Aunque ya hacía un rato que había abierto los ojos, no acababa de
darse plena cuenta de lo que le rodeaba. Tenía la impresión de
haber venido nadando hasta esta habitación desde un mundo muy distinto,
una especie de mundo submarino. No sabía cuánto tiempo
había estado en aquellas profundidades. Desde el momento en que lo
detuvieron no había visto oscuridad ni luz diurna. Además sus
recuerdos no eran continuos. A veces la conciencia, incluso esa especie de
conciencia que tenemos en los sueños, se le había parado en seco
y sólo había vuelto a funcionar después de un rato de
absoluto vacío. Pero si esos ratos eran segundos, horas, días, o
semanas, no había manera de saberlo.
La pesadilla comenzó con aquel primer golpe en el codo. Más
tarde se daría cuenta de que todo lo ocurrido entonces había sido
sólo una ligera introducción, un interrogatorio rutinario al que
eran sometidos casi todos los presos. Todos teníán que confesar,
como cuestión de mero trámite, una larga serie de delitos:
espionaje, sabotaje y cosas por el estilo. Aunque la tortura era real, la
confesión era sólo cuestión de trámite. Winston no
podía recordar cuántas veces le habían pegado ni
cuánto tiempo habían durado los castigos. Recordaba, en cambio,
que en todo momento había en torno suyo cinco o seis individuos con
uniformes negros. A veces emplearon los puños, otras las porras,
también varas de acero y, por supuesto, las botas. Sabía que
había rodado varias veces por el suelo con el impudor de un animal
retorciéndose en un inútil esfuerzo por evitar los golpes, pero
con aquellos movimientos sólo conseguía que le propinaran
más patadas en las costillas, en el vientre, en los codos, en las
espinillas, en los testículos y en la base de la columna vertebral. A
veces gritaba pidiendo misericordia incluso antes de que empezaran a pegarle y
bastaba con que un puño hiciera el movimiento de retroceso precursor del
golpe para que confesara todos los delitos, verdaderos o imaginarios, de que le
acusaban. Otras veces, cuando se decidía a no contesar nada,
tenían que sacarle las palabras entre alaridos de dolor y en otras
ocasiones se decía a sí mismo, dispuesto a transigir:
«Confesaré, pero todavía no. Tengo que resistir hasta que
el dolor sea insoportable. Tres golpes más, dos golpes más y les
diré lo que quieran». Cuando te golpeaban hasta dejarlo tirado
como un saco de patatas en el suelo de piedra para que recobrara alguna
energía, al cabo de varias horas volvían a buscarlo y le pegaban
otra vez. También había períodos más largos de
descanso. Los recordaba confusamente porque los pasaba adormilado o con el
conocimiento casi perdido. Se acordaba de que un barbero había ido a
afeitarle la barba al rape y algunos hombres de actitud profesional, con batas
blancas, le tomaban el pulso, le observaban sus movimientos reflejos, le
levantaban los párpados y le recorrían el cuerpo con dedos rudos
en busca de huesos rotos o le ponían inyecciones en el brazo para
hacerle dormir.
Las palizas se hicieron menos frecuentes y quedaron reducidas casi
únicamente a amenazas, a anunciarle un horror al que le enviarían
en cuanto sus respuestas no fueran satisfactorias. Los que le interrogaban no
eran ya rufianes con uniformes negros, sino intelectuales del Partido,
hombrecillos regordetes con movimientos rápidos y gafas brillantes que
se relevaban para «trabajarlo» en turnos que duraban -no estaba
seguro- diez o doce horas. Estos otros interrogadores procuraban que se
hallase sometido a un dolor leve, pero constante, aunque ellos no se basaban en
el dolor para hacerle confesar. Le daban bofetadas, le retorcían las
orejas, le tiraban del pelo, le hacían sostenerse en una sola pierna, le
negaban el permiso para orinar, le enfocaban la cara con insoportables
reflectores hasta que le hacían llorar a lágrima viva... Pero la
finalidad de esto era sólo humillarlo y destruir en él la
facultad de razonar, de encontrar argumentos. La verdadera arma de aquellos
hombres era el despiadado interrogatorio que proseguía hora tras hora,
lleno de trampas, deformando todo lo que él había dicho,
haciéndole confesar a cada paso mentiras y contradicciones, hasta que
empezaba a llorar no sólo de vergüenza sino de cansancio nervioso.
A veces lloraba media docena de veces en una sola sesión. Casi todo el
tiempo lo estaban insultando y lo amenazaban, a cada vacilación, con
volverlo a entregar a los guardias. Pero de pronto cambiaban de tono, lo
llamaban camarada, trataban de despertar sus sentimientos en nombre del Ingsoc
y del Gran Hermano, y le preguntaban compungidos si no le quedaba la suficiente
lealtad hacia el Partido para desear no haber hecho todo el mal que
había hecho. Con los nervios destrozados después de tantas horas
de interrogatorio, estos amistosos reproches le hacían llorar con
más fuerza. Al final se había convertido en un muñeco:
una boca que afirmaba lo que le pedían y una mano que fimaba todo lo que
le ponían delante. Su única preocupación consistía
en descubrir qué deseaban hacerle declarar para confesarlo
inmediatamente antes de que empezaran a insultarlo y a amenazarle.
