Omar Alberto Santos Balán
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                                                                   No podemos vivir eternamente rodeados

                                                                   de muertos y de muerte. Y si todavían

                                                                   quedan prejuicios hay que destruirlos.

                                                                   El deber, digo bien el deber del escritor,

                                                                   del poeta, no es ir a encerrarse cobarde-

                                                                   mente en un texto, un libro, una revista

                                                                   de la que ya nunca saldrá, sino al contra-

                                                                   rio, salir  para sacudir para atacar

                                                                   al espíritu público, sino ¿para qué sirve?

                                                                   ¿Y para qué nació?  

 

                                                                   Antonin  Artaud

 

 

 

 

 

 

Y ESTO QUE NO SE EXPLICA

 

 

 

Y la estirpe de la impiedad y los crímenes comerciantes

de la desmemoria y el suplicio que instalaron su catedral

de penumbras que levantaron los muros de la infamia

perpetraron el insano circo el espectáculo enloquecido

de la quimera para que se borre del cuerpo la plegaria

para que se extravíen las amorosas monedas del infante

y este sarcasmo inagotable de la estatua y este estúpido

autoaniquilarse este maldito fango donde se bebe donde

acaso se arrodilla la especie.

 

Y el corredor donde llegaban las joyas del impuro  el

inenarrable guiñapo de los elegidos donde una cuchilla

o una hiriente carcajada son pertenencias del insano poder

amantes de esa feroz deidad que combate en nuestras noches

que castiga a nuestra sangre  de esos dioses innobles

que nos niegan las sinagogas de la palabra  las madrugadas

del fruto y el proverbio.

 

Y este boulevard de apariciones  estallido de palabras

torpe salutación de la embriaguez  esto que pasó por

la patria anegada de señales  brava argucia que no pidió

permiso  habla de lo alto  dice de lo bajo  ya sea del beso

en el álamo  ya se sacude por el grito  y este péndulo

de emociones  gratitud del vértigo  ya aparece en el jardín

de la casa  ya se agita por el oscuro hachazo  por el filo

distraído.

 

Y esto que no quiso ser país de hambruna  ni cuerpo de guerra

ni siniestra piel de suicidio esto que avisa del tratado cruel

de los encierros del poeta porque esto llegó del círculo

del candelabro de la conciencia y esta sangre que calló la furia

débil remanso de la historia esta humedad de los signos

ha llegado como abrazo que nos conoce es lanza de verbo

que ruega que no se desentiendan ha llegado como planta

amable unicornio fatigado que no se desentiendan del recoveco

Oh grandes seres cuerpos del barrunto que alguien nos explique…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN UNA CAMA

 

 

En una cama el ángel puede insistir

por los recuerdos, o bien,

podemos instalar

un poco de ternura,

un  manojo

de agradecimiento.

En una cama por ejemplo:

ya un poco devastados, zombies

sin patria, muchachos imposibles,

se puede recordar bajo

el día del estupor,

que en ella se extendió

la psicosis y la jeringa,

las memorables fotos del terrorista,

el padre nuestro  de la zorra enferma;

se pueden ver abiertos los libros

y los grandes estiletes del suicida,

se puede recordar el cansancio

de Dios, sus ojos nublados

por haber martirizado

las tentadoras entrañas

de la puta.

 

Y si de los ventanales  de la memoria

llegan señas, aires antiguos,

hojarascas de temporal,

si avanza el relato y el barrunto

de los orígenes,

vemos, indudablemente,

la morbosa caricia de los hermanos,

el forcejeo de sus vientres

como confesando,

como ofreciendo nuevas pieles a la moral.

Se recuerda el llanto de los niños,

sus ropas desgarradas,

el terror en sus ojos

al ser obligados a fornicar,

a estar prestos ante la cámara,

sujetos a una toma degradante

a un intenso flash-back de penetración.

En verdad  que faltaría oscuridad

y palabras:

en una cama se le rinde culto al amor,

a la nostalgia,  a la perversidad.

 

 

En esta comodidad del tiempo

se verían desadaptados,

amorosos, ruines o enfermos.

Recordaríamos esa reunión

de mandatarios ebrios, derrochando

las utilidades de sus naciones,

los mandatarios obtusos

organizando sus genocidios

y guerras,

mientras las magdalenas se derraman

sobre ellos

como evas desaforadas, orines que garantizan

extraña redención…

Aparecerían escenas memorables,

vendría la burla de la especie,

se constatarían los recovecos

de la naturaleza; en fin, en esta cama

tan asediada y proverbial,

caerían las ridículas lágrimas

del genocida,

el frenético masturbarse del travesti

y esos manotazos  sobre las nalgas

de la infiel.

