|
E |
stampitas |
|
La Mérida colonial estuvo dividida por el odio que se tenían dos familias: la de los Gaviria y la de los Cerrada, apellidos de dos de los fundadores de la ciudad. Los problemas comenzaron con Pedro García Gaviria, quien vino acompañando al Capitán Juan Rodríguez Suárez en 1558, y Hernando Cerrada, quien llegó con el segundo fundador, Juan de Maldonado, en 1559. El enfrentamiento se extendió por varias generaciones y produjo muchas muertes en ambas familias, además de causar grandes pérdidas en sus patrimonios. Se dice que esos acontecimientos, sumados a los frecuentes temblores, retrasaron el florecimiento de la ciudad. Esta contienda era la prolongación del rencor que se profesaban nuestros dos fundadores: Juan Rodríguez Suárez y Juan de Maldonado. Cien años después de fundada la ciudad de Mérida, continuaban en pugna los Gavirias y Cerradas. Desde principios del siglo XIX, el hielo era traído a Venezuela desde los Estados Unidos. Este representaba una exquisitez limitada al uso de las familias adineradas, quienes lo utilizaban principalmente como medicamento, pero también para enfriar bebidas y hacer helados. En Mérida, por lo menos hasta los primeros años del siglo XX, el hielo era traído de la Sierra Nevada por cargadores que lo transportaban a sus espaldas en maletas hechas con cuero de chivo. Cada maleta podía pesar de 34 a 46 kilos. La primera máquina refrigeradora que llegó a Mérida la adquirieron los hermanos Picón en 1926 para su fábrica de helados y su costo fue de dos mil bolívares, eso sí, pagada por cuotas. Existía en la Mérida colonial lo que se denominaba "Bando del buen gobierno". Era éste un código por medio del cual se pretendía impedir los excesos que pudieran perturbar la tranquilidad de la apacible ciudad. Existía, por ejemplo, la prohibición de dar posada a los forasteros, a menos que se contara con una licencia de la máxima autoridad civil de la ciudad, es decir, el Teniente Justicia Mayor o en su defecto, del Alcalde. La persona que hiciere caso omiso de este precepto sería castigado con quince días de cárcel junto con su huésped. Estaba prohibido también celebrar bailes o saraos de noche en cualquier casa sin antes obtener un permiso de algún juez; el dueño de casa que incumpliera este mandato iba a parar a la cárcel junto con sus invitados durante quince días. Otro de los reglamentos permitía sólo a las personas con la investidura requerida usar bastón, pues éste era símbolo de autoridad. El uso de pistola, peluca, guantes, paraguas, quitasol o alfombra para arrodillarse en la iglesia, estaba limitado a las gentes más distinguidas. El convento de Santa Clara se instaló en Mérida a mediados del siglo XVII, en un sitio cercano a los ríos Milla y Albarregas; pero luego de algunos años fue trasladado a la esquina norte de la plaza mayor (hoy Plaza Bolívar). El edificio era tan grande que ocupaba la manzana completa, entre las calles de Lora e Independencia, lugar donde años después –desde 1895– estuvo ubicado el edificio del Mercado de Mérida, el mismo que fue destruido por un incendio. Las clarisas permanecieron muchos años en la ciudad y no son pocas las historias que se cuentan sobre ellas. Las monjas se esmeraban en la preparación de toda clase de bocadillos con las frutas producidas en la región. Los habitantes de la ciudad, en las ocasiones más especiales engalanaban sus mesas con ellos. Entre quienes elogiaron estos dulces se cuenta Charles Empson (Inglaterra, 1795-1861), quien refiriéndose al Convento de Santa Clara dice: A sus puertas se venden bordados muy finos, bocadillos exquisitos y frutas tan admirablemente preparadas que conservan el sabor y hasta la natural apariencia... Y es que la costumbre de darle a los dulces merideños las formas de las frutas la iniciaron en la ciudad estas monjas. Otros de los viajeros decimonónicos que hablan en sus testimonios de estos suculentos manjares fueron el químico Juan Bautista Boussingault (París, 1802-1887) y el botánico y pintor Anton Goering (Alemania, 1836-1905). Los dulces merideños de hoy en día no provienen de