Este fin de semana fue el recital de Kevin Johansen. No pude ir, pero tenía curiosidad. Sucede que cuando se presentó Drexler, David Ponce escribió un artículo en el Wiken en el cual metía en el mismo saco a ambos compositores. El nexo venía más que por las referencias latinoamericanas, por la innovación. Ambos efectivamente han puesto en la batidora lo mejor de diferentes ritmos de raiz folclorica latinoamericana, han condimentado con bases de computadora y han generado un producto nuevo, atractivo, festivo y que calza perfecto con el pop.
El viernes, Ponce volvió a alabar a Johansen y al parecer resultó porque en el comentario del domingo se decía que el oriente concertó a 1200 personas. Exito. Lo curioso es que en la nota, que esta vez firmó Marcelo Contreras, se hablaba de un concierto falto de escencia, insipido, fome. Contreras parece criticar la intención de incorporar elementos del foclor dentro del pop, o al menos el hecho de rescatar solo su aspecto festivo y no el "polvo y el sudor" que le son inherentes. Discrepo. Me gusta el folclor de los Chileneros y el que describe Alvaro Henriquez en un Clinic de hace dos semanas, pero por cierto que me gusta también la incorporación del folclor en el pop. Me encanta la zamba argentina golpeada en un bajo por un destornillador en la mano de Aznar y la murga que hace Drexler con su secuenciador.
Hecho el punto sobre la importancia de rescatar ritmos tradicionales quiero usar nuevamente a Johansen para tocar otro punto: el juego. Dice Johansen que a él le gusta la expresión gringa "to play music"... o sea hacer musica es en realidad jugar a hacer música, mezclar, ironizar, cambiar el sentido. De acuerdo, se reconoce también en Drexler cuando en el ultimo disco hace un tango que se llama "se va, se fue", pero la que se va no es la mina (léase en argentino), la que en todos los tangos te deja hecho bolsa, sino que la que se va es la tristeza.
Hay gente a la que no le gusta esta faceta juguetona de los cantautores. Exigen una posición de compromiso con temas sociales. Creo que yo mismo he sido parte de ese juego, sobre todo cuando comencé a oír a FIlio. De hecho Si tuviera que ponerle un nombre le llamaría FILISMO porque esto se descuelga del purismo que defiende Filio a partir de "pobre de aquel" y "el reino de los ciegos". Creo que el legítimo interés de defender letras con algún contenido que motive al pensamiento ha derivado en desgarradas críticas a aquel cantautor que prefiera las temáticas más cercanas sentimientos cotidianos por sobre los diálogos políticos. He llegado a oír del DEBER político de los cantautores. Chupalla. Prefiero una canción honestamente romántica a una que se hace para cumplir los lineamientos "que se deben".