Confesó haber asesinado a distinguidos miembros del Partido, haber
distribuido propaganda sediciosa, robo de fondos públicos, venta de
secretos militares al extranjero, sabotajes de toda clase... Confesó que
había sido espía a sueldo de Asia Oriental ya en 1968.
Confesó que tenía creencias religiosas, que admiraba el
capitalismo y que era un pervertido sexual. Confesó haber asesinado a
su esposa, aunque sabía perfectamente -y tenían que saberlo
también sus verdugos- que su mujer vivía aún.
Confesó que durante muchos años había estado en
relación con Goldstein y había sido miembro de una
organización clandestina a la que habían pertenecido casi todas
las personas que él había conocido en su vida. Lo más
fácil era confesarlo todo -fuera verdad o mentira- y comprometer a todo
el mundo. Además, en cierto sentido, todo ello era verdad. Era cierto
que había sido un enemigo del Partido y a los ojos del Partido no
había distinción alguna entre los pensamientos y los actos.
También recordaba otras cosas que surgían en su mente de un modo
inconexo, como cuadros aislados rodeados de oscuridad. Estaba en una celda que
podía haber estado oscura o con luz, no lo sabía, porque lo
único que él veía era un par de ojos. Allí cerca
se oía el tic-tac, lento y regular, de un instrumento. Los ojos
aumentaron de tamaño y se hicieron más luminosos. De pronto,
Winston salió flotando de su asiento y sumergiéndose en los ojos,
fue tragado por ellos.
Estaba atado a una silla rodeada de esferas graduadas, bajo cegadores focos.
Un hombre con bata blanca leía los discos. Fuera se oía que se
acercaban pasos. La puerta se abrió de golpe. El oficial de cara de
cera entró seguido por dos guardias.
-Habitación 101 -dijo el oficial.
El hombre de la bata blanca no se volvió. Ni siquiera miró a
Winston; se limitaba a observar los discos.
Winston rodaba por un interminable corredor de un kilómetro de anchura
inundado por una luz dorada y deslumbrante. Se reía a carcajadas y
gritaba confesiones sin cesar. Lo confesaba todo, hasta lo que había
logrado callar bajo las torturas. Le contaba toda la historia de su vida a un
público que ya la conocía. Lo rodeaban los guardias, sus otros
verdugos de lentes, los hombres de las batas blancas, O'Brien, Julia, el
señor Charrington, y todos rodaban alegremente por el pasillo
riéndose a carcajadas. Winston se había escapado de algo
terrorífico con que le amenazaban y que no había llegado a
suceder. Todo estaba muy bien, no había más dolor y hasta los
más mínimos detalles de su vida quedaban al descubierto,
comprendidos y perdonados.
Intentó levantarse, incorporarse en la cama donde lo habían
tendido, pues casi tenía la seguridad de haber oído la voz de
O'Brien. Durante todos los interrogatorios anteriores, a pesar de no
haberío llegado a ver, había tenido la constante sensación
de que O'Brien estaba allí cerca, detrás de él. Era
O'Brien quien lo había dirigido todo. Él había lanzado a
los guardias contra Winston y también él había evitado que
lo mataran. Fue él quién decidió cuándo
tenía Winston que gritar de dolor, cuándo podía descansar,
cuándo lo tenían que alimentar, cuándo habían de
dejarlo dormir y cuándo tenían que reanimarlo con inyecciones.
Era él quien sugería las preguntas y las respuestas. Era su
atormentador, su protector, su inquisidor y su amigo. Y una vez -Winston no
podía recordar si esto ocurría mientras dormía bajo el
efecto de la droga, o durante el sueño normal o en un momento en que
estaba despierto- una voz le había murmurado al oído: «No te
preocupes, Winston; estás bajo mi custodia. Te he vigilado durante siete
años. Ahora ha llegado el momento decisivo. Te salvaré; te
haré perfecto». No estaba seguro si era la voz de O'Brien; pero
desde luego era la misma voz que le había dicho en aquel otro
sueño, siete años antes: «Nos encontraremos en el sitio
donde no hay oscuridad».
Ahora no podía moverse. Le habían sujetado bien el cuerpo boca
arriba. Incluso la cabeza estaba sujeta por detrás al lecho. O'Brien lo
miraba serio, casi triste. Su rostro, visto desde abajo, parecía basto
y gastado, y con bolsas bajo los ojos y arrugas de cansancio de la nariz a la
barbilla. Era mayor de lo que Winston creía. Quizás tuviera
cuarenta y ocho o cincuenta años. Apoyaba la mano en una palanca que
hacía mover la aguja de la esfera, en la que se veían unos
números.
-Te dije -murmuró O'Brien- que, si nos econtrábamos de nuevo,
sería aquí.
-Sí -dijo Winston.