las laboriosas manos de las monjas clarisas, pero todavía son elogiados por quienes visitan estas tierras serranas. A la hora de recordar la muerte de José Gregorio Hernández se menciona como un hecho sorprendente el que el único automóvil que existía en Caracas haya cegado la vida a hombre tan ilustre. Pero la verdad es que hay que ser bien santo para creer semejante cuento. Para el año de 1919, fecha de la muerte de José Gregorio Hernández, existía en la capital venezolana la cantidad de 4.000 automóviles aproximadamente. Incluso, Caracas contaba con un tranvía, de donde bajaba "el venerable" antes de ser sorprendido por la desgracia. Antecedentes memorables tuvo el automóvil en nuestro país: el primer Ford que llegó a Venezuela fue traído por Alfredo Anzola en 1.908. Cuentan que a Doña Zoila, la esposa de Cipriano Castro, le encantaba pasear en su automóvil, el cual era manejado por un chofer francés. Otro francés fue el conductor del primer automóvil que llegó a Mérida; el Presidente del Gran Estado Los Andes, Amador Uzcátegui, mandó a traer desarmado el carro en 1916, y ya en funcionamiento los merideños lo llamaron "el carro prisionero", pues sólo podía recorrer la avenida Bolívar hacia arriba y hacia abajo, ya que era la única empedrada para ese momento. El pueblo de Mérida aclamó a Bolívar el 23 de mayo de 1813 como su Libertador; el 14 de octubre del mismo año los caraqueños le confirmaron el título. Pero fue el Congreso Constituyente reunido en Angostura el que el 6 de enero de 1820 decretó: "...El General Bolívar queda condecorado con el título de Libertador, de que usara en todos los despachos y Actas del Gobierno, anteponiéndolo al de Presidente...". Los "encomenderos" eran personas que recibían por privilegio real una extensión de tierra en América, y a cambio debían ocuparse de la instrucción de los indios que la habitaran. Por su parte los indios debían someterse a la autoridad del encomendero y trabajar para él en la encomienda. Los primeros encomenderos de Mérida fueron: Gonzalo García de la Parra, Andrés de Pernía, Pedro del Castillo, Pablo García, Juan Martín de Zerpa, Gregorio Sánchez, García Martín, Antonio Corzo, Juan Lorenzo, Martín de Zurbarán, entre otros. Durante los últimos cuarenta años del siglo XVI tuvieron el control absoluto de los indios, a los que manejaron como rebaños. En el año 1804, el Teniente Justicia Mayor de Mérida, Antonio Ignacio Rodríguez Picón, estableció el servicio de agua limpia y construyó la primera pila en la Plaza Mayor de Mérida, para el abastecimiento público de tan precioso líquido. Desde el momento de la fundación de la ciudad de Mérida, las tierras de propiedad comunal (ejidos), se ubicaban, al Sur Oeste de la ciudad, en la zona donde hoy se encuentra la ciudad de Ejido, la cual fue fundada en el siglo XVII. Hacia el Noreste, estaban comprendidos por las tierras de El Valle hasta el pie de La Culata. El cultivo del café en grandes proporciones se inició en Mérida a comienzos del siglo XIX. Hacia el año 1777 existían algunas matas en la Mesa de Ejido, provenientes de las plantaciones que tenían los jesuitas en su hacienda "Las Tapias", al pie de la ciudad, cuyas siembras fueron abandonadas a raíz de expulsión de los jesuitas de Venezuela en 1767. Muy pocas de las antiguas costumbres de la Semana Santa se han conservado hasta nuestros días, sin embargo, en algunos pueblos algunas se mantienen. Los merideños de antaño se abstenían de comer carne de res, de proferir malas palabras, de maldecir, de barrer la casa y hasta de bañarse, pues quien no hiciera caso a esta última prohibición podría convertirse en pescado. Por esos santos días solía visitar la ciudad gente de las poblaciones vecinas, quienes participaban en los actos religiosos. Se hacían procesiones que salían de los templos y recorrían las principales calles de la ciudad. Tanto las familias más acomodadas como las más humildes preparaban, de acuerdo con sus posibilidades, suculentas y grandes comilonas: fiambres, lechones, pavos, corderos, gallinas, pescados, encurtidos, quesadillas e infinidad de