Entrevista a Ricardo Espinosa.
"Y bueno, ahora van a decir que como
no quiero a mi hijo no quiero a nadie.
Tienen razón, no quiero a nadie".
Ricky Espinosa mide un poco más
de un metro sesenta y cinco, tiene las mechas ligeramente platinadas y está
contando la historia de cómo tuvo un hijo sin quererlo. Todo sucede en la pieza
donde creció y en la que vivirá hasta que su padre lo vuelva a echar como ha
sucedido tantas veces en los últimos quince años. Hubo una vez, también, en
la que el cantante de Flema directamente paso la noche en una bolsa de dormir
instalada en la terraza. Como un perro, bah. Atravesaba el largo pasillo de la
casa de Gerli este (la parte que se toca con Avellaneda) y se colaba por el
techo. ¿Santa
Claus? ¡Nooo! Más bien estamos ante un auténtico
Chuky del conurbano.
En esta tregua -"me hecharon mil
veces pero fui lo suficientemente vivo para no irme"-, Ricky ha dispuesto
un curioso catering para atender a al Sí. Preparó café y un
arrollado de pionono intoxicado de moscato y se ríe a carcajadas -hay que
escuchar esa risa- de su Gustock privado en una escenografía que mezcla
trofeos deportivos que no son suyos, raídos adornos de tiempos mejores y su álbum
completo de fotos que lo muestran:
a) pintarrajeado a lo Marilyn
Manson ("yo me pinto desde el 87")
b) vistiendo el inmaculado
uniforme stone argentino c) como
un muñeco vudú que desde el mismísimo sobre interior de su nuevo disco,
Si el placer es un pecado... bienvenidos al infierno,
luce una remera que
dice "Flema es una mierda".
Los comensales se muestran tímidos y el punk taimado advierte: "Coman que
lo hice para ustedes. Si a mi no me viene a visitar nadie".
-Pero en la puerta tenes pintadas de fans...
-Si. Es como la tumba de Jim
Morrison... pero vivo.
La historia de Ricky se puede contar a travez de sucesivas expulsiones. "Yo
no pedí nacer", dice la alimaña para empezar. La escuela secundaria, en
tanto, le tomó diez años. Primero lo hecharon del industrial Angel Gallardo de
Avellaneda, después de un bachillerato en Barracas y al final se fue sin que lo
echen de Joaquin V. Gonzalez ("me cansé de tomar vino en las horas de
clase y preferí tomar en la calle"). Y de la escuela al trabajo, ¿no?:
"Una vez trabajé en una fábrica de lápices, como cuarenta horas por día.
Queríamos juntar plata para descontrolar en Navidad. Pasó la Navidad y me quedé.
Y fui ascendiendo de puesto, llegué a ser jefe de máquina pero me zarpé un
par de veces y me echaron".
Salimos con Ricky a dar una vuelta por el centro de Gerli. De una contrucción
modesta sube un vaho de choripán. "Es un club social, pero ahi no puedo
entrar". Asoma un zaguán remodelado. "Las rejas las pusieron porque
nos sentabamos con los pibes a tomar vino". A la vuelta, un metegol juega
con dos pibes. Ricky para, choca los cinco y uno le pide que hable de El
Porve. "Acá esta el Porvenir, que tiene pica con Arsenal de Sarandí.
Yo paré mucho tiempo en una plaza donde confluian los de Gerli, los de Sarandí,
los de Dock Sud, y a todos nos unían los mismos vicios. La cancha, que mierda
nos importaba".
"Si
yo soy así no es por culpa de las drogas",
es uno de slogans que Ricky agita -hay que escuchar es voz imposible-
desde su atalaya en Flema,
el único lugar de donde nunca lo
echaron. Hace diez años que
alguien le dio el nombre del grupo y algunas canciones antes de que ni siquiera
tuvieran un ensayo. Hoy las cosas no han cambiado demasiado y esta banda que
tiene tres discos y fue vista por 5.000
personas cuando tocó con The
Offspring sigue sin ensayar ("No
sería sincero si ensayáramos"),
aunque Ricky diga que ya tiene el cuarto
disco en la cabeza. Es así, Flema
quiere ser el mejor grupo punk de Argentina siendo el peor.
"No creo en los grupos buenos como los Lamina (A.N.I.M.A.L. al revés)",
remata velocísimo.
Y Ricky,
el negativo de cualquier estrella de rock,
descubrió lo que no debía en las cosas que le prohibían: los terrenos vecinos
al club Villa Modelo y los discos de los Stones. De no haber sido rocker sería
medium. Es que solamente se permite soñar con una zapada en la que estuvieran
Brian Jones y Kurt Cobain. "Lo que hizo es una estupidez, un mal ejemplo,
lo que quieras... pero fue digno. Si no tenés ganas de vivir más, no vivas más
y punto". Y el peor del barrio, el que asustaba a las señoras de la cuadra
portando una cruz invertida, quiere dejar claro que prefiere quemarse antes que
enmohecerse y ser el extremo malo antes que el bueno.
-Cuál sería el bueno?
-Y qué sé yo... el Papa.