Jaime Sabines
Así,
Como Este Anochecer, Me siento...
Así, como
este anochecer, me siento.
Las últimas
luces se pierden en el cielo,
y la sombra avanza
sobre la tierra inundándole,
igual que un agua
espesa y obscura.
En la ciudad es
difícil sentirse perdido.
He visto esta maniobra
de la luz a través de la ventana,
en mi casa, en
un departamento atiborrado de ruidos,
el calentador,
la televisión, los gritos de los niños.
Sólo por
un instante me di cuenta del cielo.
¡Qué
naturaleza, qué Dios tan distante y tan ajeno!
Uno vive solo con
sus deseos
y ni siquiera es
el espectáculo de sí mismo.
No hay lugar para
la desesperación,
ni para la fatiga,
ni para la alegría.
Pendiente sólo
de la pierna que duele,
de la hora de ir
al trabajo, de la acidez,
del dinero gastado,
de la hora de acostarse;
se resucita a veces,
por un momento,
con el juego del
hijo, con el relámpago del deseo
(que le deja a
uno la carne alumbrada hasta caer),
y a veces también
con las páginas blancas de la libreta en que se escribe
y que son frente
a uno como un espejo en que no se ve el rostro sino el destino.
Preocupado, afligido
de Dios,
que tiene la cara
blanca y vacía, sin una sola palabra ni un gesto,
preocupado de la
piedra que es la cabeza de Dios
(la piedra sobre
la mesa de madera, la piedra sobre el agua,
la piedra que tienen
en la mano los muertos),
uno podría
hablar de Dios interminablemente,
con ternura y con
odio, como de un hijo perdido.
Uno podría
quedarse callado de Dios sin cesar,
como se queda callado
de la sangre el corazón trabajador y silencioso.
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