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LA IGLESIA Y EL ESTADO EN EL SIGLO XX
ELEMENTOS PARA COMPRENDER NUESTRO SISTEMA CONCORDATARIO
INTRODUCCI�N
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Hablar de las relaciones del Estado colombiano con la sede Apost�lica de Roma, constituye una seria tarea, que requiere se convierta en una reflexi�n equilibrada un tanto lejos de dogmatismo y apreciaciones ligeras que en muchos casos acompa�an la investigaci�n hist�rica. Para acercarnos a esta tarea, es necesario remitirnos a los senderos de historia Republicana, la cual se puede decir no es tan larga que digamos.
Hay que tener en cuenta que al producirse la Independencia, no s�lo heredamos las grandezas de la fe Cat�lica, Apost�lica, Romana, sino tambi�n los poderes Eclesi�sticos que se hallaban en plena flor merced al patronato real, y que los patriotas una vez en el poder, lo reclamaron como cierto privilegio legado por la madre Espa�a.
Una cosa es el poder eclesi�stico y otra es el poder civil. Se trata de una verdad tan simple que ni siquiera reclama discusi�n, m�s si se tiene en cuenta que las dos Potestades tienen objetivos y fines muy distintos.
Por la diversidad de esos fines las dos o m�s altas instituciones que el hombre ha creado desde muy antiguas edades, la religi�n y el Estado, debieron haber marchado y estar marchando por senderos muy distintos. Pero el asunto no ha sido as� y en cuanto a la religi�n cristiana es bueno anotar que muchos intelectuales cat�licos en diversas �pocas, han rechazado a su Iglesia el haberse entregado desde sus or�genes al poder civil. Burckhardt, excelente meditador de la historia, nos ilustra as�: �La Iglesia se levanta con su unidad y su Esp�ritu frente a la multiplicidad y a la endeble organizaci�n de los Estados�. Se puede agregar adem�s que la iglesia sacrifica as� su poder Espiritual desde el momento en que se propone compartir con el poder civil del Estado la conducci�n moral de las naciones.
Existe un sinn�mero de situaciones hist�ricas que ilustrar�an la anotaci�n de Burckhardt, pero en este caso no es propicio ampliar, pues la discusi�n pertinente pretende objetivos m�s concretos.
Uno de los graves problemas que ha tenido el cristianismo ha sido el de la interpretaci�n de su doctrina. Al culminar el primer milenio el cristianismo tuvo que adoptar para defender su doctrina las herej�as, que ahogaban con sus disputas la fe tradicional y el ambiente cultural y social del momento, una actitud firme.
A lo anterior se agrega que ciertas teosof�as m�sticas de origen judaico, tomaban fuerzas entre las gentes siempre amigas del misterio y del ocultismo. Al respecto puede citarse la c�bala (del hebreo tradici�n), era una teosof�a m�stica, seg�n la cual se interpretaban las sagradas escrituras con un c�lculo supersticioso y llegaban hasta adivinar el futuro. Mitos templados al calor de las ciencias B�blicas y aguzados por la necesidad de una justicia social, ausente de la iglesia en esos tiempos. Este �ltimo hecho, o sea, la falta de justicia social, hab�a hecho tomar fuerza a los goliardos, a los valdenses y a los C�taros, quienes en su momento representaban la aspiraci�n a una justicia social. Dif�cil se puede decir que era la situaci�n para la Iglesia, cualquier mito que adoptara podr�a llevarla al mesianismo diab�lico, pero de todas formas ella ten�a que librar la fe, defendi�ndola de supersticiones, ocultismos y brujer�as. El mito de la fraternidad la traducir�a al igualitarismo y a la libertad; si adopta el mito de la nostalgia del soberano se envolver�a en aquel otro mito de la belleza que conduce siempre al libre Esp�ritu. Algo m�s, el saber mismo conducir�a el alma a las tinieblas.
Nadie se sorprende de estas cosas, eran problemas de la �poca y se debe advertir que aqu� la palabra mito quiere decir aspiraci�n colectiva surgida de la conciencia.
La Iglesia oficializ� el mito de la justicia, pero esta circunstancia le represent� otro problema grave. Si la salvaci�n del hombre era un asunto de justicia, entonces el problema corresponder�a por igual al Estado y a la Iglesia. Se presentaron diversidad de criterios y muchas discusiones, pero es cierto que en la Edad Media la cuesti�n de redenci�n de la humanidad siempre correspondi� a ambas potestades. Fue as� como surgieron las inquisiciones y las santas hermandades en Espa�a y en instituciones parecidas en el resto de Europa.
No nos queda duda que el Esp�ritu humano vive predispuesto a la evoluci�n dentro de los vaivenes de la historia porque si hoy predic�ramos lo que se predicaba en aquellos tiempos caer�amos en la estulticia y aquel que hiciera tal cosa ser�a tildado como loco.
Es evidente entonces la lucha por la secularizaci�n, la lucha por la libertad de pensamiento y de conciencia se abre paso para beneficio de todos, y por qu� no decirlo tambi�n para el prestigio de la religi�n.
En este trabajo el an�lisis se orienta en gran medida a demostrar que en el contexto de nuestro Estado y de nuestra religi�n, la evoluci�n ha sido demasiado lenta para que sus �rbitas no se confundan. Ha llegado ya el momento de reconocer que nuestro pueblo reclama cierta libertad de conciencia, libertad de Religi�n, libertad de cultos para que as� la Iglesia pueda conservar determinada soberan�a para sus fines y el Estado recorrer los senderos de la tolerancia tan urgentes y necesarios en las postrimer�as de este siglo.
Tambi�n es una pretensi�n de este trabajo exponer en una forma equilibrada unas ideas que enmarcan la evoluci�n jur�dica de nuestro sistema concordatario, como aporte que se justifica en un momento hist�rico cuando nos encontramos haciendo acomodos y reacomodos frente a una nueva Constituci�n.
As� los tiempos conduzcan afanosamente al hombre al horizonte de un nuevo siglo, esta nueva Constituci�n dar� referencias importantes para avanzar por los oscuros momentos que vive la democracia en Colombia y en el mundo. El lenguaje necesario ser� el de la tolerancia, para no volver a esos momentos tristes de nuestra historia.
As� mismo quedar�n inscritas las inquietudes de diferentes articulistas de peri�dicos, quienes en su forma noticiosa exponen ideas que llegan a ser una posici�n pol�tica o ideol�gica.
Queremos dejar muy en claro que el presente trabajo se guiar� ante todo por las obras de eminentes historiadores, as� como por las constituciones que resultan involucradas para el prop�sito, esto nos conducir� a firmar unas apreciaciones en torno a las relaciones Iglesia-Estado colombiano en el siglo XX. |
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