Para: Doña Ana y Don Daniel.
Barcelona, Catalunya, Estado Español.
Guadalajara, Jalisco, México.
(…)
No supe cómo iniciar. Después de todo, esta carta sólo
trata de ser un abrazo a destiempo, con esa anacronía que a los
zapatistas nos define, a personas que sentimos cercanas. Yo quisiera hablarles
de Don Manuel Vázquez Montalbán. Sé que puede parecer
absurdo que yo les hable de él precisamente a ustedes. Sin embargo,
al hablar de él trato, no de traerlo con nosotros o a favor nuestro,
sino de volver a tenderlo como lo que fue: un puente.
Y, a lo mejor, aún sin estar, Don Vázquez Montalbán
vuelve a ser puente para que nuestra palabra, la de los zapatistas hoy
tan no de moda, tenga un lugar entre tantos genios de la palabra como
ahora se encuentran en tierras mexicanas.
Y ahora entiendo, al escribir estas líneas, que tal vez ésa
siempre fue su intención, y que deberíamos aprovecharlo
y hablar de nosotros, de nuestros logros y tropiezos, de sueños
y pesadillas, de continuidades y rupturas. Pero no, la tentación
apenas duró unos instantes. Así que no hablaré de
nosotros. Hablaré, o más bien, intentaré hablar de
él.
En un principio, nosotros no creímos en su muerte. Lo de desaparecer
en un lugar lejano de nuestra geografía, precisamente en un aeropuerto
de Bangkok, nos pareció entonces como una suerte de recurso detectivesco
y no como una ausencia definitiva. No lo creímos muerto, así
que esperamos. Ya aparecería después con una nueva historia
de Pepe Carvalho o con una entrevista a un grupo de "otros"
antineoliberales, desconocidos para los demás "otros"
que pueblan la complicada geografía de la resistencia mundial.
Entonces le diríamos algunas groserías (claro, cuidando
que él no las escuchara), y seguiríamos caminando sabiendo
que por ahí andaba. Él, pensaba yo, no se moriría
sin avisarnos antes. Pero no, Don Vázquez Montalbán se había
ido de veras, dejándonos a nosotros un poco más vacíos.
Y eso, el que se fuera de veras, nos daba (y nos da) un poco de rabia,
de coraje.
Así nos pasa de por sí con las muertes: primero nos dan
rabia, luego tristeza, más después las dos cosas.
Don Vázquez Montalbán no era nuestro amigo, era nuestro
compañero. "Compañero de viaje", dijo él
en uno de sus escritos. "Compañero así nomás",
dijimos y decimos nosotros. No sé si eso sea más o menos
para él o para ustedes. Para nosotros es todo.
Sólo lo hablé en persona una vez, así que no intentaré
siquiera decir cómo era o cómo no era. Seguramente hay más
personas, marcadamente ustedes dos, que podrán darnos un perfil
más acabado de él.
Recuerdo que, esa vez, intercambiamos los saludos de rigor y algunas bromas
sobre artistas de España (Marisol, Joselito, Pili y Mili), creo
que hasta cantamos a dueto aquella de "la vida es una tómbola,
tom, tom, tómbola…" Claro que él nunca reconoció
que la entonamos a coro y me adjudicó entonces el papel de solista.
Después nos pusimos serios. Bueno, al menos lo intentamos. En realidad,
aquel encuentro me pareció entonces como cuando dos boxeadores
se enfrentan y pasan los primeros minutos del combate estudiándose
mutuamente… para después descubrir que al que hay pegarle
es al árbitro.
Creo que él trataba de entender. Creo que él trataba de
salirse de la falsa disyuntiva de ser "fan" de Marcos o "anti
fan" de Marcos (dilema entonces de moda entre los intelectuales progresistas).
Me parece que, a través de sus libros y de su vida, Don Vázquez
Montalbán demostró que lo suyo no era el abrazar causas
acríticamente. Creo que, siguiendo el marxismo de Groucho, no simpatizaría
con una causa que lo aceptara como simpatizante. Es más, creo que
no era "fan" ni de sí mismo. No era de esos intelectuales
que cambian de dioses y liturgias como cambian de calzones (bueno, cuando
se los cambian). Después de leer sus ensayos, me pareció
ser un ateo hasta de Manuel Vázquez Montalbán, pero un firme
creyente en la existencia del mal y en la necesidad de enfrentarlo.
El filoso bisturí de la palabra no sólo lo aplicó
para diseccionar los distintos poderes que se han ido sucediendo en la
geografía mundial. También lo usó frente a las supuestas
o reales oposiciones que el espejo del Poder produce inevitablemente.
Incluso, intuyo, lo empleó en él mismo (pero de eso, es
seguro, ustedes y otros podrán decir más).
Cuando hablamos en aquella única ocasión, me dio la impresión
de que buscaba, sí, pero no una nueva causa que lo redimiera a
la distancia, o una desilusión más que reforzara un escepticismo
frente a todo (esa elegante coartada para no comprometerse con nada).
