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Todos los años, en el día de mi cumpleaños a partir de las doce, alguien me enviaba anónimamente una gardenia blanca a mi casa. Después de un tiempo, renuncié a tratar de descubrir al desconocido. Durante mi adolescencia, me divertía especulando con que el remitente podría ser un muchacho del que estaba enamorada, o incluso alguien a quien no conocía y que se había fijado en mí. Mi madre a menudo participaba en mis especulaciones. Me preguntaba si había alguien con quien hubiera tenido una bondad especial, que me manifestara anónimamente su gratitud. Me recordaba aquellas ocasiones cuando yo paseaba en mi bicicleta y la vecina llegaba con el auto lleno de comestibles y de niños. La ayudaba y me aseguraba que los niños no corrieran hacia la calle. Mi madre se esforzaba por estimular mi imaginación, deseaba que sus hijos fuesen creativos y también que se sientan apreciados y amados. Cuando tenia 17 años un muchacho rompió mi corazón. La noche que me llamó por última vez, me dormí llorando. "Debes saber que cuando los semidioses parten, llegan los dioses"... Limpié el espejo y mi madre supo que nuevamente estaba bien. Mis sentimientos oscilaban entre el simple dolor y el abandono, el temor, la desconfianza y una inmensa ira por la ausencia de mi padre. Pero al morir mi padre al día siguiente, me olvidé. A mi madre le importaba mucho cómo nos sentíamos, debíamos ser como la gardenia bellos, fuertes, perfectos y con algo de magia y misterio. Mi madre murió cuando yo tenia 22 años, sólo 10 días después de mi boda. Aquel año dejaron de llegar las gardenias. |
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La gardenia |