Sin advertencia previa excepto un leve movimiento de la mano de O'Brien- le
inundó una oleada dolorosa. Era un dolor espantoso porque no
sabía de dónde venía y tenía la sensación de
que le habían causado un daño mortal. No sabía si era un
dolor interno o el efecto de algún recurso eléctrico, pero
sentía como si todo el cuerpo se le descoyuntara. Aunque el dolor le
hacía sudar por la frente, lo único que le preocupaba es que se
le rompiera la columna vertebral. Apretó los dientes y respiró
por la nariz tratando de estarse callado lo más posible.
-Tienes miedo -dijo O'Brien observando su cara- de que de un momento a otro se
te rompa algo. Sobre todo, temes que se te parta la espina dorsal. Te
imaginas ahora mismo las vértebras saltándose y el líquido
raquídeo saliéndose. ¿Verdad que lo estás pensando,
Winston?
Winston no contestó. O'Brien presionó sobre la palanca. La ola
de dolor se retiró con tanta rapidez como había llegado.
-Eso era cuarenta -dijo O'Brien--. Ya ves que los números llegan hasta
el ciento. Recuerda, por favor, durante nuestra conversación, que
está en mi mano infligirle dolor en el momento y en el grado que yo
desee. Si me dices mentiras o si intentas engañarme de alguna manera, o
te dejas caer por debajo de tu nivel normal de inteligencia, te haré dar
un alarido inmediatamente. ¿Entendido?
-Sí -dijo Winston.
O'Brien adoptó una actitud menos severa. Se ajustó pensativo las
gafas y anduvo unos pasos por la habitación. Cuando volvió a
hablar, su voz era suave y paciente. Parecía un médico, un
maestro, incluso un sacerdote, deseoso de explicar y de persuadir antes que de
castigar.
-Me estoy tomando tantas molestias contigo, Winston, porque tú lo
mereces. Sabes perfectamente lo que te ocurre. Lo has sabido desde hace
muchos años aunque te has esforzado en convencerte de que no lo
sabías. Estás trastornado mentalmente. Padeces de una memoria
defectuosa. Eres incapaz de recordar los acontecimientos reales y te convences
a ti mismo porque estabas decidido a no curarte. No estabas dispuesto a hacer
el pequerio esfuerzo de voluntad necesario. Incluso ahora, estoy seguro de
ello, te aferras a tu enfermedad por creer que es una virtud. Ahora te
pondré un ejemplo y te convencerás de lo que digo. Vamos a ver,
en este momento, ¿con qué potencia está en guerra
Oceanía?
-Cuando me detuvieron, Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental.
-Con Asia Oriental. Muy bien. Y Oceanía ha estado siempre en guerra
con Asia Oriental, ¿verdad?
Winston contuvo la respiración. Abrió la boca para hablar, pero
no pudo. Era incapaz de apartar los ojos del disco numerado.
-La verdad, por favor, Winston. Tu verdad. Dime lo que creas recordar.
-Recuerdo que hasta una semana antes de haber sido yo detenido, no
estábamos en guerra con Asia Oriental en absoluto. Éramos aliados
de ella. La guerra era contra Eurasia. Una guerra que había durado
cuatro años. Y antes de eso...
O'Brien lo hizo callar con un movimiento de la mano.
-Otro ejemplo. Hace algunos años sufriste una obcecación muy
seria. Creíste que tres hombres que habían sido miembros del
Partido, llamados Jones, Aaronson y Rutherford -unos individuos que fueron
ejecutados por traición y sabotaje después de haber confesado
todos sus delito-. creíste, repito, que no eran culpables de los delitos
de que sé les acusaba. Creíste que habías visto una
prueba documental innegable que demostraba que sus confesiones habían
sido forzadas y falsas. Sufriste una alucinación que te hizo ver cierta
fotografía. Llegaste a creer que la habías tenido en tus manos.
Era una foto como ésta.
Entre los dedos de O'Brien había aparecido un recorte de
periódico que pasó ante la vista de Winston durante unos cinco
segundos. Era una foto de periódico y no podía dudarse
cuál. Sí, era la fotografía; otro ejemplar del retrato de
Jones, Aaronson y Rutherford en el acto del Partido celebrado en Nueva York,
aquella foto que Winston había descubierto por casualidad once
años antes y había destruido en seguida. Y ahora había
vuelto a verla. Sólo unos instantes, pero estaba seguro de haberla
visto otra vez. Hizo un desesperado esfuerzo por incorporarse. Pero era
imposible moverse ni siquiera un centímetro. Había olvidado
hasta la existencia de la amenazadora palanca. Sólo quería
volver a coger la fotografía, o por lo menos verla más tiempo.
-¡Existe! -gritó.
-No -dijo O'Brien.
Cruzó la estancia. En la pared de enfrente había un
«agujero de la memoria». O'Brien levantó la rejilla. El
pedazo de papel salió dando vueltas en el torbellino de aire caliente y
se deshizo en una fugaz llama. O'Brien volvió junto a Winston.
-Cenizas -dijo-. Ni siquiera cenizas identificables. Polvo. Nunca ha
existido.
-¡Pero existió! ¡Existe! Sí, existe en la memoria. Lo
recuerdo. Y tú también lo recuerdas.
-Yo no lo recuerdo -diio O'Brien.