dulces, engalanaban las mesas de los hogares de la entonces apacible ciudad. Según las Ordenanzas de Poblaciones dictadas por Felipe II de España, el fundador de una villa estaba obligado a llenar estas condiciones: "Que dentro del término que le fuere señalado, por lo menos tenga treinta vecinos, y cada uno de ellos una casa, diez vacas de vientre, cuatro bueyes, una yegua de vientre, una puerca de vientre, veinte ovejas de vientre de Castilla, seis gallinas y un gallo". Sin embargo en Mérida no se cumplieron al pie de la letra estas disposiciones. Mérida es ciudad pionera en cuanto a construcciones de monumentos se refiere. Aquí se erigió, por primera vez en Venezuela, el monumento al soldado desconocido, ubicado en la plaza de El Espejo. También Mérida levantó el primer monumento en el mundo en homenaje al Libertador Simón Bolívar, que se encuentra frente al Cuartel de Milla. Lo mismo podemos decir de la columna dedicada el prócer José Antonio Páez, ubicada en la Comandancia de Policía de la ciudad. Por último, el primer monumento erigido en Venezuela en memoria de Cristóbal Colón se encuentra en la plazoleta del mismo nombre. Era "Llano Grande" el antiguo nombre del sector que hoy conforman los alrededores de "Glorias Patrias" y la avenida Urdaneta. A este apacible lugar Mariano Picón Salas y Don Tulio Febres Cordero le dedicaron pintorescas notas. Fue lugar de paseo y esparcimiento de los merideños de antaño. Don Tulio fue partidario de que este sector no fuera urbanizado, pues en su forma natural "...y sus varios aspectos rurales constituye una belleza para la señorial ciudad". Según cuenta Julio César Salas en su libro Etnografía de Venezuela: "Toda la mesa o altiplanicie donde está fundada la ciudad de Mérida, así como los campos vecinos de la otra banda del Río Albarregas o Tatuy y de Mucaquetá (Milla), no menos que las tierras del pueblo de La Punta, estaban muy bien cultivadas a la llegada de los españoles descubridores, con grandes sementeras de maíz, frijoles, yuca y otras plantas...". Las corridas de toros son una tradición en Mérida desde tiempos coloniales. Durante muchos años era costumbre que cada celebración (fiesta patronal, nacional o ferial) estuviera acompañada de corridas de toros, las cuales casi siempre se realizaban en las plazas, principalmente en la mayor –hoy Bolívar–, que en otra época no era más que un espacio abierto que representaba el núcleo de la ciudad; lugar de reunión, de mercado y de esparcimiento. Para la faena se improvisaban las barreras, hechas de maderos colocados horizontalmente y amarrados con bejucos a varales clavados en la tierra. También se hacían palcos en la parte superior de las barreras, cubiertos con encerados, y quienes vivían en los alrededores de la plaza disfrutaban de la corrida desde las ventanas y los balcones de sus casas. Gente de todos los niveles sociales acudía a este espectáculo y se sabe que en especial las mujeres merideñas siempre han sido aficionadas a la fiesta de toros; como bien lo dice el testimonio del pintor y naturalista alemán Anton Goering. Son varios los testimonios de viajeros que pasaron por Mérida a lo largo de su historia, que coinciden en que en esta ciudad se experimentaban las estaciones en el transcurso de un día. Basilio Vicente de Oviedo y Baños en una descripción hecha en el siglo XVIII, señala: "...desde las seis de la tarde hasta las siete de la mañana, que es una hora después que sale el sol, es frío el temperamento a causa de las Sierras Nevadas que tiene a la vista. Desde las siete de la mañana hasta las diez, goza de primavera templada, a causa del sol que la va templando; y desde las diez del día hasta las cuatro de la tarde, es caluroso por los mismos rayos del sol que la baña...". Acerca de la visita de Bolívar a Mérida en el año 1813, dice Don Tulio: "En una hermosa mañana de mayo, el mes de las flores por excelencia, la ciudad melancólica se alegra, sus desiertas calles se llenan de gente, las campanas se echan a vuelo, y en los balcones y ventanas de sus casas semiarábigas, brillan ardientes y seductores