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Miguel Guédez |
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Si tu piedra barata pendula
Si como el fuego al mar levanta te viertes, te ensanchas abres mi espina y sacas de no sé dónde mi alma Si desde los confines me habitas Si cabalgas la locura y me deseas en sosiego Respóndeme, alma mía, saeta insomne, clavellina Si nos amanece el amor entre cañones ¿Quién osaría río turbio o sereno? ¿A quién el pasto, el hielo? Las válvulas de escape del infierno
Si tu piedra barata pendula Es aire, es risa Manotazos en la frente Olas vencidas arrojadas a lo lejos Entre el mar vivo y el mar muerto
Aguamanil
Rompe, quiebra la estrellada ausencia de tus ojos en el aguamanil de tierra donde se lavan los años, la cordura
Y si no hallas tus ojos en la intemperie ni en la inocencia de los niños calla, disimula acuéstate sobre la nube más dócil y olvídate del tiempo y del viaje
Celebración
Si todos y cuando decimos todos es porque nadie hay En los volcanes en la refriega de la llovizna Sólo la huidiza melancolía que cae sobre los hombres Y en los hombros se hunde y nos picotea el destino La rueda: traquetea en lo chueco de los huesos y nos deja pegado el olor a bosta del tiempo La flama: cólera de dioses insepultos por la imaginación Nosotros: diminutos al caer Inmensos en la locura y el desamor Ardemos pero a la llama arrojamos baldes de miedo Soñamos pero tenemos jaulas en las manos para las mariposas Si todos y cuando decimos todos es porque nacimos de la misma flauta Y cuando oímos la corriente ella deleita a quien esté pronto a sus piedras Amanece igual entre las piernas que entre los demonios del carnicero Y los olores y los rayos y las dagas Si todos y cuando decimos todos es porque todos mueren Y de cada uno se espera la mejor flor para enamorar los cuerpos Y cuando decimos para enamorar es porque decimos no a la muerte
Hachazos
La noche es un puma desollado No hay duermevela ni velamen en los naranjos La luna pesa diez gramos en los labios de una niña De hachazos y destajos se hace el límite de los labios luego deviene en piedra, muros La perdiz en descenso mortal es infinita En el ocaso del abismo hay un tigre Hoy arrojé una moneda al sombrero de un flautista En busca del mono que agita tu vientre Tu vientrílocuo o aire espacial La noche es un puma desollado Retorciéndose Sangrando estrellas
Restaurant
El tiempo, cuando uno se sienta, pareciera que vuela, pero no es así. Uno estira los dedos del pensar, se da dos palmadas en la panza, y bebe. Uno está solo, claro, entonces se es atento, aunque no parezca, y asalta sigilosamente las mesas, responde preguntas necias que otros se hacen, hurta el cigarro de un ebrio dormido, y le atrapa la mirada en el aire a una mujer con mucho sufrir encima. Uno ya no espera, uno asume ser horno y pan, no ser tiempo. Uno se entiende con el fuego y permanece voluble al viento. Uno llama al mesonero, pide tal vez un gesto humano, antes que otra cerveza.
Si el mesonero no existiera Si no existiera el calor del habla en derredor Uno sentiría a la oruga deteniéndose en el alma preparándose para una larga espera.
Si fuésemos lo que somos
A Ana Paula. Por su cintillo de alegría en mi frente.
Yo no sé Qué niños Qué flores Qué ángel Atraviesan los cuerpos Acallan ligeramente al silencio El tiempo es una vara que cruza las esquinas El tiempo es un sueño que hechiza las esquinas de la vara El tiempo es un hambriento que camina
Yo no sé Qué limas Qué planetas Qué alas Atraviesan los cuerpos Danzan al unísono con el alcohol bajando por todas las gargantas La tierra es una manzana de besos La tierra es el pan en la mesa La tierra es un animal que nos sustenta la vida
Yo no sé Qué nidos Qué anillos Qué ruedas Atraviesan los cuerpos Sospechan al oído del mar Las manos son la extensión ridículamente bellas del alma Las manos son el pulmón alcatraz de los amantes Las manos son la cúspide de los ciegos
Yo no sé Qué hay Qué pasa Qué nace Cuando se atraviesan dos cuerpos Y la libertad embruja de aires el hogar La canción es eterno movimiento La canción es un adiós de regreso La canción es un caracol dentro de un caracol
Ahora creo saber Las huellas valen lo que vale el cielo Y un paso adelante vale lo que nos trajo al universo.
Trenes
Los trenes abren paso al tiempo restallan, acuchillan las nubes no saben de esperas ni decepciones del corazón
Arden las calderas Dentro, todo se vuelve migajas de humo Fuera, ascendemos y nos esparcimos Las agujas de los relojes dejan de ser herida cuando se está pronto en las piernas
Zumba horizontal y vertical el pitido El camino invisible, vapor El camino se hunde, gutural
Los trenes pasan desmemoriados Pero nosotros, detenidos, no olvidamos los viajes
© Miguel Guédez
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Miguel Guédez. Poeta y cineasta venezolano (Caracas, 1983). Actualmente estudia Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Ha cursado talleres de poesía y narrativa en la casa editorial Monte Ávila. Poemas suyos han sido publicados en Plátano Verde, Inmedia Res, Jaula Abierta y en el periódico Ñángara. Igualmente, tiene un ensayo publicado en la revista El Salmón. Ha dirigido ocho documentales, entre ellos Ensayo sobre poesía, Eleazar León y Privados de libertad, no de capacidad. Asimismo, ha colaborado en la realización de otras obras audiovisuales. |
Revista Literaria Remolinos