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Laiseca

                                                               por Diego Carballar

Alberto Laiseca es un escritor argentino; un maravilloso novelista. Sin embargo, la palabra mago es m�s pertinente para definirlo; o poeta: Laiseca es un poeta. As� est� bien. Entres sus obras figuran Matando enanos a garrotazos,La hija de Keops, La mujer en la muralla, Los Sorias (una monumental novela de m�s de 1200 p�ginas, que comienza en un m�sero cuarto de pensi�n y termina narrando el enfrentamiento mundial de tres superpoencias: Soria, Tecnocracia y la Uni�n Sovi�tica). Laiseca es un maestro politeista que sabe de astrolog�a y f�sica cu�ntica. Es, a mi juicio, el escritor argentino vivo m�s importante e ineludible. Saber de alguien como �l es un motivo de alegr�a. El siguiente fragmento fue tomado de un reportaje que le realizara Guillermo Saavedra para la revista El Porte�o en 1987.

La respuesta llega, polite�sta y monotem�tica: �El mal est� en todos lados, y el enemigo es el monote�smo. Perd�n por la reiteraci�n pero �l me obliga. Reconozco su fuerza�.
�Puede la escritura obrar como un conjuro contra esa fuerza mal�fica y distorsiva? Un Laiseca parab�lico cuenta que, �cuando el dios Toth invent� la escritura, muchos egipcios se opusieron. Alegaban que iba a destruir la memoria colectiva. Pero el dios Toth sab�a de los tiempos venideros. Tiempos de destrucci�n de la memoria, de sucesivas quemas de la biblioteca de Alejandr�a. Desde ese punto de vista, si la memoria oral es devastada, celebremos al menos la persistencia de la escritura. Estamos seguros de que hubiese sido mejor permanecer en una edad de oro donde la escritura no fuese necesaria, donde la iniciaci�n verdadera pasase de boca en boca, de maestro a disc�pulo. Pero ya no somos tan puros ni estamos tan incorruptos como para garantizar la transmisi�n directa de la memoria. Por eso hay que escribir todo lo que se pueda. �




Un poema (de
El jard�n de las m�quinas parlantes):

Diablo extranjero

Mi Emperador muri� en rebeli�n contra el Falso Emperador, en el mes que apaga la primavera. Mi querido p�jaro negro sirvi� de escudo el mismo d�a; y ayer, a�os despu�s pero en la misma �poca fat�dica, alguien destruy� a mi gato atigrado, el patriarca de mis gatos, que se acostaba al sol como un Buda sabio e irritable. Marco Polo, mi amigo, el diablo extranjero, nombra a los meses con su extra�a manera b�rbara. La muerte, con su deshonra, me transforma en intruso ap�trida. Quisiera morir en abril, junto a mis amigos.
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