entre dulces sonrisas, los negros ojos de recatadas doncellas, que esperan anhelantes el desfile de la vistosa comitiva, donde viene el guerrero afortunado, el caballero de la Torre de Plata y la Celeste Espada. Es Bolívar que llega...". El Libertador estuvo en cuatro ocasiones en la ciudad de Mérida. La primera vez en mayo de 1813 a la cabeza de la Campaña Admirable, cuando fue aclamado por los merideños con el título de Libertador. La segunda vez cuando iba rumbo a Trujillo, en octubre de 1820; de regreso a Bogotá en diciembre del mismo año pasó por Mérida por tercera vez. Y la última visita de Bolívar a Mérida fue en febrero de 1821, cuando marchaba rumbo al centro del país, a lo que luego se recordaría como la Batalla de Carabobo. Fernando de Cáseres y Francisco Rodríguez administraron el primer taller de zapatería que tuvo la ciudad de Mérida, el mismo estaba ubicado en los alrededores de la Plaza Mayor para el año de 1581. Otro famoso zapatero fue Juan Venegas, quien hacia el año de 1889 contando ochenta y cinco años fue nombrado el decano de los zapateros de Mérida. En los talleres del recién desaparecido periódico merideño "El Vigilante", se encuentra una antigua rotativa. Ésta tiene la particularidad de ser la misma con la cual el famoso caricaturista y humorista caraqueño Leoncio Martínez, mejor conocido como "Leo" imprimía su inolvidable periódico "Fantoches". Para 1890, la ciudad de Mérida estaba conformada por unas cuantas calles calles neblinosas. Toda la zona de la vuelta de Lola era una hacienda llamada La Laguneta pues, donde justo comienza la salida hacia el páramo, en la primera curva pronunciada que encontramos y que rodea un extenso terreno cercado con un letrero de propiedad privada, allí se hallaba una grande y profunda laguna en donde se realizaban paseos en canoa. El sábado 23 de agosto de 1890, a las tres de la tarde, diversas personalidades de la ciudad se encontraban allí disfrutando del fin de semana. En una de las canoas iba Epiménides Febres Cordero, Secretario del Gobierno Seccional de Mérida, el Doctor Manuel Troconis, Vicerrector de la Universidad de Los Andes, Andrés L. Piñero, director del Coro Andino, quien iba tocando flauta y Ramón Sáez, joven músico quien iba tocando la guitarra. De pronto, la canoa comenzó a inundarse, y cuando advirtieron el peligro ya era tarde, pues la opción inmediata era lanzarse a la laguna. Hubo gritos, ajetreos, intentos de rescate con una soga, pero el destino ya había escrito el final: los cuatro personajes morirían ahogados. Durante tres horas permanecieron los cuerpos sumergidos en el agua, de donde no fue posible sacarlos sino por medio de un garfio. El luto invadió a la ciudad por la muerte de estas personalidades públicas y de renombre. Como venganza, la laguna fue secada, abriéndole un canal. Del hecho, sólo nos queda la presencia del hondo hueco en donde vivía la laguna... En el siglo XVII, por medio de unas Ordenanzas Municipales, se estableció que todos los jueves se debía hacer el mercado en Mérida. El día de mercado debía establecerse porque, obviamente, en aquellos tiempos no existían lugares donde la gente pudiera acudir a abastecerse de alimentos, pues éstos debían ser transportados desde los campos vecinos una vez a la semana. Luego, en el siglo XIX se dispuso como día de mercado el lunes. Desde muy temprano los campesinos, en su mayoría indígenas, se congregaban en la Plaza Mayor con sus cargamentos de frutas, hortalizas y hasta nieve traída de la Sierra. El lunes se acababa la monotonía de la calmada ciudad, la plaza se llenaba de kioscos donde se vendían pasteles, pancitos, dulces y toda clase de suculencias venidas de las manos de las mujeres merideñas. También burros, toros, vacas, bueyes y mulas se unían a la algarabía; pues después de traer los cargamentos se quedaban a pastar en la plaza. Muchos de los campesinos que venían a vender sus productos de tierras lejanas terminaban la jornada con una gran borrachera y se devolvían a sus sitios de origen con los bolsillos tan vacíos como estaban al llegar. Hasta 1865 ninguna ciudad