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En cajas de tomates nos llega la herencia americana, el lat�n en el cofre, las copas tronadas al ritmo de los acentos del sur, rotas al un�sono en Coyoac�n y en San Telmo y casi igual en Fajardo.
Los mares que nos ba�an amablemente (por amour!), las costas que se nos yerguen y las mantas verdes de pasto que estiramos en el momento del est�o. La mitad del mundo!
Ahora carecemos de la necesidad de la cita de estatuas, nos bastamos ya, por fin. No reclamamos ning�n pasado ajeno, ya hemos construido el propio, con ladrillos de terracota y colibr�.
Nos adoptamos del vino y las burbujas de p�jaros de azules y verdes marrones, que obligan a Artemisa a la meditaci�n. A brincos los venados nos revuelven los agujeros de flechas de fierro y de furia. Por ahi nos podr�an salir manadas! Pero las jaur�as se prenden con las u�as llenas de fidelidad.
Casas al golpe del camino, el ferrocarril de cuatro cabezas de las que sobresale Quevedo, nos recorre las tierras. Las veredas, los pedazos de vistas escenicas, los rayos infiltrados, la conciencia rellenada de batallas y p�rdidas y canibalismo.
Por los salones nuestros se ha bailado la m�sica del mundo, pasos imperiales y marchas orientales, violines y maracas hermanables. La sangre que se hace escuchar por los cuchillos y los espejos.
El calor de los pinguinos en los que moramos. Los lazos umbilicales invitan a charlar a la fortaleza. |
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