N.
H. Kleinbaum
Oh, belleza que camina en la noche,
Tu resplandor apaga el de los cielos,
porque la pasión, divina armonía,
brilla en la brasa de tus ojos.
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Dulzura de sus ojos de zafiro
reflejos de su cabello de oro
mi corazón sucumbe a su imperio
feliz de saber que ella respira.
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Me fui a los bosques porque quería vivir sin prisa.
Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida.
Abandonar todo lo que no era la vida, para no descubrir,
en el momento de mi muerte, que no había vivido.
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Existe el sublime amor de una muchacha
y el amor de un hombre maduro y justo
y el amor de un niño sin miedo.
Todos ellos han existido en todos los tiempos,
pero el amor más maravilloso,
el amor de todos los amores,
más grande aún que el amor a una madre,
es el amor infinito, tierno y apasionado,
de un borracho por otro borracho.
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Soñamos días de mañana
que nunca llegan.
Soñamos una gloria
que no deseamos.
Soñamos un nuevo día
cuando ese día ya ha llegado.
Huimos de una batalla
en la que deberíamos pelear.
Y sin embargo dormimos.
Esperamos la llamada
sin adelantarnos a ella.
Basamos nuestras esperanzas en el futuro
cuando el futuro no es más que vanos proyectos.
Soñamos con una sabiduría
que evitamos cada día.
Llamamos con nuestras plegarias a un salvador
cuando la salvación está en nuestras manos.
Y sin embargo dormimos.
Y sin embargo dormimos.
Y sin embargo rezamos.
Y sin embargo tenemos miedo.