en Venezuela tenía acueducto público. En la ciudad de Mérida la gente se abastecía de agua desviándola de los ríos, por medio de acequias que corrían por las calles de Lora y Bolívar. Las familias más ricas de la ciudad tenían una pila en el patio de su casa. Antonio Ignacio Rodríguez Picón dotó a la ciudad de la primera pila, la cual estuvo ubicada en el centro de la plaza mayor, donde ahora está la estatua de nuestro ilustre Libertador. Esta pila era de uso público y a ella acudían los habitantes de la ciudad a recoger grandes cantidades de agua para llevar a sus casas. En un lugar de la calle Lora (hoy avenida 2) era frecuente ver a las mujeres lavando la ropa con el agua que corría por la acequia, por esta razón en algún momento se le llamó "Calle de los Baños". El 23 de mayo de 1907 fue inaugurado en la Quinta "La Isla" (hoy convertida en parque) el acueducto de Mérida, del que se conserva su estructura en el paso peatonal que hay desde el Parque La Isla a la avenida Universidad. Antaño, en los hogares merideños se comía carne de res casi todos los días. El sacrificio de los animales se hacía en las mismas casas o haciendas, sin ningún control sanitario; se dice que esto fue causa de muchas enfermedades en la población hasta ya entrado el siglo XX. Para aquellos tiempos la carne se vendía seca y en algunos casos se conservaba con sal. Pero no fue sino hasta diciembre de 1907 cuando se inauguró el primer matadero público de Mérida, sin embargo las condiciones higiénicas seguían siendo precarias. La primera carnicería se estableció en la ciudad en 1950 y se llamó "Carnicería Mérida", se hallaba en la calle Lora, frente al antiguo mercado. Era costumbre, hasta hace algunos años, que el pan, la leche, la leña y hasta los dulces y golosinas se repartieran en las casas. Entre los oficios más pintorescos estaba el del vendedor de granjerías, el cual era un personaje que recorría las calles de la ciudad con una canasta llena de dulces de variadas clases, acemitas, pan de piquito y mojicones. Entre los más famosos vendedores de granjerías de la vieja Mérida se encuentra "Yameacuesto", quien a fines del siglo XIX se paseaba por la ciudad con su canasta llena de paledonias, quesadillas y suspiros para acompañar las frías tardes de la tranquila ciudad. Ya desde el siglo XIX los carnavales venezolanos se habían convertido en una especie de caos colectivo en el que algunas personas arremetían contra otras lanzándoles agua sucia, talco, aguas teñidas y en el peor de los casos cualquier sustancia indeseable. Antonio Guzmán Blanco, el Ilustre Americano, en su empeño por "civilizar"a la población, prohibió el juego con aguas, y en su lugar impuso el uso de papelillos, serpentinas, flores y caramelos. Sin embargo, esta imposición sólo vino a sumarse a la ya arraigada costumbre de lanzarse inmundicias. A pesar de esto, los carnavales merideños tenían su encanto. Hacia la segunda década del siglo XX se decoraban carrozas en las que las comparsas de jovencitas pertenecientes a las familias más acomodadas, lucían sus disfraces. En los años 30’s el sitio de moda era el Salón Diana, de Gelsi y compañía, allí se formaban los mejores saraos carnavalescos. En marzo de 1957 el Hotel Prado Río dio la primera gran fiesta de carnaval amenizada con orquesta, la entrada era gratis. La Navidad merideña de otrora era tan esperada como en estos tiempos, pero debido a que la ciudad contaba con muchos templos las celebraciones tenían un esplendor particular. Cada parroquia tenía su iglesia y su plaza, donde se congregaban los lugareños para asistir a las misas de aguinaldos. Una de las pocas costumbres que aún se mantiene es la de visitar pesebres. Las familias se iban en peregrinación por la ciudad visitando los pesebres más elaborados, uno de éstos era el de las hermanas Romero, quienes hacia 1920 obsequiaban a todos sus visitantes con chicha, dulce de lechosa, cabello de ángel y arroz con leche. Los merideños celebraban las navidades entre oraciones y fiestas. Al compás de las maracas, el traguito de anisado y ron "candelero" muchas veces