Winston se desanimó. Aquello era doblepensar. Sintió un mortal
desamparo. Si hubiera estado seguro de que O'Brien mentía, se
habría quedado tranquilo. Pero era muy posible que O'Brien hubiera
olvidado de verdad la fotografía. Y en ese caso habría olvidado
ya su negativa de haberla recordado y también habría olvidado el
acto de olvidarlo. ¿Cómo podía uno estar seguro de que todo
esto no era más que un truco? Quizás aquella demencial
dislocación de los pensamientos pudiera tener una realidad efectiva.
Eso era lo que más desanimaba a Winston.
O'Brien lo miraba pensativo. Más que nunca, tenía el aire de un
profesor esforzándose por llevar por buen camino a un chico descarriado,
pero prometedor.
-Hay una consigna del Partido sobre el control del pasado. Repítela,
Winston, por favor.
-El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente
controla el pasado -repitió Winston, obediente.
-El que controla el presente controla el pasado -dijo O'Brien moviendo la
cabeza con lenta aprobación-. ¿Y crees tú, Winston, que el
pasado existe verdaderamente?
Otra vez invadió a Winston el desamparo. Sus ojos se volvieron hacia el
disco. No sólo no sabía si la respuesta que le evitaría
el dolor sería sí o no, sino que ni siquiera sabía
cuál de estas respuestas era la que él tenía por
cierta.
O'Brien sonrió débilmente:
-No eres metafísico, Winston. Hasta este momento nunca habías
pensado en lo que se conoce por existencia. Te lo explicaré con
más precisión. ¿Existe el pasado concretarnente, en el
espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos
sólidos donde el pasado siga acaeciendo?
-No.
-Entonces, ¿dónde existe el pasado?
-En los documentos. Está escrito.
-En los documentos... Y, ¿dónde más?
-En la mente. En la memoria de los hombres.
-En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los
documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el
pasado, ¿no es así?.
-Pero, ¿cómo van ustedes a evitar que la gente recuerde lo que ha
pasado? -exclainó Winston olvidando del nuevo el martirizador
eléctrico-. Es un acto involuntario. No puede uno evitarlo.
¿Cómo vais a controlar la memoria? ¡La mía no la
habéis controlado!
O'Brien volvió a ponerse serio. Tocó la palanca con la mano.
-Al contrario -dijo por fin-, eres tú el que no la ha controlado y por
eso estás aquí. Te han traído porque te han faltado
humildad y autodisciplina. No has querido realizar el acto de sumisión
que es el precio de la cordura. Has preferido ser un loco, una minoría
de uno solo. Convéncete, Winston; solamente el espíritu
disciplinado puede ver la realidad. Crees que la realidad es algo objetivo,
externo, que existe por derecho propio. Crees también que la naturaleza
de la realidad se demuestra por sí misma. Cuando te engañas a ti
mismo pensando que ves algo, das por cierto que todos los demás
están viendo lo mismo que tú. Pero te aseguro, Winston, que la
realidad no es externa. La realidad existe en la mente humana y en
ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores
y que, en todo caso, perece pronto. Sólo la mente del Partido, que es
colectiva e inmortal, puede captar la realidad. Lo que el Partido sostiene que
es verdad es efectivamente verdad. Es imposible ver la realidad sino a
través de los ojos del Partido. Éste es el hecho que tienes que
volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de
autodestrucción, un esfuerzo de la voluntad. Tienes que humillarte si
quieres volverte cuerdo.
Después de una pausa de unos momentos, prosiguió: ¿Recuerdas
haber escrito en tu Diario: «la libertad es poder decir que dos más
dos son cuatro?».
-Sí -dijo Winston.
O'Brien levantó la mano izquierda, con el reverso hacia Winston, y
escondiendo el dedo pulgar extendió los otros cuatro.
-¿Cuántos dedos hay aquí, Winston? -Cuatro.
-¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco? Entonces,
¿cuántos hay?
-Cuatro.
La palabra terminó con un espasmo de dolor. La aguja de la esfera
había subido a cincuenta y cinco. A Winston le sudaba todo el cuerpo.
Aunque apretaba los dientes, no podía evitar los roncos gemidos.
O'Brien lo contemplaba, con los cuatro dedos todavía extendidos.
Soltó la palanca y el dolor, aunque no desapareció del todo, se
alivió bastante.
-¿Cuántos dedos, Winston?
-Cuatro.
La aguja subió a sesenta.
-¿Cuántos dedos, Winston?
-¡¡Cuatro!! ¡¡Cuatro!! ¿Qué voy a decirte?
¡Cuatro!
La aguja debía de marcar más, pero Winston no la miró. El
rostro severo y pesado y los cuatro dedos ocupaban por completo su
visión. Los dedos, ante sus ojos, parecían columnas, enormes,
borrosos y vibrantes, pero seguían siendo cuatro, sin duda alguna.
-¿Cuántos dedos, Winston? -¡¡Cuatro!! ¡Para eso,
para eso! ¡No sigas, es inútil!
-¿Cuántos dedos, Winston?
-¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cincol
-No, Winston; así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que
son cuatro. Por favor, ¿cuántos dedos?
-¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! Lo que quieras,
pero termina de una vez. Para este dolor.
Ahora estaba sentado en el lecho con el brazo de O'Brien rodeándole los
hombros. Quizá hubiera perdido
el conocimiento durante unos segundos. Se habían aflojado las ligaduras
que sujetaban su cuerpo. Sentía mucho frío, temblaba como un
azogado, le castañeteaban los dientes y le corrían
lágrimas por las mejillas. Durante unos instantes se apretó
contra O'Brien como un niño, confortado por el fuerte brazo que le
rodeaba los hombros. Tenía la sensación de que O'Brien era su
protector, que el dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O'Brien le
evitaría sufrir.
-Tardas mucho en aprender, Winston -dijo O'Brien con suavidad.
-No puedo evitarlo -balbuceó Winston-. ¿Cómo puedo evitar
ver lo que tengo ante los ojos si no los cierro? Dos y dos son cuatro.
-Algunas veces sí, Winston; pero otras veces son cinco. Y otras, tres.
Y en ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte
más. No es fácil recobrar la razón.
Volvió a tender a Winston en el lecho. Las ligaduras volvieron a
inmovilizarlo, pero ya no sentía dolor y le había desaparecido el
temblor. Estaba débil y frío. O'Brien le hizo una señal
con la cabeza al hombre de la bata blanca, que había permanecido
inmóvil durante la escena anterior y ahora, inclinándose sobre
Winston, le examinaba los ojos de cerca, le tomaba el pulso, le acercaba el
oído al pecho y le daba golpecitos de reconocimiento. Luego, mirando a
O'Brien, movió la cabeza afirmativamente.
-Otra vez -dijo O'Brien.
El dolor invadió de nuevo el cuerpo de Winston. La aguja debía
de marcar ya setenta o setenta y cinco. Esta vez, había cerrado los
ojos. Sabía que los dedos continuaban allí y que seguían
siendo cuatro. Lo único importante era conservar la vida hasta que
pasaran las sacudidas dolorosas. Ya no tenía idea de si lloraba o no.
El dolor disminuyó otra vez. Abrió los ojos. O'Brien
había vuelto a bajar la palanca.
-¿Cuántos dedos, Winston?
-¡¡Cuatro!! Supongo que son cuatro. Quisiera ver cinco. Estoy
tratando de ver cinco.
-¿Qué deseas? ¿Persuadirme de que ves cinco o verlos de
verdad?
-Verlos de verdad.
-Otra vez -dijo O'Brien.
Es probable que la aguja marcase de ochenta a noventa. Sólo de un modo
intermitente podía recordar Winston a qué se debía su
martirio. Detrás de sus párpados cerrados, un bosque de dedos se
movía en una extraña danza, entretejiéndose,
desapareciendo unos tras otros y volviendo a aparecer. Quería
contarlos, pero no recordaba por qué. Sólo sabía que era
imposible contarlos y que esto se debía a la misteriosa identidad entre
cuatro y cinco. El dolor desapareció de nuevo. Cuando abrió los
ojos, halló que seguía viendo lo mismo; es decir, innumerables
dedos que se movían como árboles locos en todas direcciones
cruzándose y volviéndose a cruzar. Cerró otra vez los
ojos.
-¿Cuántos dedos te estoy enseñando, Winston?
-No sé, no sé. Me matarás si aumentas el dolor. Cuatro,
cinco, seis... Te aseguro que no lo sé.
-Esto va mejor -dijo O'Brien.
Le pusieron una inyección en el brazo. Casi instantáneamente se
le esparció por todo el cuerpo una cálida y beatífica
sensación. Casi no se acordaba de haber sufrido. Abrió los ojos
y miró agradecido a O'Brien. Le conmovió ver a aquel rostro
pesado, lleno de arrugas, tan feo y tan inteligente. Si se hubiera podido
mover, le habría tendido una mano. Nunca lo había querido tanto
como en este momento y no sólo por haberle suprimido el dolor. Aquel
antiguo sentimiento, aquella idea de que no importaba que O'Brien fuera un
amigo o un enemigo, había vuelto a apoderarse de él. O'Brien era
una persona con quien se podía hablar. Quizá no deseara uno
tanto ser amado como ser comprendido. O'Brien lo había torturado casi
hasta enloquecerle y era seguro que dentro de un rato le haría matar.
Pero no importaba. En cierto sentido, más allá de la amistad,
eran íntimos. De uno u otro modo y aunque las palabras que lo
explicarían todo no pudieran ser pronunciadas nunca, había desde
luego un lugar donde podrían reunirse y charlar. O'Brien lo miraba con
una expresión reveladora de que el mismo pensamiento se le estaba
ocurriendo. Empezó a hablar en un tono de conversación
corriente.
-¿Sabes dónde estás, Winston? -dijo.
-No sé. Me lo figuro. En el Ministerio del Amor. -¿Sabes
cuánto tiempo has estado aquí? -No sé. Días,
semanas, meses... creo que meses. -¿Y por qué te imaginas que
traemos aquí a la gente?
-Para hacerles confesar.
-No, no es ésa la razón. Di otra cosa.
-Para castigarlos.