Y es cierto que vive esta cama,

más extensa que el recuerdo de los cuerpos,

es cierto que en ella han escuchado

las astutas confidencias del seropositivo,

las envidias y los fracasos,

las ineptas páginas del antipoeta,

pero llegas tú, desnuda, obscena, te dejas hacer

sobre mi almohada, le das cárcel

a esta errabundez mental, ya tu vientre

me reclama,

ya me escondes en tu bello pezón,

y me apagas las cavilaciones y las dudas

con la magnífica urgencia de tu cuerpo,

me ocupas, me atas

y en tu apresurada confidencia me das a entender

que la cama no es para improbables

puritanismos,

las torpes bagatelas, no es para filosas morales,

ni escondidos misterios;

elegida tal vez para los apuros, para el gozo,

para empezar a comprender

por qué las pieles buscan, repiten,

ganan, lloran, se enroscan torpemente

entre el desenlace y lo ambiguo,

bravos e imposibles

 

 

por qué se pierden

por qué buscan salvar…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ANTES PERO DE LA NOCHE

 

 

La noche en que bendecías, en que te abrías

como un remanso hondo e insaciable, como

bello oasis de la carnalidad, y yo tratando de esconder

el gemido de la criatura, la emoción que sella al peregrino,

 

la noche pero del antes

 

La noche en que nuestras frentes eligieron la hermosura

y la nube increíble, el primer roce, el mensaje obsceno

en el rincón de los cuarteles, y las ganas de nuestros labios

alejándonos del mundo, y esa lujuria de mis manos

rodeándote la cadera, a pesar de los fragores,

las conjeturas, los insomnes oficiales y su blasfemias,

 

la noche pero del antes

 

La noche de tu abatimiento: como la bastarda hija de

Jerusalem, desertaste, luego la noche en que traías

los escombros, los despojos de tu tierra Santa

sobre la espalda, y luego las vendas, la toalla,

el baño amable, y de pronto tú desnudándome,

 y yo sembrándote, a distancia del cerco, mientras afuera

el cráneo partido del niño, las entrañas regadas del

rapsoda, la arboleda aplastada por los regimientos del odio,

 

la noche  pero del antes

 

La noche en que llegaban zumbidos, avisos atroces,

nubes de escalofrío y la casa y los corredores eran

asunto de estrategias, de intrusos que veneraban

el lenguaje implacable, entonces mi verso hablando de tu nuca

ese tu silencio defendiendo el canto, lo alado de la vida y

la nostalgia de la frase; ese nuestro cántico que dejamos

sobre los años de la página como último gozo de la carne.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERRITORIOS

 

 

 

El lugar donde prohíben los recovecos.

El lugar donde el verbo se hunde en la llamarada.

El lugar donde se olvida el castillo y las emociones.

El lugar donde se ignoran los muñones de la infancia.

El lugar donde octubre es inédita rabia del arcángel.

El lugar donde el espectro escondió el libro y las monedas.

El lugar donde el lunes es cuchilla del profeta.

El lugar donde exhibieron las entrañas del indoblegable.

El lugar donde la linterna es llanto y proferir de la muchacha.

El lugar donde los espejismos son alimento del poeta.

El lugar donde el sexo es un asunto de la sucia moral.

El lugar donde el corcel anunció la orgía de los dioses.

El lugar donde el terrorista pidió el verso antes de la inyección.

El lugar donde nos harán beber el cáliz de nuestra propia sangre.

El lugar donde el que escribe estas vicisitudes se queda quietecito,

en el lecho, negando la máscara más hermosa de la fatalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL LLAMADO

 

 

 

Ya ves, ya ves, que nos llaman,

que algo muriò en el camino,

unos ojos aterrados nos miran

desde los àrboles,

ya ves, han destrozado la casa

que hemos olvidado al càntaro

y a los niños

como espantapájaros

sin voluntad,

como cobardes indescifrables

que se conforman con la soledad.

Ya ves, ya ves, algo de tì se arrodilla

algo que se enrosca como

extenso alarido,

que nos venden la duda,

que tal vez el vacìo y las tenazas,

y esto que nos fractura la palabra,

y esta noche que no acaba

en la impiedad.

Ya lo ves, ya lo aceptas,

te despeñas, te acongojas

algo nos escupe

algo de nuestro propio origen

nos rechaza.

Ya ves que fácil es cagarse de miedo,

que grandilocuente el ser contemporàneo

acabando con los pèndulos de su razòn.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA REVELACION

 

 

Cuando alzaba tu cuerpo

sabía de la estación colmada

y la estrella perdurable.

Alas de porvenir:

un día de suavidad

comenzaba en las decisiones de la piel.

El deseo te ordenaba

la pose más grosera,

la más desquiciante.