estas fiestas terminaban en inmensas borracheras. Los caminos de acceso a la ciudad de Mérida siempre fueron largos, angostos y tortuosos. Sin embargo la belleza de la ciudad y atractivo de sus alrededores fue suficiente razón para que lejanos visitantes se arriesgaran a toda clase de peligros con tal de llegar a la Ciudad de los Caballeros. El viaje a Mérida se hacía atravesando caminos que orillaban el curso de los ríos, rodeados de escabrosas laderas, en donde un paso en falso podía tener funestas consecuencias. Pero para tranquilidad de los viajeros, las mulas conocían bien el trayecto, aunque unas cuantas rodaron desfiladero abajo, quizá por el peso de las cargas. Los recorridos se hacían en fila india, por la estrechez de las veredas, y esto hacía mucho más largos los viajes. Pero el difícil acceso a la ciudad algunas veces se convirtió en bendición, como en los tiempos de guerras, invasiones y revueltas, cuando nuestras montañas fueron enormes murallas que protegieron a la ciudad de la barbarie. En tiempos de María Castaña no había familia distinguida en Mérida que no ostentara tener en su casa un viejo tesoro enterrado. Se creía que cuando se veía una luz brillar o se escuchaban voces y pasos en algún lugar de la casa, era porque allí había un entierro. El ánima de la persona que había enterrado el botín quedaba "penando" en el purgatorio y por esa razón espantaba. Fueron muchos los que se aventuraron en una noche de luna creciente a buscar un entierro. Para encontrarlo debían preguntarle al ánima "¿Viene de parte de Dios o del diablo?", si ésta decía que venía de parte de Dios se rezaba un padrenuestro y tres credos, si decía que venía de parte del diablo se debía llamar a un cura para que hiciera un exorcismo. Algunos pocos corrieron con suerte, pero fueron más quienes nunca encontraron nada más que un buen susto. Quién sabe si en Mérida todavía quedan tesoros enterrados bajo la tierra donde años atrás hubo alguna casa solariega. En un número del Periódico "El Lápiz" del año 1890, a pesar de estar todavía cubiertas de nieve las "cinco águilas blancas", ya Don Tulio alertaba sobre la disminución de la nieve en los picos. Señalaba el patriarca de las letras merideñas que los vacíos ya podían observarse en el pico "El Toro": esa mole gigantesca que adorna sus crestas con diademas de plata. Termina su relato Don Tulio esperanzado en que las águilas no se queden sin nieve y contento de que todavía ese año de 1890 había suficientes masas de hielo "para prepararle sorbetes al mundo entero por centenares de años". Hacia 1870, durante el gobierno del Presidente Antonio Guzmán Blanco, las relaciones entre la Iglesia y el Estado no eran nada cordiales. El gobierno guzmancista había expropiado las posesiones de la iglesia; había abolido el fuero eclesiástico, con lo cual cualquier miembro de la iglesia podría ser juzgado por tribunales civiles; se había decretado además el matrimonio civil. El clima era de tensión continua. El obispo Bosset redactó una Carta Pastoral sobre el matrimonio civil que disgustó al presidente Guzmán, por lo cual dicho obispo fue expulsado del país. Camino al destierro, Bosset iba transportado en una silla llevada a hombros por cuatro cargadores, su humor era tan insoportable por la situación del momento y por cierto malestar de enfermedad, que hay versiones que dicen que en una parte del recorrido, los cargadores no soportaron más y echaron al obispo por una pendiente del camino, esto no fue comprobado; sin embargo el Obispo Bosset murió ese día, un 26 de mayo de 1873. En 1804 arribó a Venezuela la Expedición Real de la Vacuna, misión de salud pública patrocinada por orden expresa del rey de España Carlos IV. La expedición partió del puerto gallego de La Coruña, en 1803, y finalizó su tarea en 1806. La expedición, cuya finalidad era disminuir los avances de la viruela en las colonias españolas, entró a Caracas el 28 de marzo de 1804 y ese mismo día se vacunaron 60 personas, cantidad que en breve tiempo superó la cifra de 2.000. La primera persona que se vacunó en Venezuela fue el niño