SALIÓ corriendo la Utopía huyendo de la Realidad. Sus pasos parecían firmes y seguros
aunque su huída era una huída desesperada y sin control. A cada paso que daba la Utopía la
Realidad daba dos más.
En su afán de no ser alcanzada, la Utopía buscó ayuda. Fue así como se encontró con un
banquero, pero éste, ocupado con la bolsa y las divisas, interesado de interés y capital,
ni siquiera la escuchó.
En su atropellado caminar la Utopía se encontró con un clérigo que al principio puso
interés en escucharla. Parecían hablar el mismo idioma aunque a veces no se entendían. Y
es que la vida espiritual que predicaba el sacerdote no era la misma vida de la que hablaba
la Utopía. La vida de aquél era una vida que después de esta vida se construía con los cimientos
de una fe en la que ni el mismo clérigo creía.
La Utopía siguió huyendo. Fue entonces cuando encontró a un político al que la Utopía
reconoció enseguida. Ambos, en un tiempo pasado no muy lejano, habían caminado juntos y cogidos
de la mano. Pero terminada la campaña electoral y cuando aquél consiguió el status que buscaba,
la Utopía volvió a quedarse sola. Y el político, creíble y diplomático, otra vez le dio la
espalda.
La Utopía también se encontró con un hombre. Un hombre que fue adolescente. Un adolescente
que fue niño. Y ese hombre al que la Utopía ilusionó de niño y también de adolescente, ni
siquiera la saludó porque no la conocía.
Al tiempo de ser alcanzada por la Realidad la Utopía se encontró con un poeta, atropellado
de versos y enfermo de sueños imposibles. El poeta parecía distante pero cuando la Utopía se
detuvo a hablar con él éste la escuchó. Ambos se entendieron y se saludaron porque, aunque era
la primera vez que se veían, ambos se reconocían. Y vio la Utopía que con el poeta se sentía
segura. Al oir llegar a la Realidad la Utopía se escondió detrás del poeta. Se detuvo la
Realidad ante el poeta y le preguntó si había visto pasar a la Utopía. Pero ni el poeta entendía
a la Realidad ni la Realidad se entendía con el poeta. Y es que a lo que la Realidad llamaba
Utopía era la realidad del poeta. Y cansada de ese mal entendimiento la Realidad se tuvo que
marchar.
Fue entonces cuando la Utopía se introdujo en el cuerpo del poeta pues entendió que ese era
su verdadero hogar. Es por eso que los poetas saben tanto de sueños y los sueños se llevan tan
bien con los poetas.
Del libro POSTALES SIN REMITE