::una manera de regresar a casa::
Bpjana Pijic
Por Ren� Flores Rodr�guez
Texto preliminar                                                                                           

Jueves, 24 de Junio de 1999

En Verano regres� a mi pueblo. Recorr�a las calles en un af�n incomprensible. Deje el coche cuando la frecuencia de las casas al borde de la carretera anunciaban los inicios del pueblo, Prizren, camine con las sandalias sobre las rocas y el pavimento suelto, las tiendas saqueadas me veian pasar, vi a un anciano y a una bicicleta, que andaban juntos, con una cachucha negra de estambre.

  El pasto silvestre se impon�a a la piel negra del asfalto, y es que la piel de concreto estaba desgarrada y ten�a heridas de todas partes y la piel verdacea de la naturaleza comenzaba a aprovechar el terreno cedido, y se impon�a con suavidad. Porque los humanos sucumbimos con tanta facilidad al empe�o necio de ocultar la piel natural! La tierra, la tapamos a pedazos de color negro y gris, y exhibiendo aun mas nuestra pretendida orfandad hacia la madre tierra, le hacemos agujeros a nuestra manta inmensa para que pueda respirar y en esos agujeros ponemos un arbolito que es un letrero de museo. La negaci�n de banqueta del utero vegetal! Cemento, y todo lo propio del humano, como la humillaci�n y la nostalgia, en la misma categor�a del cat�logo progreso.

El moho hab�ase instalado en las paredes de cal de los edificios. Ahi hace mucho no vive nadie, los departamentos ahora son rentados por el silencio y las telara�as. Prizren, mi ciudad ha ca�do de rodillas, pero ya no dice nada, ha sido tan ultrajada que ha muerto, pero no de la humillaci�n pero no de la violaci�n sino a balazos.

  Y es que a las balas no se les discute, a menos que se sienta la inquietud del m�rtir y la seguridad de una c�mara del CNN en los alrededores. Mis pies segu�an esquivando las monta�as de venas abiertas. A mis lados el espect�culo de la desolaci�n. Los muros perd�an su oficio y dejaban vislumbrar sus entra�as, solo que no hab�a nada que observar.

  D� vuelta en una tiendita esquinera que sol�a frecuentar en alg�n momento de la infancia, y escuche un ruido como de gotera que ha encontrado un tazon met�lico, para tratar de hacerse notar.

  Tom� esta calle por que era empinada hacia abajo y se ve�an las rodillas de las monta�as al fondo. Las monta�as siempre me parecieron m�s reales que las casitas de dos pisos en las que crec�, escarbando en sus paredes de cal para tratar de hacerles otro cuarto y vivir ahi.

  Ahora la monta�as estaban de perfil, como si miraran hacia otro lado, creo que hacia el nacimiento del sol.

El silencio magn�tico de los campos llanos me parec�a llamar, me ped�a que volteara el rostro, hasta que pudiera verlos. Lo hice y nada sucedi�, algunos laureles que descolgaban sus extremidades de madera d�ctil en los muros, que abrazaban los postes en un saludo insincero, el laurel se metia a las cocinas, y era hervido por un sol elemental rabioso, el sol de Yugolslavia que nos volv�a musulmanes en unos 10 anos.

  Porque el sol se explaya con mayor confianza en algunas tierras? Los bre�ales de Serbia siempre tuvieron sabor a polvor�n, roca acomodaticia, manto divino entre el infierno y el limbo de la vida de todos los d�as, lugar donde entierra sus ra�ces el laurel, perpetuamente aplanado por las botas del enemigo, asi se le ha dado forma a nuestra tierra, siempre con botas militares, que lo alisan, lo hacen monta�a, lo separan. Que envidia de Francia que ah� andan descalzos y la tierra es de vid, y las uvas se desparraman entre los dedos, esa es la diferencia con Francia, el piso h�medo de las uvas.

  Prizren, ciudad de muchos rostros, carb�n mineral que intenta condensar muchas intenciones y formas de persignarse en el mismo camino dif�cil del diamante, la presi�n de la metamorfosis son balas de metal y de furia. Al final, empero y espero, saldr� la mariposa omnipotente de esa cueva primera y nos llenara las manos de color y se intentara meter en cada una de las nuestras bocas y no habr� ninguna dentadura en toda la Yugoslavia que se rinda al impulso del orgullo, y ella vivira all� y nos explorara los cuartos interiores y tocara sin presentir maldici�n nuestros tesoros, buenos y malos, y comera del aliento de nuestros bosques de laureles, que se multiplican por los espejos de nuestras obsesiones. Porque los demonios internos se tendr�n que transformar en laurel del alma, ese es su freeway, su camino al monte calvario.


  Observo la casa de dos plantas donde habitaba mi mejor y mi peor amiga de la vida, Bojana. De ella s�lo me queda la imagen de su ropa de colores que importaba de la Espa�a o de los Pa�ses Bajos, eran chamarras muy gruesas y hermosas que mostraba a las monta�as cuando ibamos de excursi�n. Tambi�n recuerdo de ella un gorro, hecho de nudos regulares que son el tejido.