-¡No! exclamó O'Brien. Su voz había cambiado
extraordinariamente y su rostro se había puesto de pronto serio y
animado a la vez-. ¡No! No te traemos sólo para hacerte confesar y
para castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos
traído? ¡¡Para curarte!! ¡¡Para volverte cuerdo!!
Debes saber, Winston, que ninguno de los que traemos aquí sale de
nuestras manos sin haberse curado. No nos interesan esos estúpidos
delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los actos realizados; nos
importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros
enemigos, sino que los cambiamos. ¿Comprendes lo que quiero decir?
Estaba inclinado sobre Winston. Su cara parecía enorme por su proximidad
y horriblemente fea vista desde abajo. Además, sus facciones se
alteraban por aquella exaltación, aquella intensidad de loco. Otra vez
se le encogió el corazón a Winston. Si le hubiera sido posible,
habría retrocedido. Estaba seguro de que O'Brien iba a mover la palanca
por puro capricho. Sin embargo, en ese momento se apartó de él y
paseó un poco por la habitación. Luego prosiguió con
menos vehemencia:
-Lo primero que debes comprender es que éste no es un lugar de martirio.
Has leído cosas sobre las persecuciones religiosas en el pasado. En la
Edad Media había la Inquisición. No funcionó.
Pretendían erradicar la herejía y terminaron por perpetuarla. En
las persecuciones antiguas por cada hereje quemado han surgido otros miles de
ellos. ¿Por qué? Porque se mataba a los enemigos abiertamente y
mientras aún no se habían arrepentido. Se moría por no
abandonar las creencias heréticas. Naturalmente, así toda la
gloria pertenecía a la víctima y la vergüenza al inquisidor
que la quemaba. Más tarde, en el siglo XX, han existido los
totalitarios, como los llamaban: los nazis alemanes y los comunistas rusos.
Los rusos persiguieron a los herejes con mucha más crueldad que ninguna
otra inquisición. Y se imaginaron que habían aprendido de los
errores del pasado. Por lo menos sabían que no se deben hacer
mártires. Antes de llevar a sus víctimas a un juicio
público, se dedicaban a destruirles la dignidad. Los deshacían
moralmente y físicamente por medio de la tortura y el aislamiento hasta
convertirlos en seres despreciables, verdaderos peleles capaces de confesarlo
todo, que se insultaban a sí mismos acusándose unos a otros y
pedían sollozando un poco de misericordia. Sin embargo, después
de unos cuantos años, ha vuelto a ocurrir lo mismo. Los muertos se han
convertido en mártires y se ha olvidado su degradación. ¿Por
qué había vuelto a suceder esto? En primer lugar, porque las
confesiones que habían hecho eran forzadas v falsas. Nosotros no
cometemos esta clase de errores. Todas las confesiones que salen de aquí
son verdaderas. Nosotros hacemos que sean verdaderas. Y, sobre todo, no
permitimos que los muertos se levanten contra nosotros. Por tanto, debes
perder toda esperanza de que la posteridad te reivindique, Winston. La
posteridad no sabrá nada de ti. Desaparecerás por completo de la
corriente histórica. Te disolveremos en la estratosfera, por decirlo
así. De ti no quedará nada: ni un nombre en un papel, ni tu
recuerdo en un ser vivo. Quedarás aniquilado tanto en el
pretérito como en el futuro. No habrás existido.
«Entonces, ¿para qué me torturan?», pensó Winston
con una amargura momentánea. O'Brien se detuvo en seco como si hubiera
oído el pensamiento de Winston. Su ancho y feo rostro se le
acercó con los ojos un poco entornados y le dijo:
-Estás pensando que si nos proponemos destruirte por completo,
¿para qué nos tomamos todas estas molestias?; que si nada va a
quedar de ti, ¿qué importancia puede tener lo que tú digas o
pienses? ¿Verdad que lo estás pensando?
-Sí -dijo Winston.
O'Brien sonrió levemente y prosiguió:
-Te explicaré por qué nos molestamos en curarte. Tú,
Winston, eres una mancha en el tejido; una mancha que debemos borrar. ¿No
te dije hace poco que somos diferentes de los martirizadores del pasado? No
nos contentamos con una obediencia negativa, ni siquiera con la sumisión
más abyecta. Cuando por fin te rindas a nosotros, tendrá que
impulsarle a ello tu libre voluntad. No destruimos a los herejes porque se nos
resisten; mientras nos resisten no los destruimos. Los convertirnos, captamos
su mente, los reformamos. Al hereje político le quitamos todo el mal y
todas las ilusiones engañosas que lleva dentro; lo traemos a nuestro
lado, no en apariencia, sino verdaderamente, en cuerpo y alma. Lo hacemos uno
de nosotros antes de matarlo. Nos resulta intolerable que un pensamiento
erróneo exista en alguna parte del mundo, por muy secreto e inocuo que
pueda ser. Ni siquiera en el instante de la muerte podemos permitir alguna
desviación. Antiguamente, el hereje subía a la hoguera siendo
aún un hereje, proclamando su herejía y hasta disfrutando con
ella. Incluso la víctima de las purgas rusas se llevaba su
rebelión encerrada en el cráneo cuando avanzaba por un pasillo de
la prisión en espera del tiro en la nuca. Nosotros, en cambio, hacemos
perfecto el cerebro que vamos a destruir. La consigna de todos los despotismos
era: «No harás esto o lo otro». La voz de mando de los
totalitarios era: «Harás esto o aquello». Nuestra orden es:
«Eres». Ninguno de los que traemos aquí puede volverse
contra nosotros. Les lavamos el cerebro. Incluso aquellos miserables
traidores en cuya inocencia creíste un día -Jones, Aaronson y
Rutherford- los conquistamos al final. Yo mismo participé en su
interrogatorio. Los vi ceder paulatinamente, sollozando, llorando a
lágrima viva, y al final no los dominaba el miedo ni el dolor, sino
sólo un sentimiento de culpabilidad, un afán de penitencia.
