Lejos de atormentarme
cada vez que el mundo gira
en sentido al sin sentido,
me apasiona,
me consuela,
me conmueve
ver como mi vida
quiere ser la golondrina
que en una habitación a oscuras
y cegada por ser libre
revolotea en busca de la llave
de una tierra prometida que no existe.
Y termina por chocarse
con el cristal de una ventana
que parece estar abierta
pero que no lo está.
Y mil veces cae al suelo
y aturdida por los golpes
otras mil veces mil veces
vuelve a levantar el vuelo
para volverse a estrellar
con el cristal de una ventana
que parece estar abierta
pero que no lo está.
Mi mala suerte es creerme golondrina
cuando solo soy un hombre.
Creerme golondrina
cuando soy solo ese hombre
que se empeña caprichoso
en cambiar de rumbo al viento
pero el viento le gobierna.
¡Qué poco alumbra la luz de los faros!,
¡qué lejos queda la orilla del mar!,
¡qué poco abrigan los cielos abiertos!,
cuando no has nacido entre algodones.
Del libro POSTALES SIN REMITE