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Las dos tendencias

Ricardo Flores Magón

 
La tendencia joven y la tendencia vieja se alcanzan a la mitad del camino. La joven sonríe, y en su sonrisa irradia todas las auras, florecen todos los rosales, respiran todos los nardos. La vieja frunce el ceño y gruñe: --¡Alto ahí, desvergonzada! ¿Adónde vas de esa manera? Y el dedo descarnado señala las desnudeces luminosas de la joven, que se ostentan palpitantes y esplendidas como un poema entusiasta a la verdad, a la libertad y a la vida.

La joven no se detiene, no puede detenerse, tiene prisa por llegar a su destino, y su cuerpo ondula al sol armonioso como una estrofa de salud, fuerza y belleza.

La vieja, fuera de si echa a correr tras de la joven, los ralos cabellos al aire, la desdentada boca abierta.

--¡Detente, loca! ¡Vergüenza de tu sexo! --grita la vieja. ¿Sabes siquiera adónde vas? Yo aquí me detengo, yo no camino más. Vale más malo por conocido que bueno por conocer. Es una locura seguir adelante por ese camino que no se sabe donde terminará. Mis padres hasta aquí llegaron, y yo no pasaré de aquí, pues seria tanto como renegar de ellos si diera un paso adelante negando lo que ellos creyeron, odiando lo que ellos amaron, despreciando lo que fue para ellos motivo de respetuoso culto y de religiosa admiración. La igualdad es imposible; por fuerza tiene que haber siempre ricos y pobres. Dios lo ha decretado así; lo asegura la santa religión, y es necesario que dios tenga sus representantes en la tierra, que son los gobernantes. ¡Detente! ¡Detente!

Los gritos destemplados de la vieja levantan una bandada de gorriones, que picotean alegres a la orilla del camino. La joven vuelve el rostro, sonríe bondadosa, y sin detener el paso, dice con una voz en la que vibran la sinceridad y la convicción:

--Yo sé a donde voy. Voy a la vida, y voy desnuda porque represento la verdad. La verdad no puede andar con disfraces. No puedo detenerme, porque sería transigir con el error. También mis padres me enseñaron lo que a ti los tuyos: a creer en la mentira; pero fue que mis pobres padres no hicieron uso de su razón. El sacerdote les ordenó creer, y ellos creyeron a ojos cerrados; el gobernante les dijo: “obedeced”, y ellos obedecieron con las frentes inclinadas; el rico les grito: “trabajad para mí”, y ellos bajaron las frentes, encorvaron las espaldas y echaron a andar sobre el surco...

La vieja bajó la cabeza, y parece reflexionar, los escasos cabellos canos sueltos al viento. Quiere replicar; pero no haya palabras con que combatir las palabras de la verdad. La joven si detener su marcha, continúa:

--Yo me rebelo contra todo lo que creyeron mis padres, no porque los desprecie y los odie. Desprecio y odio, sí, a los que los tuvieron sumergidos en la mentira para tiranizarlos, explotarlos y embrutecerlos.

La joven continúa su marcha como un sol en movimiento, y la vieja, en su puesto, inmóvil, clavada, la ve alejarse rápida, como un rayo de esperanza pasa fugaz por la sombría mente del triste.

La joven va hacia la vida; la vieja se desposa con la muerte.

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