Cuando acabamos con ellos no eran más que cáscaras de hombre.
Nada quedaba en ellos sino el arrepentimiento por lo que habían hecho y
amor por el Gran Hermano. Era conmovedor ver cómo lo amaban.
Pedían que se les matase en seguida para poder morir con la mente
limpia. Temían que pudiera volver a ensuciárseles.
La voz de O'Brien se había vuelto soñadora y en su rostro
permanecía el entusiasmo del loco y la exaltación del
fanático. «No está mintiendo -pensó Winston-; no es
un hipócrita; cree todo lo que dice.» A Winston le oprimía
el convencimiento de su propia inferioridad intelectual. Contemplaba aquella
figura pesada y de movimientos sin embargo agradables que paseaba de un lado a
otro entrando y saliendo en su radio de visión. O'Brien era, en todos
sentidos, un ser de mayores proporciones que él. Cualquier idea que
Winston pudiera haber tenido o pudiese tener en lo sucesivo, ya se le
había ocurrido a O'Brien, examinándola y rechazándola. La
mente de aquel hombre contenía a la de Winston. Pero, en ese
caso, ¿cómo iba a estar loco O'Brien? El loco tenía que ser
él, Winston. O'Brien se detuvo y lo miró fijamente. Su voz
había vuelto a ser dura:
-No te figures que vas a salvarte, Winston, aunque te rindas a nosotros por
completo. jamás se salva nadie que se haya desviado alguna vez. Y
aunque decidiéramos dejarte vivir el resto de tu vida natural, nunca te
escaparás de nosotros. Lo que está ocurriendo aquí es
para siempre. Es preciso que se te grabe de una vez para siempre. Te
aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma.
Te sucederán cosas de las que no te recobrarás aunque vivas mil
años. Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano.
Todo habrá muerto en tu interior. Nunca más serás capaz
de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir
curiosidad por algo, de tener valor, de ser un hombre íntegro...
Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de... nosotros.
Se detuvo y le hizo una señal al hombre de la bata blanca. Winston tuvo
la vaga sensación de que por detrás de él le acercaban un
aparato grande. O'Brien se había sentado junto a la cama de modo que su
rostro quedaba casi al mismo nivel del de Winston.
-Tres mil -le dijo, por encima de la cabeza de Winston, al hombre de la bata
blanca.
Dos compresas algo húmedas fueron aplicadas a las sienes de Winston.
Éste sintió una nueva clase de dolor. Era algo distinto.
Quizá no fuese dolor. O'Brien le puso una mano sobre la suya para
tranquilizarlo, casi con amabilidad.
-Esta vez no te dolerá -le dijo-. No apartes tus ojos de los
míos.
En aquel momento sintió Winston una explosión devastadora o lo
que parecía una explosión, aunque no era seguro que hubiese
habido ningún ruido. Lo que si se produjo fue un cegador fogonazo.
Winston no estaba herido; sólo postrado. Aunque estaba tendido de
espaldas cuando aquello ocurrió, tuvo la curiosa sensación de que
le habían empujado hasta quedar en aquella posición. El terrible
e indoloro golpe le había dejado aplastado. Y en el interior de su
cabeza también había ocurrido algo. Al recobrar la
visión, recordó quién era y dónde estaba y
reconoció el rostro que lo contemplaba; pero tenía la
sensación de un gran vacío interior. Era como si le faltase un
pedazo del cerebro.
-Esto no durará mucho -dijo O'Brien-. Mírame a los ojos.
¿Con qué país está en guerra Oceanía?
Winston pensó. Sabía lo que significaba Oceanía y que
él era un ciudadano de este país. También recordaba que
existían Eurasia y Asia Oriental; pero no sabía cuál
estaba en guerra con cuál. En realidad, no tenía idea de que
hubiera guerra ninguna.
-No recuerdo.
-Oceanía está en guerra con Asia Oriental. ¿Lo recuerdas
ahora?
-Sí.
-Oceanía ha estado siempre en guerra con Asia Oriental. Desde el
principio de tu vida, desde el principio del Partido, desde el principio de la
Historia, la guerra ha continuado sin interrupción, siempre la misma
guerra. ¿Lo recuerdas?
-Sí.
