DE GRUPOS Y GRUP�SCULOS A LO BANAL EN LA POL�TICA
Por Efra�n Alzate Salazar

� Tolerar  es la determinaci�n de no prohibir, obstaculizar o interferir una conducta que se desaprueba, cuando se tiene el poder  y el conocimiento necesario para hacerlo� (David Miller)

Al observar los vicios en los que se mueve la pol�tica colombiana, y la demagogia electorera de quienes la asumen como pelda�o para satisfacer apetitos e intereses personales, pienso que vale la pena discrepar y proponer debate.

Existen elevados niveles de demagogia y estupidez en los discursos  de campa�a de aspirantes a C�mara, Senado y otros cargos del Estado  cuando se trata de capitalizar votos; los debates que plantean muchos congresistas se alejan de la realidad porque son expertos gambeteros de  la verdadera problem�tica  social que se vive.

De acuerdo a la cita con que se encabeza este art�culo, se deduce que tolerar no es suspender nuestro juicio acerca de creencias y conductas, sino renunciar a utilizarlo  como fundamento de persecuci�n; adem�s, se infiere que la tolerancia nunca es la resignaci�n  del impotente, sino la restricci�n voluntaria de quien tiene el poder.

El primero de mayo, d�a internacional de la clase obrera, recorr� las calles de la ciudad y agit� las consignas con los trabajadores que denunciaban las pol�ticas neoliberales y el recorte paulatino de los derechos; era una marcha organizada y bien custodiada por los agentes del orden para evitar la infiltraci�n de alg�n anarquista con papas explosivas o con aerosoles con los que  colocan letreros contra el gobierno y que afean los edificios de la ciudad; hasta aqu� todo estaba bien, sin problemas de trascendencia.

En la Avenida Oriental con La Playa fue el punto de encuentro de los marchantes; todos eran anunciados por el que, con voz aguda, perifoneaba en el tablado; de momento, por los micr�fonos  se pidieron aplausos para  aquellos que, haciendo p�blica su apetencia sexual,  se camuflaron en la marcha de los trabajadores; me refiero a los gays, las lesbianas y los homosexuales.

No me  queda duda de que, con ello, se quieren  copiar comportamientos muy frecuentes en Estados Unidos y Europa, pero considero que, para el caso colombiano, es un intento fallido, toda vez  que este tipo de actitudes no surgen de un movimiento organizado, sino de  intereses personales y electoreros; dir�a, en otras palabras, que estamos frente a lo banal de la pol�tica.

Ante estos cuadros que a mi modo de ver son est�pidos, se me ocurre una manera de responder, para hacer m�s llamativo esos niveles de minor�a de edad en el campo de la pol�tica y lo pol�tico: organizar movimientos  de infieles, consumidores de viagra, de solteronas  y solterones, de los que tienen mascota, de los que se cambian interiores cada ocho d�as y de los que  no  los  usan.

Una sociedad atomizada como la nuestra, fragmentada e indiferente,  con intereses particulares y ego�stas, jam�s podr� salir adelante con propuestas civilizadas y civilizadoras; se requiere tener bien claro que somos ciudadanos y ciudadanas con un deseo com�n: la construcci�n de pa�s, un pa�s que nos permita crecer con dignidad, en donde el mayor derecho pol�tico sea el  de ser ciudadanos  con capacidad de tomar decisiones y de  participar en la construcci�n de nuestro propio destino.

Nuestro cuerpo, y  la  apetencia er�tico sexual, corresponde m�s a la esfera privada, que a un reconocimiento pol�tico; el que nace homosexual, gay o lesbiana lo es y lo ser� aunque no est� contemplado en ning�n c�digo como derecho.

Los que se movilizan defendiendo sus apetencias sexuales, terminan siendo reaccionarios y detractores de la racionalidad y  la pol�tica; no es extra�o que, despu�s de haber posado como consecuentes y beligerantes y de haberse mostrado por las calles  de la ciudad como una especie ex�tica y er�tica,  aparezcan  aliados al  mejor postor.

Mientras tanto, algunos  demagogos en C�mara y Senado hablan y hablan como urracas parlanchinas defendiendo a los diferentes en la inclinaci�n sexual.

Es sabido que algunos  ejecutivos y pol�ticos de alta representaci�n  tienen en su vida privada un comportamiento sexual particular, no  com�n, pero que  en su accionar p�blico se limitan a aquello  que tiene que ver con el pa�s o con su formaci�n  profesional y no con su inclinaci�n er�tica.

En la alcoba cada cual  hace lo que quiere con su pareja,   con su cuerpo y sus deseos �ntimos;  eso a nadie importa ni afecta;  pero s� debe preocuparnos el oportunismo de quienes quieren banalizar la pol�tica confundi�ndola con su apetito sexual desordenado, o con ciertas tendencias er�ticas  que est�n en el imaginario privado de cada individuo.
Pa�ses como Holanda, B�lgica, Espa�a y Estados Unidos han logrado construir tejido social a partir de una sociedad civil s�lida y deliberante; por ello han incrustado en sus constituciones elementos que  vinculan muchas aspiraciones e inclinaciones de sus ciudadanos, pero en esencia la preocupaci�n es la dignidad de la persona.

En Colombia nos falta recorrer senderos que nos lleven a una mayor�a de edad m�s all� de una c�dula que hasta ahora, en gran medida, solo ha servido  para votar y no para razonar sobre lo que verdaderamente necesitamos como ciudadanos en un Estado social de derecho; mientras se da espacio a grupos y grup�sculos de toda �ndole para que desgasten en asuntos banales, aquellos que siempre han ostentado el poder hacen sus mayor�as y se apoderan de cada instancia de la naci�n.

Pong�monos de acuerdo en lo fundamental y, luego, dediquemos el tiempo a nuestras apetencias particulares; construyamos sociedad civil y dediquemos la imaginaci�n a la b�squeda de espacios para alcanzar el respeto a la dignidad humana.
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