| “Para comprender el relativo
peso alcanzado por los libertarios debe tenerse en cuenta la condición
de desarraigo, explotación y marginación de un importante
segmento de los trabajadores de comienzos de siglo. Una gran mayoría
era de origen inmigrante o migrante, en todo caso eran nuevos en la ciudad
y vivían en un lugar extraño entre extraños. La mayoría
de estos individuos llegaba a la ciudad con premura de concretar ilusiones
de ascenso que, muchas veces, tardaban más de lo deseado en concretarse.
Cortados los lazos directos con sus pueblos natales, con sus familiares,
con sus tradiciones y, en consecuencia, perdida la contención comunitaria
e incluso familiar, se encontraban con una sociedad hostil en donde ni la
iglesia ni el Estado ni las mismas instituciones nacionales podían
desempeñar esos roles o lo hacían sólo parcialmente
a través de sociedades de carácter mutual.” (Juan Suriano;
ANARQUISTAS, Cultura y política libertaria en Buenos Aires, 1890-1910.
Edit. Manantial, Bs As 2001. Pag. 19)
A partir de esta cita de Juan Suriano, que
destacamos, nos brota la inquietud de abordar el tema de la necesidad
de contención y de cómo la anarquía puede transformarse
y se transforma en ese espacio que todo humano requiere.
La contención tiene dos sentidos que surgen a primera vista. Uno
de ellos es la contención como una represa contiene el caudal de
una agua acumulada, enfatizando la idea de límite, de espacio que
guarda algo contenido. Y otro sentido es la contención en términos
más humanos de acogida. Pero ¿acogida de qué? Entra
aquí en escena todo la dimensión afectiva del ser humano.
Si pensamos en seres desarraigados, en los que los lazos familiares de
identificación y acogida están ausentes, y le sumamos a
eso unas condiciones de vida en las que priman la explotación,
la carencia, el hambre, la falta de vivienda, nos encontramos con que
aquellos seres humanos a los que nos referimos están en unas condiciones
de vida precaria, con mucha necesidad.
Si ya la vida del ser humano es impensable fuera de un contexto social,
suponemos con esto que la intemperie es aquello de lo cual constantemente
estamos intentando escapar a través de generarnos espacios materiales...
la vivienda, por ejemplo; pero también, cuando hablamos en esta
dimensión afectiva, nos referimos a una contención subjetiva,
la necesidad de “espacios” o instancias de sentido en términos
de significado y simbolismo: “Los sentimientos o las emociones participan
por lo tanto de un sistema de sentidos y valores propios de un grupo social,
cuyo carácter bien fundado confirman, así como los principios
que organizan el vínculo social.” (David Le Breton; Las pasiones
ordinarias, Antropología de las emociones. Nueva Visión.
Bs As 1999.). Es decir que la contención de nuestras emociones
y afectos no está al margen de los significados sociales que les
damos a ellos.
En este sentido nos parece interesante abordar el por qué la anarquía
se transforma en ese espacio de contención. En abstracto, podríamos
suponer que cualquier agrupación social puede ofrecer esa contención
que requiere el ser humano, puede ser la familia, puede ser la iglesia,
puede ser la escuela, puede ser el club de fútbol, puede ser el
grupo de amigos... y de hecho, operan como tales para la gran mayoría,
pero para los efectos de esta reflexión nos interesa repensar por
qué es la anarquía un referente que atrajo a tantos hombres
y mujeres a comienzos de siglo, para extrapolarlo a nuestra realidad presente
en la que también lo libertario puede transformarse en un espacio
de contención.
Es un postulado frecuente, entre quienes piensan la anarquía, plantear
que no existe un cuerpo doctrinario cerrado, con análisis estructurales
acabados al modo de otras posiciones políticas como el marxismo.
Sin embargo, existen en el anarquismo ciertas coordenadas a las que la
mayoría de sus simpatizantes llega por intuición. Pensemos
en qué puede motivar a un joven de 15 años acercarse a la
anarquía.
Una de aquellas ideas fuerza es la de la solidaridad. La solidaridad,
como idea en general, puede ser entendida como “solucionarle los
problemas a otro”, como compadecer a otro desde una posición
desigual, en la que hay uno que tiene lo que a otro le falta y el primero,
en un acto “solidario”, le entrega al segundo lo que este
carece. En este sentido, se dice, por ejemplo, “los chilenos son
un pueblo solidario”, porque cuando se realizan campañas
nacionales de recolección de fondos para discapacitados o para
quienes han sufrido los embates de la naturaleza, se concurre a “donar”
dinero o bienes materiales para solucionar los problemas de quienes se
ven afectados por aquellos.
En el contexto de comienzos de siglo, en el que las condiciones de explotación
y carencia eran un constitutivo de la vida de la mayoría de los
trabajadores, no podríamos pensar que había quienes tenían
aquello, material, que les faltaba a casi todos. La solidaridad a la que
se recurriría en este caso no podría ser sino horizontal,
en la que más que entregar lo que al otro le falta, hay un compartir
y un convivir mano a mano. Lo que se comparte en este caso, es la proyección
de un espacio de sentido que a la vez que critica las condiciones imperantes
propone un actuar, un accionar, con un sentido: algo así como un
proyecto. Al hablar de la anarquía como solidaridad lo que se enfatiza
es la creación de una instancia que contiene, en términos
subjetivos las necesidades de quienes participan de esa idea.
Por eso es posible la oscilación de un péndulo entre lo
individual y lo colectivo, porque se realizan acciones concretas de solidaridad,
como por ejemplo la creación de sociedades de resistencia, pero
con un relato de fondo que no niega lo individual, en la medida en que
lo que se comparte, más que la identidad en términos de
esencia, es la referencia a un horizonte de sentido en el cual la libertad
opera como elemento que moldea la participación y la pertenencia.
La libertad, llevada a un plano cotidiano, no es sólo la ausencia
de la determinación, de la carencia, sino el telón de fondo
que otorga sentido a las prácticas individuales. “No quiero
la libertad del solitario”, dice el poeta, impensable, por cierto,
en las coordenadas de la anarquía. La libertad es la apuesta que
nos lleva a la horizontalidad, es la apuesta que nos lleva a desencajar
las jerarquías, a desarmar la autoridad. Si tengo como premisa
de mi obrar no sólo mi propia libertad, sino la libertad de todos
con quienes me relaciono, no puedo postular la manipulación y la
coacción como elementos válidos de mi acción. Sin
la premisa de la libertad se pierde el vínculo propiamente humano.
Al encadenar a otro no sólo pierdo mi propia libertad sino que
pierdo aquello que me vuelve humana.
Podrían ser estos elementos, la libertad y la solidaridad desde
la horizontalidad, los que transforman a la anarquía en un espacio
válido y apetecido de contención, con plena vigencia en
nuestras sociedades donde el valer se vuelve el requisito para existir.
Ese valer va asociado a alguna esencia, cualidad que me impide el movimiento
y me cosifica, como la clase social, la raza, el nombre, el puesto que
tengo, el dinero que gano, etc. en vez de ser algo dinámico y en
relación a un horizonte de sentido que contenga mi humanidad. La
libertad como aquello que me humaniza no puede ser una esencia, una cosa,
ya que de por sí la libertad es dinámica y es siempre más
una premisa de mi actuar que un algo que soy. No es posible encarnar la
libertad, es posible apuntar hacia lo libertario, como aquél espacio
que me permite econtrarme con la humanidad que se nos quita bajo las condiciones
de vida de estas sociedades en las que, carentemente, vivimos.
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