caraqueño Luis Blanco, quien había nacido en 1802 y murió en 1874. Se organizó una Junta Central de la Vacuna, contando con la participación de importantes personalidades de los diversos sectores de la población. Durante el mes y medio que permanecieron los expedicionarios en tierra venezolana, continuaron las manifestaciones de regocijo popular, expresado en bailes, banquetes y serenatas. Hasta un poema titulado «Oda a la vacuna», compuesto por Andrés Bello, circuló por esos días para apaciguar los temores de los ciudadanos, quienes por primera vez presenciaban tal curiosidad. La vacuna llegó a Mérida en el mes de octubre de 1804. La primera imprenta que llegó a Mérida fue traída por Francisco Uzcátegui en el año de 1845. Él la trajo de Barinas y fundó su establecimiento en la esquina donde se interceptan las hoy llamadas avenida dos Lora y el Bulevar de los pintores, sitio donde queda una casa que hoy en día pertenece a la Facultad de Odontología. El pueblo merideño, al enterarse de la llegada de la imprenta, salió a la calle a recibir tan preciada máquina con banderas, flores, gritos y fuegos artificiales. En 1846 sale de esa imprenta nuestro primer periódico, llamado "El Centinela de la Sierra", y sale también el primer libro impreso en Mérida, "Historia completa de todos los concilios ecuménicos", publicado el mismo año de 1846. ¿Por qué se le llama "El Espejo" a la parroquia merideña que se encuentra cinco cuadras detrás de la Catedral, hacia la margen del río Chama? Si revisamos la historia, ya para 1803 existía en las inmediaciones de la ciudad el llamado "Barrio del Espejo"; pero si retrocedemos hacia el siglo XVIII, encontraremos que esa zona estaba comprendida por grandes solares y huertas. Se cuenta que en una de esas huertas vivía una humilde anciana quien barriendo los alrededores de su casa encontró un pequeño pedazo de vidrio que al trasluz dejaba ver la imagen de una virgen en traje blanco, con manto azul, las manos juntas en actitud de adoración, coronada y con los pies sobre una media luna. La viejecita guardó la imagen y la colocó sobre el altar de su casa. La noticia fue corriendo de boca en boca por toda la ciudad, naciendo así la adoración a la "Virgen del Espejo", quizás porque la imagen apareció en un pedazo de vidrio de unos siete centímetros o quizás porque desde un principio fue colocada delante de un espejo, para mejor presentarla a los fieles. Para 1803 edificaron la Capilla de Nuestra Señora del Espejo en el mismo lugar donde fue encontrada la imagen. Por esa razón esa zona de Mérida la llamamos hoy "El Espejo". Nuestro insigne escritor, Mariano Picón Salas, dejó una rica descripción en su obra Viaje al amanecer, de cómo eran los funerales en la Mérida de principios del siglo XX. Cuenta don Mariano que por la calle de la Igualdad (hoy Canónigo Uzcátegui) desfilaban las procesiones hasta el cementerio de El Espejo. A los merideños de aquellos tiempos, como a los de ahora, les encantaba participar en estos rituales, por eso mucha gente caminaba detrás del infortunado, en procesión hasta su lugar de reposo. La calle se llamaba Igualdad precisamente porque era la vía al cementerio, lugar donde todos somos iguales. Sin embargo no todos los entierros eran iguales, había los de Cruz Alta, con Deán y Cabildo, para los funerales de las gentes más distinguidas de la ciudad; en estos actos resaltaba la majestuosidad, los monaguillos llevaban incensarios de plata y los Canónigos exhibían sus más suntuosas vestimentas, acompañados de los repiques de "Juan el Campanero", personaje muy conocido en la Mérida de aquella época porque era el encargado de hacer sonar las campanas de la Catedral. Uno de los ebanistas más importantes de la ciudad era el Maestro Eulogio, quien tenía su fábrica de ataúdes en la misma calle que conducía al cementerio, para los pobres hacía una cajita "apenas cepillada y pintada con una mano de barniz barato", para los más pudientes, urnas de caoba con pasamanos e incrustaciones de plata. Como ya sabemos, hubo un tiempo en que el mercado se hacía en la Plaza Mayor. Pero esa