No vamos los revolucionarios en pos de una quimera: vamos
en pos de la realidad. Los pueblos ya no toman las armas para imponer
un dios o una religión; los dioses se pudren en los libros sagrados;
las religiones se deslíen en las sombras de la indiferencia. El
Korán, los Vedas, la Biblia, ya no esplenden: en sus hojas amarillentas
agonizan los dioses tristes como el sol en crepúsculo de invierno.
Vamos hacia la vida. Ayer fue el cielo el objetivo de los pueblos: ahora
es la tierra. Ya no hay manos que empuñen las lanzas de los caballeros.
La cimitarra de Alá yace en las vitrinas de los museos. Las hordas
del dios de Israel se hacen ateas. El polvo de los dogmas va desapareciendo
al soplo de los años.
Los pueblos ya no se rebelan, porque prefieren adorar a un dios en vez
de otro. Las grandes conmociones sociales que tuvieron su génesis
en las religiones, han quedado petrificadas en la historia. La revolución
francesa conquisto el derecho de pesar, pero no conquisto el derecho a
vivir, y a tomar este derecho se disponen los hombres conscientes de todos
los países y de todas las razas.
Todos tenemos derecho de vivir, dicen los pensadores, y esta doctrina
humana ha llegado al corazón de la gleba como un recio bienhechor.
Vivir, para el hombre, no significa vegetar. Vivir significa ser libre
y ser feliz. Tenemos, pues, todos derecho a la libertad y a la felicidad.
La desigualdad social murió en teoría al morir la metafísica
por la rebeldía del pensamiento. Es necesario que muera en la práctica.
A este fin encaminan sus esfuerzos todos los hombres libres de la tierra.
He aquí por qué los revolucionarios no vamos en pos de una
quimera. No luchamos por abstracciones, sino por materialidades. Queremos
tierra para todos, para todos pan. Ya que forzosamente ha de correr sangre,
que las conquistas que se obtengan beneficien a todos y no a determinada
casta social.
Por eso nos escuchan las multitudes; por eso nuestra voz llega hasta las
masas y las sacude y las despierta, y, pobres como somos, podemos levantar
un pueblo.
Somos la plebe; pero no la plebe de los faraones, mustia y doliente; ni
la plebe de los cesares, abyecta y servil; ni la plebe que bate palmas
al paso de Porfirio Díaz. Somos la plebe rebelde al yugo; somos
la plebe de Espartaco, la plebe que con Munzer proclama la igualdad, la
plebe que con Camilo Desmoulins aplasta la Bastilla, la plebe que con
Hidalgo incendia Granaditas, somos la plebe que con Juárez sostiene
la Reforma.
Somos la plebe que despierta en medio de la francachela de los hartos
y arroja a los cuatro vientos como un trueno esta frase formidable: “¡Todos
tenemos derecho a ser libres y felices!” Y el pueblo, que ya no
espera que descienda a algún Sinaí la palabra de Dios grabada
en unas tablas, nos escucha. Debajo de las burdas telas se inflaman los
corazones de los leales. En las negras pocilgas, donde se amontonan y
pudren los que fabrican la felicidad de los de arriba, entra un rayo de
esperanza. En los surcos medita el peón. En el vientre de la tierra
el minero repite la frase a sus compañeros de cadenas. Por todas
partes se escucha la respiración anhelosa de los que van a rebelarse.
En la oscuridad, mil manos nerviosas acarician el arma y mil pechos impacientes
consideran siglos los días que faltan para que se escuche este
grito de hombres: ¡rebeldía!
El miedo huye de los pechos: solo los viles lo guardan. El medio es un
fardo pesado, del que se despojan los valientes que se avergüenzan
de ser bestias de carga. Los fardos obligan a encorvarse, y los valientes
quieren andar erguidos. Si hay que soportar algún peso, que sea
un peso digno de titanes; que sea el peso del mundo o de un universo de
responsabilidades.
¡Sumisión! es el grito de los viles; ¡rebeldía!
es el grito de los hombres. Luzbel, rebelde es más digno que el
esbirro Gabriel, sumiso.
Bienaventurados los corazones donde enraiza la protesta la protesta. ¡Indisciplina
y rebeldía!, bellas flores que no han sido debidamente cultivadas.
Los timoratos palidecen de miedo y los hombres “serios” se
escandalizan al oír nuestras palabras, los timoratos y los hombres
“serios” de mañana las aplaudirán. Los timoratos
y los “serios” de hoy, que adoran a Cristo, fueron los mismos
que ayer lo condenaron y lo crucificaron por rebelde. Los que hoy levantan
estatuas a los hombres de genio, fueron los que ayer los persiguieron,
los cargaron de cadenas o los echaron a la hoguera. Los que torturaron
a Galileo y le exigieron su retractación, hoy lo glorifican; los
que quemaron vivo a Giordano Bruno, hoy lo admiran; las manos que tiraron
de la cuerda que ahorcó a Jhon Brawn, el generoso defensor de los
negros, fueron las mismas que más tarde rompieron las cadenas de
la esclavitud por la guerra de secesión; los que ayer condenaron,
excomulgaron y degradaron a Hidalgo, hoy lo veneran; las manos temblorosas
que llevaron la cicuta a los labios de Sócrates, escriben hoy llorosas
apologías de ese titán del pensamiento.
“Todo hombre” --dice Carlos Malato-- es a la vez el reaccionario
de otro hombre y el revolucionario de otro también.”
Para los reaccionarios --hombres “serios” de hoy-- somos revolucionarios;
para los revolucionarios del mañana nuestros actos habrán
sido de hombres “serios”. Las ideas de la humanidad varían
siempre en el sentido del progreso, y es absurdo pretender que sean inmutables
como las plantas y los animales impresas en las capas geológicas.
Pero si los timoratos y los hombres “serios” palidecen de
miedo y se escandalizan con nuestra doctrina, la gleba se alienta. Los
rostros que la miseria y el dolor han hecho feos, se transfiguran; por
las mejillas tostadas ya no corren lágrimas; se humanizan las caras,
todavía mejor, se divinizan, animadas por el fuego sagrado de la
rebelión. ¿Qué escultor ha esculpido jamás
un héroe feo? ¿Qué pintor ha dejado en el lienzo
la figura deforme de algún héroe? Hay una luz misteriosa
que envuelve a los héroes y los hace deslumbradores. Hidalgo, Juárez,
Morelos, Zaragoza, deslumbran como soles. Los griegos colocaban a sus
héroes entre los semidioses.
Vamos hacia la vida; por eso se alienta la gleba, por eso ha despertado
el gigante y por eso no retroceden los bravos. Desde su Olimpo, fabricado
sobre las piedras de Chapultepec, un Júpiter de zarzuela pone precio
a las cabezas que luchan; sus manos viejas firman sentencias de caníbales;
sus canas deshonradas se rizan como los pelos de un lobo atacado de rabia.
Deshonra a la ancianidad, este viejo perverso se aferra a la vida con
la desesperación de un náufrago. Ha quitado la vida a miles
de hombres y lucha a brazo partido con la muerte para no perder la suya.
No importa; los revolucionarios vamos adelante. El abismo no nos detiene;
el agua es más bella despeñándose.
Si morimos, moriremos como soles: despidiendo luz.
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