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Echar a volar las palabras Aún hoy, en mitad la noche polar, es posible abrir un pequeño postigo por donde admirar la exhuberancia de cierto jardín secreto. Allí, entre enredaderas áureas y locuaces fuentes, el prestidigitador del verbo dota de alas a las palabras. Éstas acuden como aves heridas a las manos del mago huyendo de un mundo donde se da muerte a todo lo que intenta levantar el vuelo. En un orden en el que lo maravilloso está proscrito, las palabras sólo son un tipo de mercancía más. De esta manera, sin sus alas, las palabras no podrán conducirnos a otras realidades, menos mezquinas que la que nos imponen como única, a otros territorios, latitudes soñadas donde el término "imposible" esté desterrado del léxico. Esclavizadas, las palabras sólo podrán loar el yugo impuesto por los más poderosos mercaderes y sátrapas del orbe. Y para poner el potencial transformador del verbo a buen recaudo nuestros amos se han dotado de un cuerpo policial al uso. Como tal debe ser considerada toda esa tropa de editoriales multimillonarias, académicos pedantes, plumíferos a sueldo del poder, mentes de alquiler, jefes de pista del circo de los concursos literarios, recaudadores del copyright y demás fauna del agonizante mundillo de las "letras", ya apenas distinguible del intricado conglomerado empresarial y estatal que rige nuestros destinos. Ellos son los guardianes del campo de prisioneros donde se halla confinado el lenguaje. Afuera pretenden hacer pasar por poesía el inocente juego de palabras, de palabras desposeídas de sus fulgores primigenios, que tan grato es al espíritu pusilánime del burgués. Sin embargo, en su jardín amurallado, el alquimista del verbo aún guarda celosamente la fórmula explosiva de la poesía, lista para una nueva detonación. Abramos el postigo de lo maravilloso y echemos a volar las palabras. Núcleo de experimentación
poética "Pléyade Negra"
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¿Para qué sirven las puestas de sol? El "homo rationalis", que busca hallar el peso atómico de la angustia, del sentimiento de culpa, del amor y del hastío no sabe para qué sirve la poesía. El "homo rationalis" no encuentra con qué medir todas esas realidades subjetivas y opta por decir que no existen. Al "homo rationalis" no le gusta el "arte", porque no satisface la parte racional (la única real para él) del ser humano. Para él los poetas son holgazanes, embaucadores y difusores de toda clase de supercherías. "Sólo la ciencia puede liberar al individuo", nos dice, la ciencia entendida como el conociendo de todas las realidades cuantificables. Pero a veces el "homo rationalis", está rodeado de una multitud y se siente solo, tiene cubiertas todas sus necesidades básicas (alimentación, techo, sexo, etc.) y se siente insatisfecho. A veces al "homo rationalis" le ocurre que se siente atraído inexplicablemente por una persona y ello por algo más que por satisfacer los aspectos más mecánicos de lo erótico, pues acaso esa persona ya le haya rechazado mil veces o sea la mujer/hombre del prójimo/a y aún así... A veces el "homo rationalis" tiene ganas de huir de sí mismo, de su vida perfecta construida sobre perfectos principios racionalistas y se pregunta por la causa de ese deseo de huida sin llegar a una conclusión razonable. Entonces surge el típico ardid mecanicista: a lo mejor todos esos deseos absurdos e inexplicables son fruto del mal funcionamiento de la maquinaria cerebral. Entonces el "homo rationalis" va al psiquiatra, quien, encantado de encontrar un nuevo cliente al que rascar el bolsillo, solucionará el problema del deseo insatisfecho amputando el deseo mismo a través de la química. Así, el buen doctor, para que no nos duela la rodilla, nos amputa la pierna. Pero no os alteréis, racionalistas de vía estrecha, que no estamos hablando de la existencia del alma. Somos materia, estamos de acuerdo con vosotros. Los partidarios de la impostura metafísica se rasgan las vestiduras ante esta afirmación: "¿es que sólo somos "simples" trozos de carne?"... presuponen los muy ingenuos que la carne es "simple", tan simple como las religiones que todo lo explican con la palabra "Dios", promoviendo que el ser humano renuncie a su capacidad pensante. Lo que nos distancia de vosotros, compañeros materialistas, es que no somos mecanicistas, no creemos que el intricado laberinto de las pulsiones humanas se pueda explicar de manera tan cuadriculada y robótica como lo hacéis. Aplicáis la matemática en un terreno que no le es propio y como no os salen las cuentas, hacéis trampas. "Todo lo que no pueda explicarse racionalmente, no existe", aseguráis. Usáis la razón como un concepto estático cuando en realidad lo racional varía a través de los tiempos y de las culturas y además la capacidad de la razón para explicar la realidad es limitada. De esto se encarga de recordároslo la vida de vez en cuando, cuando os abofetea en la cara y os echa abajo vuestras teorías, porque, si hay algo verdaderamente real, eso es la vida y no la razón que es una abstracción, producto típico de un sistema que por muy materialista que se llame no deja de ser idealista en su afán de explicar simplificadamente el funcionamiento de lo real. Volviendo al tema del arte y su utilidad,
muchos racionalistas, revolucionarios confesos (marxistas, libertarios)
se preguntan si la poesía vale para algo. Ellos, que son, por
definición, adversarios de la burguesía, son los primeros
que deberían saber que el concepto de "valor" es un
concepto burgués y uno de los fundamentos del capitalismo. Es
rasgo típico de la mentalidad burguesa el reducirlo todo a cantidades
en su afán de hacer negocio, o mejor dicho, de robar a través
de la economía, de robar todo aquello que debería ser
de común disfrute. Para la burguesía el arte sólo
vale si lo puede colgar en una exposición y venderlo por una
considerable suma de dinero. Para otros, el arte y, en concreto, la
poesía, si es de naturaleza verdaderamente revolucionaria y ha
roto con los valores burgueses, está más allá del
concepto capitalista de "valor". De hecho, desde ahora mismo
nos dedicaremos a exaltar todo objeto sin utilidad aparente al que concederemos
un sentido intrínsecamente revolucionario. Porque preguntarse
para qué vale la poesía tiene el mismo sentido que preguntarse
para qué sirven las puestas de sol. Núcleo de experimentación
poética "Pléyade negra".
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