______________________________________________________________________________PHILOSOPHICA
Lic. M. A. Paz y Miño
Director de la Revista
Peruana de Filosofía Aplicada
Es indudable el auge del uso de las computadoras u ordenadores en los últimos años en el mundo entero y, claro está, en nuestro país. Vayamos a donde vayamos casi siempre nos encontraremos una. Sea en la estación del tren, en una compañía de transporte terrestre, aéreo o marítimo, cuando requerimos algún bien o servicio -médico, farmacéutico, educativo, postal, etc.-. Sea en una bodega o en la universidad, en la casa o en un supermercado las computadoras están a nuestro servicio como instrumentos de comunicación, información, cálculo o incluso entretenimiento (juegos y editores de vídeo o cine, etc.) Podemos usarlas no sólo como calculadoras o máquinas de escribir -ensayos o nuestro propio diario o libro- sino también comunicarnos por medio de cartas electrónicas o de imágenes y sonido vía Internet a cualquier parte del mundo al costo de una llamada local. Y claro está como instrumentos industriales o de estudio científico en la Tierra como en el espacio exterior. Existen los robots, máquinas-autómatas con computadoras como cerebros "rudimentarios" capaces de fabricar, a su vez, no sólo autos u otros ingenios sino también otros robots (Lejano está todavía el que una computadora piense y sienta como un ser humano pues éste como ser biológico es mucho más que un cerebro que sólo capta o transmite datos o dicta órdenes). Si bien es cierto que las computadoras aún siguen siendo tenencia de minorías privilegiadas -los pobres prefieren obtener comida a artefactos-, poco a poco van siendo abaratadas y de relativo fácil acceso (Hay centros de cómputo en los colegios, bibliotecas y universidades estatales y claro está en los particulares).
Y así con la colaboración mutua entre los ordenadores, los teléfonos, la vía satélite y la televisión cada día más y más gente tiene el mundo al alcance de la mano. Más y más fronteras de distancia, lengua, costumbres, economía, etc. se van derribando. El sacerdote, el pastor o el rabino pueden aconsejar, por medio del correo electrónico y la Internet, a sus prosélitos sin necesidad de verlos o hablarles, así también el médico puede diagnosticar y recetar a sus pacientes (hasta cierto punto). Podemos conocer a gente con intereses similares a los nuestros, ganar nuevos amigos e incluso obtener una pareja. Podemos ingresar a los archivos especializados en cualquier materia de la cultura humana, estudiar algún curso, visitar tierras lejanas, escuchar sonidos y música inimaginables o tan extraños para nosotros. Podemos hacernos conocer a miles y miles de personas en el mundo entero por medio de nuestra propia página cibernética (web), hacer negocios o inscribirnos en algún congreso, discutir algún tema, etc.
Es decir, vivimos en una era científico-tecnológica en la que la computadora es su pilar fundamental. Y nos aventuramos a decir que no está lejano el día en que podamos llevar sobre nuestra cabeza -cual audífonos- o muñeca -cual reloj pulsera- nuestra propia computadora personal miniaturizada capaz de enlazarnos con el mundo entero e incluso más allá de nuestro planeta si es que nuestra especie logra sobrevivir a sus propios males y a la destrucción ecológica de nuestro planeta.
Pero solamente ello es posible si no relegamos a un segundo, tercer o cuarto planos la propia vida humana que es lo más importante pues las computadoras -como todas las otras máquinas- han sido creadas para servir a los hombres y no al revés. Desgraciadamente nuestra historia universal nos enseña que la ambición, el egoísmo y las malas pasiones de algunos hombres y mujeres han encauzado muchas veces sus fuerzas y metas en subyugar a otros y otras. Nadie está libre del mal, el asunto no es ser dominado por él.
El uso de la energía atómica así como el de un simple cuchillo puede ser dirigido tanto a la destrucción de la vida como a la construcción del bienestar humano. Eso depende del uso que querramos darle. Así también las computadoras y la Internet también pueden ser un medio para la realización de estafas y fraudes económicos, de propagación de pornografía, mensajes tanatofílicos o de muerte, o de simples virus cibernéticos. Pero obviando este lado oscuro de los ordenadores, ellos han llegado para no abandonarnos y así facilitarnos la vida pues si bien los humanos somos más complejos que ellos nuestra misma complejidad es a la vez nuestra fortaleza y debilidad. Somos la especie animal creativa por excelencia pero a la vez nuestra conducta no es instintiva y nuestras emociones y pasiones dominan muchas de nuestras acciones. A cada momento, a cada instante estamos captando las señales de nuestro entorno, señales vivas o inertes, sonidos, imágenes, elaboramos sentimientos, recuerdos, sensaciones, ideas, respuestas, acciones, etc. Ninguna máquina se nos iguala -aunque no pocas veces nos portemos como animales irracionales-, podrá imitarnos pero nunca ser como nosotros. Pues así como el hombre imita el vuelo de las aves o el sonar de los delfines o el radar de los murciélagos, las computadoras sólo imitan una minúscula parte de nuestra inteligencia creadora. ¿Pero acaso necesitamos de las máquinas para imitarnos? ¿No hay suficientes seres humanos para estudiarnos a nosotros mismos? Claro, se podría argüir que el intento de recrear la inteligencia humana es parte de la gran empresa del conocimiento científico, la cual no tiene fronteras ni está limitada por la moral, aunque en ciertos países lo está por las leyes (fertilidad y reproducción asistidas, experimentación, clonación, manipulación genética humanas e incluso de especies animales "superiores", etc.) No obstante eso los descubrimientos científicos y las innovaciones tecnológicas han influenciado e influencian en nuestras formas de concebir lo bueno y lo malo, lo normal y lo anormal, lo que es delito y lo que no lo es. Y a pesar de la religión, la moral, las costumbres, la política, la ignorancia y el poder, la curiosidad humana es imparable e ilimitada, siempre ávida por saber más y más.