Creo sinceramente que él trataba de ver detrás del pasamontañas
para descubrir y encontrar un movimiento: el zapatista. Y pienso que lo
encontró, quiero decir, que nos encontró. Sólo así
puedo explicarme el feliz empecinamiento en saber de nosotros, en estar
con nosotros en la luz y en la sombra, aún en Cataluña,
en un aeropuerto de Bangkok o en Guadalajara.
Porque la Guadalajara mexicana se ilumina ahora con la palabra, pero también
carga la sombra de los jóvenes altermundistas reprimidos, presos
por esos asesinos de la luz que ahora son gobiernos en nuestra dolida
geografía.
No lo sé, pero tal vez Don Vázquez Montalbán hubiera
desviado aunque sea un poco de su luz hacia las cárceles que, en
Guadalajara, encierran la juventud y la rebeldía creadora. Y es
que, a propósito de la represión sufrida por estos jóvenes,
vienen bien las palabras que alguna vez escribió: "La nueva
derecha se parece como una gota de agua a la derecha de siempre cuando
le sale del alma que el desorden es peor que la injusticia" ("La
Teología Neoliberal", en El País, 5 de abril de 1994).
O tal vez él hubiera estado de acuerdo en que nosotros, los zapatistas,
lo usáramos de puente para saludar y abrazar a esos "otros"
que están prisioneros por un delito de "leso neoliberalismo":
el de afear, con su sola existencia, un orden construido sobre la muerte
de la inteligencia.
Porque estos jóvenes están cautivos por feos. Al encerrarlos,
el gobierno sólo se está aplicando un tratamiento de belleza.
La injusticia de su encarcelamiento se ha blanqueado con el detergente
del "Orden". Porque cuando el Poder se queda sin argumentos
(cosa que ocurre casi siempre), la represión se viste de ordenador
del caos (donde "caos" es sinónimo de existencia del
otro).
En la asepsia neoliberal, las personas afean y ensucian las calles, y
los policías no son sino los modernos barrenderos. Si en lugar
de escobas usan armas de fuego y equipo antimotines, se debe al avance
tecnológico y no, ¿quién osa insinuarlo?, al afán
represivo contra el diferente.
He dicho que Don Vázquez Montalbán estuvo con nosotros en
la luz y en la sombra. La última carta que nos mandó fue
en medio de la polémica desatada a raíz de nuestro apoyo
explícito a la lucha política y cultural del pueblo vasco.
¿Dije "polémica"? Bueno, en realidad fue una campaña
de linchamiento mediático, pero ya estamos acostumbrados.
A diferencia de quienes aprovecharon para deslindarse de nuestra siempre
incómoda compañía y, desde el "pulcro"
púlpito de los medios de comunicación, nos acusaron (injustamente,
como se demostraría casi inmediatamente) de ser partidarios del
terrorismo de ETA, Don Vázquez Montalbán nos envió
una misiva privada.
En ella (creo que ahora puedo revelarlo) nos alertaba sobre lo que vendría:
el zapatismo sería vinculado no a una causa justa, sino al crimen
mesiánico. Claro que él no pensaba que el zapatismo hubiera
recibido el abrazo mortal del fundamentalismo, nos conocía demasiado
bien. Pero también era un gran conocedor del funcionamiento de
los medios masivos de comunicación y sobre eso nos reconvenía.
Pronto tuvo su respuesta y casi estoy seguro de que le satisfizo. Así,
nos hizo llegar uno de sus últimos libros con una dedicatoria que
no era sino un "aquí estoy, con ustedes"; y, reiterando
su simpatía por Euzkal Herria, apoyó, junto a otras personalidades
de la cultura europea, nuestra malograda iniciativa "Una oportunidad
a la palabra".
Pero, volviendo a nuestro único encuentro, recuerdo que hablamos
un poco de Antonio Machado. Ambos admirábamos el "Juan de
Mairena", sus cuestionamientos, sus dudas. A lo largo de la plática
(se supone que era una entrevista, pero fue una plática) hubimos
de coincidir en que, muchas veces, los mejores textos de análisis
político están en la literatura universal; y, sin hacerlo
explícito, concluíamos que el mundo iría mucho mejor
si los políticos profesionales supieran más de literatura
que de mercadotecnia, y si leyeran más libros de poesía
y novela, y menos reportes estadísticos y boletines de prensa.
Dicho esto, permítanme una divagación:
La habitación donde el Poder decide está cerrada a cal y
canto. La democracia, nos dicen, es que nosotros, los de afuera y los
más, podemos elegir quien entra y quien sale. Pero se les olvida
aclararnos que sólo podemos escoger de entre los pocos que los
más pocos nos presentan.
Y no sólo. Nosotros, los más y los de afuera, quienes padecemos
las consecuencias de las decisiones que se toman en esa habitación,
nada sabemos de ella. La política, nos repiten, es asunto de especialistas
que sólo comprenden especialistas.