  Ahora ve�a un poste de luz sin luz que le part�a de su casa la cara, como astilla que atravieza a una catarina de ciudad. Porque las catarinas de campo son m�s grandes y la proporci�n adecuada se perder�a. En las ciudades hasta las cantarinas se civilizan y comen en su mundo de laurel y de hierbamala!

Bojana... me pregunto si esta nueva fotografia de tu casa suplantara las anteriores, si esta nueva imagen se a�adira al alb�m min�sculo que conservo de ti. O acaso a esta casa pinchada por el poste su vida se le ha acabado porque ya no la recordar� m�s? Si la casa tuviera el don del golem que habla quizas me pedir�a que la llevara conmigo, que no la dejara alli para morir en cuanto yo me fuera. Porque creo que todas la personas que conoc�an esta casa han muerto, yo soy la �ltima que la recordaba, si yo muero me la llevo conmigo. Si impido que mi memoria la haga figura de cristal se muere.

  S�lo conservo dos fotos de la vida de Bojana, de una vida secreta para mi, porque en ninguna de ellas me encuentro, son como testimonios rebeldes de que la gente sigue viviendo y sac�ndose fotos a pesar de que no estemos ah� con ella. Las dos fotos son en realidad poemas. En la primera, que fue la ultima que obtuve, puedo ver a Bojana, bellisima, como molde para una eternidad de escultores en busca de rostros hermosos y unicos y genuinos para sus hijas estatuas que adquirir�an conciencia de beldades en el momento de obtener el rostro de Bojana y se llamaran afrodita o abril o jupiter o venus o mayo, nunca Bojana. Ella esta recostada en la playa, juvenil, infantil, como siempre no pudo dejar de ser, unas formas irreconocibles al fondo de la imagen, difusas, empapadas de un sol que no clarifica sino que difumina, acent�an la esencia po�tica de la foto, tiene un gesto en la mano porque se sostiene la cara, y lleva puesta una sonrisa y un reloj y cintas de colores esclavas de su brazo. Su cabello esta ungido por el agua salada de Montenegro de manera impecable, sus ojos recitan, y el sol habita en el reflejo de un pedazo de mar que alcanzo a ver y en un haz de luz que rebota con las aguas. Todo es difuso excepto ella, la imagen termina cuando sus senos comienzan a intuirse. Su cabeza descansa en un almohadon de reminescencia arabesca, por los tejidos de los dise�os, azules y rojos. Algunas gotas se atreven a anidar en su cuello hermos�simo.

  La segunda proviene de las monta�as yugoslavas, que s�lo son promesa de otras mayores, subterr�neas, que llegar�an al cielo y al infierno si �stos existieran. El cuerpo de Bojana viste una chamarra colorina, de colores que armonizan y que son brillantes. Un gorro con una bola en la cabeza, hermoso. Y un fragmento del rostro de ella que qued� libre del ego�smo con que el gorro y la chamarra pretenden ocultar a Bojana. Sus ojos conversan de nuevo, pero esta vez su peque�a y perfecta nariz no se queda en el silencio y le habla al espectador, sobresale curiosamente. Bojana parece un conejillo, es hermos�sima. Las monta�as, en un �ngulo n�tido se dejan retratar y no se apenan ante la beldad de ella, sino que la acompa�an en sus juegos de ninfa, pero menos como s�tiros que como port�n de jard�n.



La hoguera vital se torna torre de Babel.

   Cuando los soles empezaban a clarear en mi Bosnia en mi Serbia, las mujeres de todos los ojos posibles cargaban hacia el drenaje sus culpas y la llave de sus demonios, y las escup�an. Estaban listas para el amor y la p�rdida de la conciencia ante las ninfas que proclaman el olvido a besos y caricias. Las ninfas andaban sueltas y recorrian las calles y las aceras y las salas de nuestros pueblos llev�ndose a las mujeres en sus giros de danza perfectos, todas so�abamos onir�camente, y hac�amos el amor para evitar los silencios entrecortados de quien habla diferentes idiomas. Y es que antes en mi Yugoslavia el amor era esperanto. No habia extranjeros, excepto el odio.

  Las balas acabaron con la representacion de nuestra obra inmensa, y nos descubrimos los rostros porque se nos caian las m�scaras, y los payasos comenzaron a disparar carcajadas de sus metralletas y alguien olvid� el esperanto y recurri� al albanes. Y todos nosotros tuvimos la conciencia de que no eramos iguales, oh triste destino cuando el actor se descubre los hilos de marioneta!, que su vida es un gui�ol! Y todos abandonamos nuestra torre de Babel y nos dedicamos a descubrirnos unos a otros en nuestras diferencias, hab�a que ser diferentes! Y lo logramos con toda facilidad, las balas encajaron en sus lugares.
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