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El estaba en la cima de la montaña, a un paso se veía el abismo, y en el horizonte atardecido algunos arreboles cortados por los altos y majestuosos edificios de la sabana bogotana. Todo estaba en sus manos, adelante, frente a el, la muerte y atrás, atrás quizá también estaba la muerte pero en una forma bastante variada. Lo tenía todo, una familia, una casa, estudio, y el dinero necesario para ir a las mejores discotecas y vestir a su antojo. Por un minuto pensó en no hacerlo, en no saltar; pero no toleraba la idea de ir por el mundo como un completo extraño de la realidad, como esas porcelanas que su madre resguardaba en urnas para que el polvo no las tocase o como esos papeles celosamente guardados bajo llave por su padre. No, tampoco le faltaba amor, su madre lo educó desde pequeño y su padre lo sacó a jugar fútbol los domingos por la mañana. Tenia fe, semanalmente iba a misa, escuchaba el sermón y comulgaba; confesaba con cierta frecuencia sus pecados sin importancia. Nadie lo vio subir en su carro y conducir hasta aquella montaña. Nadie sospechó nunca que hubiera saltado, es mas, aun no sospechan que se encuentra allí. Piden que si está secuestrado lo liberen, que si lo ven por la calle informen. Algún día sabrán que si estuvo secuestrado por la decadencia y desvalorización de la especie humana y la degradación moral y social que lo rodeaban y lo hacían sentir mal. También algún día sabrán que se suicidó. No comprenderán su decisión, no se darán cuenta que tan solo fue una víctima más de la violencia y la guerra que tocaron su indescriptible sensibilidad ante el dolor y el desamor. Ellos solo creerán que fue su culpa, su única culpa. |
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Su única culpa |