Así nos encontramos con que aparecen guerras envueltas en el papel
celofán de argumentos insostenibles, programas económicos
que no son sino guerras "blandas", crímenes culturales
perpetrados en nombre de la modernización, aniquilamiento de identidades
diferentes mediante el recurso expedito de eliminar a quienes las portan.
En suma: la arbitrariedad asesina de la fuerza, pero vestida de "razón
de Estado", de "razón económica", de "razón
divina", de "razón neoliberal".
En algún lado del libro de Machado, Mairena y sus alumnos discurren
sobre el teatro, sobre cómo las escenas en una habitación
transcurren con la ausencia de un cuarto muro, y que es la ausencia de
ese muro la que nos permite saber lo que pasa dentro. De la misma manera,
los actores "hablan" sus pensamientos y es así como sabemos
lo que pasa dentro de un personaje.
Quienes hacen del ejercicio de la razón y el arte su trabajo (como
quienes ahora confluyen en Guadalajara, México), pueden contribuir
a derribar ese cuarto muro de la habitación del Poder y a hacer
"hablar" a los personajes que la habitan.
No sólo ayudarían a derrumbar el mito de la "política
especializada" y a desaparecer el halo sobrenatural del Poder, también
contribuirían a echar a andar otro mundo, uno mejor, uno donde
quepan todos los mundos.
La democracia sería así liberada de la prisión de
los spots publicitarios, la frivolidad dejaría de ser programa
de gobierno, y la estupidez ya no sería la bandera que ondearan,
orgullosos, los gobernantes neoliberales.
Sería magnífico que, a quienes están el Poder, se
les obligara a leer al menos siete libros: uno de poesía, uno de
cuentos, uno de novela, uno de teatro, uno de ensayo, uno de filosofía…
y uno de gramática.
Yo sé que todo esto puede sonar subversivo, utópico, o las
dos cosas, así que no hagan mucho caso.
En realidad lo traigo a cuento porque si algo puede definir el trabajo
de Don Vázquez Montalbán es el mazo con el que se pasó
derrumbando muros, y la hábil ventriloquia con la que hizo hablar
a los poderosos y a los intelectuales que les sirven.
Creo que él, Don Vázquez Montalbán,
le tenía un profundo respeto al lector. Creo que se cuestionaba
qué escribir, por qué y contra qué, y que trasladaba
esas preguntas a la lectura: qué se lee, por qué y contra
qué. Y creo que, como escritor, no les expropió las respuestas
a sus lectores. Contradiciendo el título de uno de sus libros,
no hizo panfletos. Por el contrario, hizo de la palabra una ventana, y
una y otra vez, en sus escritos, se esmeró en mantenerla limpia
y transparente.
Fuera de en los neoliberales, la palabra suele concitar respeto entre
quienes la enfrentan, es decir, los que las hablan y escriben, y los que
las leen y escuchan.
Si alguien me pidiera un ejemplo que sintetizara la resistencia de la
humanidad frente a la guerra neoliberal, diría que la palabra.
Y agregaría que una de sus trincheras más empecinadas, y
afortunadas, es el libro.
Aunque, claro, es una trinchera muy otra porque se parece extraordinariamente
a un puente.
Porque quien escribe un libro y quien lo lee no hacen sino cruzar un puente.
Y el cruzar puentes, viene en cualquier manual de antropología
que se respete, es una de las características del ser humano.
Ya me despido, pero no quisiera hacerlo sin antes declarar que, si alguien
me pidiera una definición de Don Manuel Vázquez Montalbán
diría que fue, y es, un puente.
Vale. Salud y que la vida, algún día, transcurra sin muros.
Desde las montañas del Sureste Mexicano.
Subcomandante Insurgente Marcos.
México, Noviembre del 2004.
P.D.- En alguna misiva le propuse a Don Manuel Vázquez Montalbán
escribir una novela policíaca "a la limón", con
unas partes escritas en las montañas del sureste mexicano y otras
en las Ramblas catalanas. Él aceptó, aunque, lo confesó
alguna vez, no tenía la menor idea de cómo eso sería
posible. Yo tampoco, pero esto ya no lo supo. Próximamente el Sistema
Zapatista de Televisión Intergaláctica, "la única
televisión que se lee", trasmitirá el primer capítulo
de una serie policial que, como todo lo zapatista, tiene un futuro incierto.
Es el pequeño homenaje que, durante meses, le hemos preparado a
él. Seguramente será poco, y la calidad literaria no se
acercará siquiera a sus magníficas producciones, pero es
nuestra forma de hacerle saber, a quienes lo acompañaron en vida,
que, cuando abrimos alguno de sus muchos libros, no sólo lo leemos,
también y a nuestro modo, cruzamos hacia él, es decir, lo
abrazamos.
c.c.p.- Manuel Vázquez Montalbán, donde quiera que se encuentre.