costumbre comenzó a causar molestias a los vecinos de la ciudad, quienes pedían a las autoridades la construcción de un moderno edificio de mercado. En el año de 1874, Antonio Guzmán Blanco expropió a las comunidades religiosas, fue entonces cuando el convento de las monjas clarisas fue desalojado y pasó a manos del gobierno. El edificio fue demolido para la construcción del nuevo mercado público, pero estos trabajos tuvieron muchos contratiempos, y no fue sino hasta el año de 1895 cuando estuvo terminado. Era un edificio monumental para la época, pues contaba con 600 metros cuadrados de zinc y estaba apoyado sobre 44 columnas de madera. Sus tres entradas principales daban para las calles de Lora, Lasso e Igualdad (hoy Uzcátegui). En la parte superior del mercado se instalaron varios restaurantes de comida criolla, donde vendían suculentos mondongos, sopa de arvejas, guisos, fritangas y toda la variedad de platos de la cocina local. Quienes tuvieron la oportunidad de visitar el viejo mercado recordarán aquella mezcla de olores y colores, que le daban al lugar un toque pintoresco y las cantarinas voces campesinas que ofrecían su mercancía a nuestro paso. La noche del 31 de mayo de 1987 un incendio consumió aquel viejo mercado, pero las historias deben quedar, para que las nuevas generaciones de merideños conozcan nuestro pasado y puedan construir un mejor futuro. Se desconoce la fecha exacta de la introducción de la fotografía en Mérida; pero se sabe que para el año de 1868 visitó la ciudad el fotógrafo norteamericano Camilo Farrand, quien realizó las primeras tomas de la Sierra y de los alrededores de la ciudad. En el mismo año, un comerciante de la localidad ofrecía sus cigarros de papel marca "La Honradez" en cajetillas adornadas con retratos fotográficos de señoritas merideñas y litografías de algunos sitios de la ciudad. En 1878 los emprendedores hermanos Parra Picón fundaron un estudio fotográfico con instrumentos traídos de París y contaron con los servicios del francés Adolphe Michaud, para su entrenamiento en el nuevo y curioso arte. En los últimos años de aquel siglo (XIX) se estableció en Mérida un fotógrafo que provenía del centro del país y que estaba a cargo de un estudio llamado "Fotografía Artística Cosmopolitana de P. P. Romero González"; él recogió los devastadores efectos del terremoto de 1894 (último ocurrido en Mérida hasta ahora), en una serie de fotografías que en su tiempo publicó la más importante revista venezolana de la época: "El Cojo Ilustrado". Otro de los pioneros de la fotografía en Mérida fue Leonidas Valeri, quien utilizaba la luz de una manera tan magistral, que sus retratos resultaban verdaderas obras de arte. Juan Rodríguez Suárez fundó la ciudad de Mérida en 1558, la llamó así en honor a su ciudad natal, ubicada en Extremadura, España. El sitio escogido por el conquistador para fundarla fue Lagunillas, que para el momento era un asentamiento de indígenas. Al poco tiempo la ciudad fue trasladada a La Punta por el mismo Juan Rodríguez Suárez, pero éste fue acusado de fundar ciudades sin autorización real. Al año siguiente, en 1559, el Capitán Juan de Maldonado, quien provenía de la provincia de Ávila, fundó de nuevo la ciudad con el nombre de San Juan de las Nieves en la meseta de Tatuy, sitio donde hoy permanece; pero luego le cambió el nombre por el de Santiago de los Caballeros. Sin embargo prevaleció el nombre de "Mérida" que le había puesto el primer fundador con el título de "Santiago de los Caballeros", que le había puesto el segundo y por el que todavía es reoconocida por algunos. Bibliografía: Cartay, Rafael (1988). La mesa de la meseta. Mérida: Merenap. Chalbaud Zerpa, Carlos (1984). Historia de Mérida. Mérida: Universidad de Los Andes. Febres Cordero, Tulio (1985). El Lápiz. Mérida: Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes. Goering, Christian Anton (1999). Venezuela. el más bello país del trópico. Caracas: Playco. Picón Salas, Mariano (1959). Viaje al amanecer. Buenos Aires: Losada. Rodríguez, Carlos César (1996). Testimonios merideños. Mérida: Solar. |