo luminoso

que no es una simple trayectoria lineal

de ave o rayo,

es algo más desenfrenado.

 

La serpiente de la palabra

no es simplemente un reptil

que se divida en símbolos

significados y significantes

al oído de los mortales

que vivimos espiando sus huellas.

 

Tengamos precaución

de no morir envenenados

que todavía hay luz y no todo es noche.

 

 

 

 

 

 

Un río invisible nos divide

 

 

 

La música no se logra

con arte de magia.

La palabra nace

porque tiene un rayo interior

y necesario a nuestros ojos.

Es un rayo que estremece

hasta al más ciego del mundo.

 

No todo es silencio y bullicio

en las calles donde murmuramos.

Ni desenfreno y fiesta

entre tus manos y mis manos.

 

Hay un río invisible que nos une

y nos hace enemigos.

Somos domadores

de serpientes y de bestias.

 

Falta mucho para cruzar

el puente de la luz que nos lleve

a la tierra de las sílabas.

 

Por desgracia, no nacimos hace siglos

ni tenemos el sacrificio suficiente

para alcanzar la orilla

de este río invisible que nos divide.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay música ni hay manos

 

 

Yo canto contra las espaldas. Así los brazos no me acompañen. Bailo sin ritmo hecho un trompo y un timbal. Mis huesos giran en su eje y se mueven al ritmo de las hojas de tu cuerpo. Mis piernas son dos cuerdas de guitarra que nadie toca porque no hay música ni hay manos. Mis dedos te acarician el pulmón y penetro en tu pasado. Mis párpados son pequeños mapas que me llevan a conquistar tu reino de miseria y abandono. Mis uñas son helicópteros que giran en tu sien. Danzo al pie de tu boca y así no desees tu risa es una sandía mordida.

 

 

 

 

 

 

La sombra del asesino que desconozco

 

 

Somos elementos de dudosa elevación. Trayectorias con direcciones inexactas. Un poema que no tiene columna vertebral pero que penetra en las distintas imágenes de la muerte. Una mentira callada entre tus labios y mis párpados. Una mano difusa que se sacude los animales dormidos.

Un tatuaje de amor y de dulces oraciones. Una alucinación de té. Una noche con diecinueve cabezas de vacas arrojadas del fin del mundo. Una lámpara que se clava en los ojos de los ciegos. Un árbol que palpita su hueso húmedo. Una lengua de cera que se vuelve transparente para las abejas. Una víbora que se moviliza con el humo. Unos brazos de vidrio que tiene una joroba en los dedos.

Una música al ritmo de una página en blanco. Un oído que añora fábulas de niños y de ancianos. Un pez que vuela en la sombra del asesino que desconozco.

 

 

 

 

 

 

Las criaturas de la noche

 

 

Las criaturas de la noche son elementos blancos de espacios no definidos. Argollas de un dedo cojo que salta en un jardín. Banales discursos de hombres engañados por sus ojos. Labios que besan el abecedario de Rimbaud. La poesía no sabe otra cosa que desquiciar el cerebro agotado de la abeja mayor. La palabra es una bala que entra y sale y se divierte en las muelas de los ociosos. El reloj es una nave espacial que no entiende para qué los minutos pasan de una esfera a otra. Las uñas de las aves se ríen de los hocicos de los chanchos inmemoriales. Hay enfermos por todas partes. Ellos están cruzando el muro de mis sueños para saltar para siempre a la catarata de la luz. La oreja escucha la llegada de trenes a selvas habitadas por dinosaurios furiosos y muy solitarios de cariño. Un pie salta de alegría por la llegada de los ángeles.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Augusto Rodríguez

 

 

 

 

 

 

Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) Licenciado en Comunicación social de la Universidad Casa Grande. Ha publicado los poemarios: Mientras ella mata mosquitos (2004), Animales salvajes (2005), La bestia que me habita (2005), Cantos contra un dinosaurio ebrio (Barcelona, España, 2007) y Matar a la bestia –recopilación- (Guadalajara, México, 2007). Se dedica a la cátedra y colabora en publicaciones periódicas con artículos, reseñas, entrevistas, comentarios literarios en el Ecuador y en el extranjero. Sus textos aparecen en varias antologías locales y en países como España, Chile, México, Perú, Uruguay, Venezuela y Argentina. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vásquez (2005), el Premio Nacional Universitario de Poesía Efraín Jara Idrovo (2005), Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía César Dávila Andrade (2005), Finalista del III Premio Internacional de Poesía Màrius Sampere (2007) y Finalista del VII Premio Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos (2008). Es uno de los fundadores del grupo cultural guayaquileño Buseta de papel. Ha participado en varios festivales poéticos, encuentros literarios, ferias de libros dentro y fuera de su país natal como el I Festival Nacional de Poesía Hugo Mayo, CCE (2005), Toda la poesía al asador: Encuentro de Poesía Ecuador-Argentina, Alianza Francesa de Quito (2005), Encuentro Nacional de Literatura Ecuatoriana “Alfonso Carrasco Vintimilla” (2005), Expolibro, Feria Internacional del Libro en Ecuador (2006-2008), FIL, Feria Internacional de Libro Guadalajara, México (2007), I Festival de Poesía Joven Ecuatoriana Naranjal (2007), III Encuentro Latinoamericano de Poesía Actual “Poquita Fe”, Santiago de Chile (2008), I Encuentro de Jóvenes Escritores Latinoamericanos del Alba, San Cristóbal, Venezuela (2008) y el I Festival de Poesía Joven Ileana Espinel, CCE (2008). Parte de su obra poética está traducida al inglés, al catalán y al francés. Poemas suyos han salido en importantes periódicos y en revistas impresas o virtuales de Ecuador, México, Argentina, España, Colombia, EE. UU., Chile, Canadá, Venezuela, Perú y Uruguay. Editor de la revista literaria El Quirófano.

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