Entonces, yo sabía

de la fragancia ,

del pozo de la carnalidad.

Sobre mí te echabas

como brasa alucinante,

ombligo de ardor,

escondiendo meses

y orgullos.

Sobre mí la ondulación de tu sangre,

la tibieza de tus nalgas,

la reunión de humedades

lloviendo en el paraíso.

Cuando alzaba tu cuerpo

cuando se trenzaban las criaturas,

se perdía el unicornio en la noche,

se anegaba el origen,

las capacidades se absorbían,

y anegarnos lentamente,

acabar era la cura, la revelación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PERDICION

 

 

Ahí tendida,

oh, suave muchacha

del Edèn,

irremediablemente  arrojada,

igual a una brasa

que devora las ideas

y las improbabilidades,

como un respiro del diablo

o como una larga astucia

del obsceno arcángel.

Entera geografía

de mis empeños;

piel celestial

que calla;

mìrate en la tentaciòn

del que se yergue

en su músculo lascivo,

mìrate la endemoniada hermosura,

rebasando tibiezas insospechables,

revelando cierta blandura

del paraíso.

Oh, mujer de los mandatos

concupiscentes,

mìrate la extensión del ardor

y escòndeme en tus montes,

escòndeme en tu oscuro jardìn;

esto es terriblemente desmesurado,

hazlo si deseas o gimes,

porque yo tendido, ansioso, urgente

quiero el inicio de mi perdiciòn.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

QUE SE DERRAME LA SALIVA DE DIOS

 

 

Tienes el lugar y los ardores,

tienes el encanto y los misterios,

por eso cuando pides

y te desnudas

comienzo a enamorarme

de la creación.

Tengo erecto el orgullo,

tu saltas de la cueva

de los excesos.

Extiendes tus piernas

como si fueran esperanzas

y milagros,

la palidez de dos sirenas

erizadas por mi escalofrío.

Luego nos olemos,

tu boca me exige,

mi lengua busca tus orígenes,

tus delirios

desde la nuca hasta el talón.

Nos acomodamos,

nos untamos,

nos desesperamos.

Luego abres la carne de la lujuria:

es el espacio donde me despeño,

hay embestida, precisión.

Allí derramo los prejuicios,

allí el aullido de mi semen.

Eres una hoguera que gime

en la llovizna,

atea y pervertida gritas,

qué se derrame la saliva de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS RENDICIONES DEL RAPSODA

 

 

Para ti elegiste la mano saciada en la soledad,

la memoria torturada por los abrojos. Para ti

el temporal visitando las ventanas de la duda,

arrastrándote en los grises jardines del extravío.

Tal vez un día, acongojado como el loco

del ático, -en la morada de la carne,

esquina de tu exilio- aventaste la cansada

plumafuente, el último rencor sobre las

páginas. Fuiste quemando los pergaminos,

los raros libros, aquella fiesta de los honores.

Después elegiste el baúl predilecto: alli, arrojaste

la amargura, el garfio de la ausente, el poema

de la importancia. El abanico perfumado,

el viejo listón, la tinta sobre el viejo ejemplar, toda

dolencia del pasado, reunida en esa mesa

de las impotencias. Esa tarde elegiste

cerrar las puertas de la alcoba, te tendiste

en ella como si fuera el recibimiento de

la mujer que te cansó el costado.

Allí deletreaste esa blasfema palabra del reino.

lo demás fue descender, visitando cada lapso,

cada transitar, sin arrebato

en la condena, así cuatro semanas

después celebraron tu entierro.

 

 

 

 

 

 

© Omar Alberto Santos Balán

 

 

 

 

 

 

Omar Alberto Santos Balán. 18 de octubre de 1975. Mexicano. Es poeta Licenciado en Literatura y ha publicado lo siguiente: Libro de poemas: Juegos Florales Nacionales de San Román (1999). Libro de poemas: “Los desmayos del Verbo” (2003). Libro de poemas: "Memorial de Espectros” (2006). Ha publicado ensayo, artículos, poesía en suplementos periodísticos y en revistas literarias de la región y a nivel nacional. Actualmente tiene varios textos poéticos y narrativos inéditos  en proceso de creación. Forma parte de la antología  “Del silencio a la luz “, Mapa Poético de México, que reúne a todos los poetas de toda la nación mexicana , nacidos a partir de los sesenta. Forma parte de la institución poética de orden mundial,  denominada “Poetas del Mundo” en cuya web aparece como socio , y desde ahí comparte su poesía y su visión estética con otros bardos del orbe internacional. Forma parte de la antología mundial de poesía erótica 2007 realizada por la casa del poeta peruano. Forma parte de la antología internacional de poesía erótica “El Búho Rojo” realizada por  ediciones el Búho en España.

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