-Hace once años inventaste una leyenda sobre tres hombres que
habían sido condenados a muerte por traición. Pretendías
que habías visto un pedazo de lo que probaba su inocencia. Ese recorte
de papel nunca existió. Lo inventaste y acabaste creyendo en él.
Ahora recuerdas el momento en que lo inventaste, ¿te acuerdas?
-Sí.
-Hace poco te puse ante los ojos los dedos de mi mano. Vieste cinco dedos.
¿Recuerdas?
-Sí.
O'Brien le enseñó los dedos de la mano izquierda con el pulgar
oculto.
-Aquí hay cinco dedos. ¿Ves cinco dedos?
-Sí.
Y los vio durante un fugaz momento. Llegó a ver cinco dedos, pero
pronto volvió a ser todo normal y sintió de nuevo el antiguo
miedo, el odio y el desconcierto. Pero durante unos instantes -quizá no
más de treinta segundos- había tenido una luminosa certidumbre y
todas las sugerencias de O'Brien habían venido a llenar un hueco de su
cerebro convirtiéndose en verdad absoluta. En esos instantes dos y dos
podían haber sido lo mismo tres que cinco, según se hubiera
necesitado. Pero antes de que O'Brien hubiera dejado caer la mano, ya se
había desvanecido la ilusión. Sin embargo, aunque no podía
volver a experimentarla, recordaba aquello como se recuerda una viva
experiencia en algún período remoto de nuestra vida en que hemos
sido una persona distinta.
-Ya has visto que es posible -le dijo O'Brien. -Sí -dijo Winston.
O'Brien se levantó con aire satisfecho. A su izquierda vio Winston que
el hombre de la bata blanca preparaba una inyección. O'Brien miró
a Winston sonriente. Se ajustó las gafas como en los buenos tiempos.
-¿Recuerdas haber escrito en tu diario que no importaba que yo fuera amigo
o enemigo, puesto que yo era por lo menos una persona que te comprendía
y con quien podías hablar? Tenías razón. Me gusta hablar
contigo. Tu mentalidad atrae a la mía. Se parece a la mía
excepto en que está enferma. Antes de que acabemos esta sesión
puedes hacerme algunas preguntas si quieres.
-¿La pregunta que quiera?
-Sí. Cualquiera. -Vio que los ojos de Winston se fijaban en la esfera
graduada--. Ahora no funciona. ¿Cuál es tu primera pregunta?
-¿Qué habéis hecho con Julia? -dijo Winston.
O'Brien volvió a sonreír.
-Te traicionó, Winston. Inmediatamente y sin reservas. Pocas veces he
visto a alguien que se nos haya entregado tan pronto. Apenas la
reconocerías si la vieras. Toda su rebeldía, sus engaños,
sus locuras, su suciedad mental... Todo eso ha desaparecido de ella como si lo
hubiera quemado. Fue una conversión perfecta, un caso para ponerlo en
los libros de texto.
-¿La habéis torturado?
O'Brien no contestó.
-A ver, la pregunta siguiente.
-¿Existe el Gran Herfnano?
-Claro que existe. El Partido existe. El Gran Hermano es la
encarnación del Partido.
-¿Existe en el mismo sentido en que yo existo?
-Tú no existes -dijo O'Brien.
A Winston volvió a asaltarle una terrible sensación de desamparo.
Comprendía por qué le decían a él que no
existía; pero era un juego de palabras estúpido. ¿No era un
gran absurdo la afirmación «tú no existes»? Pero,
¿de qué servía rechazar esos argumentos disparatados?
-Yo creo que existo -dijo con cansancio-. Tengo plena conciencia de mi propia
identidad. He nacido y he de morir. Tengo brazos y piernas. Ocupo un lugar
concreto en el espacio. Ningún otro objeto sólido puede ocupar a
la vez el mismo punto. En este sentido, ¿existe el Gran Hermano?
-Eso no tiene importancia. Existe.
-¿Morirá el Gran Hermano?
-Claro que no. ¿Cómo va a morir? A ver, la pregunta siguiente.
-¿Existe la Hermandad?
-Eso no lo sabrás nunca, Winston. Si decidimos libertarte cuando
acabemos contigo y si llegas a vivir noventa años, seguirás sin
saber si la respuesta a esa pregunta es sí o no. Mientras vivas,
será eso para ti un enigma.
Winston yacía silencioso. Respiraba un poco más
rápidamente. Todavía no había hecho la pregunta que le
preocupaba desde un principio. Tenía que preguntarlo, pero su lengua se
resistía a pronunciar las palabras. O'Brien parecía divertido.
Hasta sus gafas parecían brillar irónicamente. Winston
pensó de pronto: «Sabe perfectamente lo que le voy a
preguntar». Y entonces le fue fácil decir:
-¿Qué hay en la habitación 101?
La expresión del rostro de O'Brien no cambió.
Respondió:
-Sabes muy bien lo que hay en la habitación 101, Winston. Todo el mundo
sabe lo que hay en la habitación 101. -Levantó un dedo hacia el
hombre de la bata blanca Evidentemente, la sesión había
terminado. Winston sintió en el brazo el pinchazo de una
inyección. Casi inmediata mente, se hundió en un profundo
sueño.