EDGAR ALLAN POE 



SUEÑOS


¡Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero! 
y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero 
de una eternidad anunciara el nuevo día.


¡Sí! Aunque el largo sueño fuera de agonía 
siempre sería mejor que estar despierto 
para quien tuvo, desde el nacimiento 
en esta dulce tierra, el corazón 
prisionero del caos de la pasión. 


Mas si ese sueño persistiera eternamente 
como los sueños infantiles en mi mente 
solían persistir, si eso ocurriera, 
sería ridículo esperar una quimera. 


Porque he soñado que el sol resplandecía 
en el cielo estival, lleno de luz bravía 
y de belleza, y mi corazón he paseado 
por climas remotos e inventados,
junto a seres imaginarios, sólo previstos 
por mí... ¿Qué más podría haber visto? 


Pero una vez, una única vez -y ya no olvidaré 
aquel bárbaro momento- un poder o no sé qué 
hechizo me ciñó, o fue que el viento helado 
sopló de noche y al marchar dejó grabado
en mi espíritu su rastro, o fue la luna 
que brilló en mis sueños con especial fortuna 
y frialdad, o las estrellas... en cualquier caso 
el sueño fue como ese viento: démosle paso.


Yo he sido feliz, pues, aunque el sistema 
fuera un sueño. Fui feliz, y adoro el tema:
¡sueños! Tanto por su intenso colorido 
como por ese efímero, brumoso parecido 
que oponen a lo real, y porque al ojo delirante 
ofrecen cosas más bellas y abundantes 
del paraíso y del amor -¡y todas nuestras!-
que la esperanza joven en sus mejores muestras.

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